Editorial, SPORTS

Que Buena Medicina

July 23, 2018

Por León Bravo

A los que dicen que el futbol no es la mejor de las medicinas.

A los que dicen que un gol no es capaz de eliminar dolores y tristezas.

A los que dicen el rodar de un balón no puede transformarse en el bastón que se necesita par poder levantarse y seguir adelante.

A todos esos escépticos, les tengo que contar una historia.

Un día antes de que la selección de México hiciera su debut en el Mundial de Rusia ante el equipo de Alemania, sufrí una delicada lesión de espalda.

Dos discos de la parte baja de mi columna vertebral se movieron de su lugar y atraparon terminales nerviosas importantes.

De la cintura hacia abajo, el lado izquierdo de mi cuerpo se convirtió en una despiadada cámara de tortura.

El terrible dolor que irradiaba la parte baja de mi espalda se reflejaba con fuerza inusitada en mi rodilla y mi pierna entera perdió sensibilidad.

Imposibilitado para ponerme de pie, mucho menos para caminar, me vi en la necesidad de llamar a una ambulancia para que me transportara al hospital.

En el área de urgencias, el doctor que me recibió procedió a ponerme un suero por donde inyectó medicina para atenuar el insoportable dolor.

Conforme pasaron las horas, el médico de turno obtuvo resultados de radiografías y resonancias magnéticas.

Con esa información en sus manos, el galeno me sugirió pasar un día más en el hospital.

“No quiero quedarme”, le respondí al joven médico que me atendía y que insistía en mi hospitalización para de esa manera poder controlar el dolor que inevitablemente me abrazaría con toda su fuerza.

El doctor me preguntó las razones por las que no quería internarme y mi respuesta fue contundente.

“Mañana tengo un compromiso al que no puedo faltar”, le respondí.

Esa excusa fue más que suficiente para que el doctor firmara mi alta y me dejara ir a casa.

A la mañana siguiente, traté de levantarme de mi cama, pero el dolor era insoportable.

Aún así, hice un esfuerzo sobrehumano y bajé 12 escalones para llegar hasta el nivel del departamento donde se encuentra televisor.

Nada en el mundo me iba a impedir ver el partido entre México y Alemania.

Con una gran bolsa de hielo en mi cintura, pastillas para el dolor que me dieron en el hospital y un cojín eléctrico en mi rodilla, trate de acomodarme en un sillón para ver el juego.

Mientras las incidencias se desarrollaban en la cancha, mi tolerancia al dolor diminuía, y con teléfono en mano, estaba a punto de volver a pedir la presencia de paramédicos en mi hogar.

Cuando iba a marcar el número de auxilio, Hirving “Chucky” Lozano perforó la valla del arquero teutón y entonces ocurrió el milagro.

El gol mexicano me hizo levantar de mi asiento de un solo impulso, y apoyando todo el peso de mi cuerpo en mi pierna derecha, comencé a saltar para celebrar lo acontecido.

La adrenalina del gol del Chucky me hizo olvidar el dolor y el sufrimiento que estaba padeciendo.

El gol del Chucky me reconfortó, me hizo sentir bien, aunque sea por unos minutos.

Tras el partido, regresé a mi cama y por tres largas semanas no pude ponerme de pie o dar un paso sin sentir un dolor terrible.

La medicina del gol del Chucky tuvo un corto efecto, pero pude comprobar que futbol es el mejor anestésico para enmascarar cualquier dolor.

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