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Tras Conocer por Dentro a la Patrulla Fronteriza, se Convirtió en Activista pro Migrantes

August 4, 2019

Por Manuel Ocaño

Jenn Budd

Jenn Budd ascendió en la patrulla fronteriza hasta llegar a la división de inteligencia, pero después de conocer esa institución por dentro, durante seis años, decidió dejar esa vida y ayudar a los migrantes; ahora se le ve entre refugios en Tijuana viendo en qué puede ayudar.

En plática con La Prensa San Diego, Budd explicó el panorama que se vive en la frontera de manera integral.

De acuerdo con la exoficial, “la patrulla fronteriza práctica una política de abuso y severo castigo a los migrantes, y encuentra en el presidente Donald Trump la protección perfecta”, para la impunidad.

Dijo que fuera de eso, el resto es una imagen distinta que la patrulla intenta presentar al público, pero advirtió que, por su preparación en academia y la influencia de al menos una organización extrema antiinmigrantes, “los patrulleros realmente piensan que están combatiendo una invasión que pone en riesgo la seguridad del país”.

“Realmente eso creen, de otra manera no te explicas cómo es que puede haber tanta crueldad contra bebés, familias, madres…”, comentó.

Para la exoficial, es una política de endurecimiento que siempre existió, pero se disparó al encontrar justificantes luego de los ataques del 11 de septiembre del 2001.

Explicó, por ejemplo, que “a mediados de los años 90 había unos 5,000 oficiales de la patrulla fronteriza que arrestaban entre 1.3 y 1.5 millones de migrantes indocumentados al año; ahora hay más de 20,000 patrulleros fronterizos que detienen a unos 400,000 migrantes” y sin embargo hay una declarada “crisis” en la frontera.

“Por supuesto es una crisis orquestada”, declaró.

De alrededor de 400,000 migrantes que la patrulla clasifica anualmente como detenciones, la mayoría son migrantes que se entregan como primer paso para solicitar asilo.

Budd dijo que son ciertas las cifras de la propia patrulla que se alcanzaron los niveles más bajos de inmigración indocumentada de los últimos 50 años. Cierto que aumentó el número de familias y menores que llegan a la frontera sin compañía de adultos en busca de asilo, “pero el alto índice de peticiones de asilo siempre ha existido, no es nuevo”.

Como agente, trabajó la mayoría del tiempo en Campo, al este de San Diego en las montañas entre rancherías y ahí incluso llegaban hace unas dos décadas muchas peticiones de asilo, recordó.

“La única diferencia entre las peticiones de asilo de entonces y las de ahora es la tecnología con que puedes atenderlas, pero no la cantidad; yo me tardaba en promedio dos horas en llenar una solicitud porque o no había computadoras o era muy lentas, de la década de los 90; y ahora tienes poderosas computadoras conectadas a redes”, dijo.

Pero, se le preguntó, entonces, por qué, en comparecencias ante el congreso, quienes dirigen nacionalmente a la patrulla han declarado que es una tarea que rebasa a la patrulla, y que el sistema ha colapsado por tantos migrantes.

Dijo que es parte de una imagen “hacia el público, hacia el exterior de la patrulla; hacia el interior es completamente lo opuesto. La patrulla fronteriza siempre ha querido ser una agencia que castigue a los migrantes, que considera una invasión que viene a Estados Unidos a abusar de los servicios sociales”.

Aun cuando los migrantes no pueden por ley recibir asistencia social, sus contribuciones, incluso tributarias oscilan cerca de los 90 mil millones de dólares anuales.

La Prensa San Diego entrevistó para verificar a una madre de familia mexicana quien acaba de salir de un centro de detenciones en libertad condicional.

Durante toda la entrevista la mujer madre de cuatro lloró desconsolada. Platicó que a los migrantes los encierran por docenas en pequeños espacios donde es difícil que puedan sentarse o recostarse y dormir, los dejan sin bañar durante cerca de dos meses, “los patrulleros que acompañan a llevar la comida entran con cubrebocas para no respirar esos olores. Siempre es la misma comida, casi echada a perder, que les avientan, como si fueran animales, siempre insultandoles”.

Budd dijo que esa es la imagen que la patrulla quiere que se tenga de ella en el exterior, pero que a esa madre le faltó hablar de “abusos sexuales, las vejaciones”.

“Los patrulleros saben que nada va a actuar en contra de ellos, que no va a pasar nada, y encima considera a esas personas como enemigos, no como seres humanos”, dijo.

La propia Budd, como oficial, fue víctima de violación y abuso sexual dentro de la corporación y plática que tenía constantes confrontaciones porque la patrulla la considerada “demasiado liberal”.

Por un tiempo hasta pensó en quitarse la vida, confió.

Cuando hace cerca de un año comenzó a ser voluntaria en refugios en los dos lados de la frontera, en San Diego acompañó a una adolescente salvadoreña a tener a su bebé. Fue un parto prolongado y tardó 12 horas en que Budd tuvo a María tomada de la mano, tratando de tranquilizarla con su escaso español.

Cuando Linda nació, ya las tres, la exoficial de inteligencia, la migrante y la bebé, eran como una pequeña familia. Budd dice que cuando María escuchó que en la frontera separaban a las madres de sus hijos se preocupó.

La ex oficial trató de tranquilizarla, pero dice que no pudo evitar pensar en que Linda es estadounidense y podría ser llevada lejos o puesta en una jaula.

Para la exagente de inteligencia, esa bebé se convirtió en una razón para vivir y para ponerse del lado de los migrantes.

Hoy no es raro ver a la exoficial de inteligencia, rubia, tatuada, decidida, ir entre La Pequeña Haití y el albergue Ágape en Tijuana, descubriendo en qué puede ayudar.

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