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Trágame Tierra y Déjame en Sayulita, México

January 6, 2017

DSCN2565Por Marinee Zavala

Quiero pasar mis últimos días en Sayulita, mirar por las mañanas el azul turquesa de sus playas, surfear una ola junto a los expertos locales, y sentir la calidez de su atardecer mientras se desliza entre mis manos el agua cristalina de su mar.
Para llegar al pueblo mágico de Sayulita, es necesario tomar una rutas desde la ciudad de Puerto Vallarta, ubicada en el hermoso estado de Jalisco.
Pasearse por la costa de Vallarta y la Riviera Nayarit es una aventura.  Aterrice ahí escasos días del año nuevo, donde la maravilla inundó mis ojos al ver la calidad de su servicio hotelero y turístico, que ofrecía espacios idénticos a los exclusivos que se ven en Cancún y por el mundo, hasta pequeños hostales que muestran simpatía a cualquier persona que decida pasar la noche en el lugar.
Me pasie por el tradicional malecón de Sayulita. De ahí, tomé un autobús que me llevó hasta Boca de Tomatlán. Ahí, sus taxis acuáticos me mostraron lo bello del Océano Pacífico y sus playas más recónditas y aisladas como Yelapa.
Fue así como conocí a gente maravillosa como Heidi Boyman y su esposo John, quienes llegaron desde Oregón por segunda ocasión a disfrutar de las costas mexicanas.
Heidi me contaba mientras esperábamos el taxi acuático de regreso, como disfrutaba del lugar desde hace 20 años cuando visitó Sayulita por primera vez, un sitio que asegura está dedicado al amor y la belleza.
“La primera vez que vine fue con mi esposo y realmente fue un sitio romántico, creo que es solo por qué no muchas personas lo habían descubierto aún y parecía un lugar seguro al cual venir, creo que vinimos aquella vez en Semana Santa, cuando había mucha fiesta y bailes alrededor de la catedral, también había desfiles, payasos y niños jugando, fue hermoso”, me relató Heidi mientras observábamos la costa y los paracaidistas que apreciaban desde las alturas la belleza que le dio la madre naturaleza a este lugar.
Yo también decidí subír a uno de esos paracaídas, que al ser jalados por un bote llevan a uno por las alturas a respirar el aire limpio y contemplar la inmensidad. Allá arriba, sobre las olas, supe que esta era experiencias que se ira conmigo a la tumba.
El recorrido a Sayulita lo hice en un automóvil. Mientras recorría la carretera y disfrutaba de una vegetación poco comparable a la del sur de California, jamás imaginé que al atravesar un camino de terracería, que colinda a su avenida principal, descubriría uno de los lugares más hermosos de México, un espacio lleno de colores, donde el retumbar de los tambores, la calidez de su gente, y un ambiente cosmopolita integrado por personas de todo el mundo, se sentía en cada paso que daba por sus calles empedradas.
En el sitio alquilé tablas de surf por menos de tres dólares la hora. Aquí hice deportes acuáticos y nadé en aguas cálidas mientras observaba a gente originaria de Canadá, Francia, Alemania, Estados Unidos, y muchos países más, que disfrutan bajo el sol de las glorias de la naturaleza y la cultura mexicana.
Hoy, Puerto Vallarta, pero sobre todo Sayulita, permanecen en mi corazón. Mientras observo la lluvia caer en San Diego, las palmeras, el sol tocando mi piel, y aquellos espacios paradisíacos, me piden regresar, me dicen que aún hay más por descubrir entre la selva y bajo el mar.

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