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También las Familias Mexicanas Huyen de la Violencia en Busca de Asilo

May 28, 2019

Por Manuel Ocaño

Eréndira regresaba de la escuela primaria a su casa cuando fue violada sexualmente. Esa tarde, en la sierra de Guerrero, volvía para hacer sus tareas cuando un desconocido que usaba pasamontañas la agredió y la forzó ante testigos que no hicieron nada por detenerlo.

Pero el acoso no terminó con la agresión, así que su mamá decidió huir con Eréndira y cuatro hermanitos menores que ella cuando, dos meses después, un médico confirmó a la adolescente que estaba embarazada.

“Son gemelos”, platicó Eréndira a La Prensa San Diego con autorización y en compañía de su mamá. “Uno es varoncito y el otro no se sabe porque en el ultrasonido no se alcanza a ver”.

El padre de Eréndira abandonó a la familia hace varios años, explica Lucía, la mamá de Eréndira, de 32 años. El hombre la dejó con cinco hijos menores al irse con otra mujer más joven. Nunca supieron más de él.

Como hija mayor, Eréndira tuvo que ayudar a su mamá para sostener a la familia. Ambas trabajaban en la sierra como jornaleras agrícolas. Ofrecían sus servicios por día, por cosecha o por jornada, pero dice doña Lucía que era un empleo muy irregular.

Por eso cuando el acoso a Eréndira intensificó, Lucía decidió que había que dejar la sierra. Si los niños crecían ahí, los grupos criminales seguramente querrían reclutarlos a la fuerza.

“Siempre ha estado muy feo por allá. A mi papá lo mataron para robarle cuando yo tenía 13 años”, recuerda Lucía, la violencia “es algo que yo creo que nunca va a cambiar”.

Ya que la familia era perseguida, Lucía pensó que convendría tratar de llegar a Estados Unidos en busca de asilo.

Salieron una noche de marzo a escondidas de su casa, temerosos de que los fueran a descubrir y les impusieran represalias. Traían lo esencial. Lo más valioso eran las actas de nacimiento de los seis en la familia.

La familia es de origen indígena mixteco. Vivían en Guerrero cerca de la frontera con Oaxaca, de donde es originario su grupo. Su español es claro, aunque se nota un poco limitado, y, sin dinero, avanzaron como pudieron, principalmente en “aventones” hasta que llegaron a Tijuana la semana pasada.

Les tomó semanas llegar a Tijuana, donde alguien les recomendó ir a la garita El Chaparral y preguntar dónde se puede registrar en “el libro”, la bitácora de los propios migrantes para pasar por calendarización al paso peatonal PedWest a solicitar asilo.

Sin dinero y para estar a tiempo en la mañana, la familia llegó como pudo a El Chaparral y ahí durmió hasta registrarse, pero luego de eso no tenía a dónde ir, ni qué hacer en una ciudad desconocida.

Ya oscurecía nuevamente cuando un migrante mexicano notó que la familia seguía en el lugar cuando todos se habían marchado. El migrante informó por teléfono al albergue Ágape, donde él había encontrado refugio y le indicaron que llevará a la familia.

Esta semana fue la primera en mucho tiempo en que Lucía, Eréndira y los hermanitos de 14, 12, nueve, cinco y dos años de edad tuvieron techo, alimentos y un lugar para asearse en el trayecto.

Eréndira (no es su nombre verdadero) dice que planea tener a sus bebés, y su mamá no se opone, pero no quiere que por ningún motivo vuelva a la sierra, ninguno de ellos. “es que andan matando mucho por allá, así de todos los días, aunque no hay mucha gente”, dice Lucía.

Este martes, Eréndira finalmente platicó sobre todo lo que le ha pasado ante una psicóloga, que le proporcionó la Comisión Estatal de los Derechos Humanos de Baja California para sentar un precedente legal y ayudar a la familia. La profesional también platicó con Lucía.

El propio personal de Derechos Humanos llevó después a Eréndira y a su mamá a la Procuraduría General de Justicia del Estado, a que por primera vez pusieran una denuncia por lo que pasó a finales de enero en la sierra de Guerrero.

Los documentos podrían servir para que el gobierno de Estados Unidos considere con bases otorgarles el asilo.

Si acaso cruzan la frontera, sin la familia es admitida, todavía no tiene una idea clara de lo que podría hacer.

“Pues trabajar en el campo porque es lo que hace una”, dice Lucía, quien definitivamente quiere que los menores ya no sean campesinos; quiere que estudien.

“Yo voy a seguir ayudando a mi mamá. Vamos a tener mucho trabajo cuando vengan los bebés”, dijo Eréndira, pero quiere que sus hermanos menores “vayan a la escuela, que estudien; a la mejor uno puede ir a la universidad”.

De acuerdo con la Iniciativa Fronteriza Kino de ayuda a migrantes en Estados Unidos, aunque la violencia de la que huyen las familias mexicanas no es distinta a la que obliga al éxodo de familias centroamericanas, las mexicanas tienen menos éxito en sus solicitudes de asilo.

El año pasado unos diez mil 900 mexicanos pidieron asilo a Estados Unidos y solo fue aceptado cuando mucho el 13 por ciento, según la iniciativa.

En número es bajo porque el marco legal por el que el gobierno de Estados Unidos da asilo, la Convención de Refugiados de 1951, que define como refugiados a quienes son perseguidos por su raza, nacionalidad, religión opinión política o afiliación social, pero no por ser víctimas de violencia, aunque sea generalizada.

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