Editorial, SPORTS

Ya ni la Chiflan

March 7, 2018

Por León Bravo

Los quisieron usar como carne de cañón, como escudos humanos, como cebo de una trampa mortal.

Los quisieron convertir en voceros de aquellos que no se atreven a dar la cara, de los que se esconden por miedo, de los cobardes disfrazados de héroes.

Lo que quisieron hacer con los jugadores de los Pumas de la UNAM es una vergüenza para la casa de estudios superiores más importante de México, y tal vez, de Latinoamérica.

El viernes 23 de febrero, dentro de las instalaciones de la UNAM, se registró una balacera que terminó con el arresto de dos sospechosos de trabajar para un cartel de narcotraficantes.

El episodio puso en evidencia a las autoridades de la Ciudad de México que se han empecinado en decir que en esa gran metrópolis no existen células criminales relacionadas con el narcotráfico organizado.

No se necesita ser un experto en la materia para saber que hace mucho tiempo que el narcotráfico organizado trabaja en la Ciudad de México al igual que lo hace en todo el país.

Tras la balacera, el rector de la UNAM, Enrique Graue, se asustó de que el campus universitario haya sido escenario de una película entre policías y narcotraficantes.

Para enviar a la comunidad universitaria lo que a su juicio era un mensaje contundente, al rector no se le ocurrió otra cosa más que utilizar al equipo de fútbol para tratar de espantar las moscas.

El domingo 25 de febrero, dos días después de la balacera, los Pumas jugaban en contra de las Chivas de Guadalajara.

La visita del rebaño tapatío representaba el lleno asegurado en el estadio de Ciudad Universitaria y el partido tendría además la atención de millones de mexicanos que los domingos a mediodía guardan la costumbre de ver el fútbol por televisión.

Para aprovechar los reflectores que le significaban el duelo entre Pumas y Chivas, el rector Graue le pidió a los jugadores de la UNAM que salieran a la cancha con una enorme manta.

La tela blanca llevaría una leyenda en enormes letras verdes con el siguiente mensaje: “¡Fuera narcos de la UNAM!”.

La estúpida sugerencia del rector fue rechazada de inmediato por los jugadores, que de ninguna manera le quisieron entrar en tan peligrosa misión.

Salir con esa manta hubiera significado una declaración de guerra por parte de los jugadores a los sanguinarios y desalmados narcotraficantes.

No hubiera tardado mucho tiempo en que supiéramos que alguno de los futbolistas fue encontrado sin vida tras haber sido ejecutado por los narcos.

El rector Graue, en medio de su desesperación y su inconsciencia, no pensó que el mensaje que le quería enviar a los narcotraficante hubiera sido también una invitación a la muerte.

Lo mejor que puede hacer el rector Graue, y cualquier autoridad competente, es dejar de lado los profesionales del deporte para enviar mensajes de guerra a los narcos.

Si ni el Ejército ni las corporaciones policiacas, con todo el poderío de su armamento, son capaces de contener al narcotráfico, mucho menos lo podrá hacer un equipo de fútbol con una manta en las manos.

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