Editorial

Rubicon

December 5, 2018

Por Francisco Barbosa

“Alea iacta est” -la suerte esta echada- con esa frase, Julio Cesar, en el siglo 49 A.C., y después de profundas meditaciones emprende un camino sin retorno para confrontar a sus enemigos tradicionales refugiados en la República Romana. Dos mil años después, Andrés Manuel López Obrador cruzó un moderno Rubicón el primero de diciembre pasado. Sus enemigos declarados, ahora se encuentran identificados es esa entelequia llamada “neoliberalismo”.

Es desmedido hacer una comparación con un personaje histórico del alcance del emperador, pero con las reservas con las que me puedan dispensar, parece que el mandatario actúa con la prestancia de los predestinados a realizar grandes cambios. Sus expresiones y acciones sobrepasan, por mucho, la austeridad y humildad con la que se ha tratado de definir su perfil político. Todo la contrario, se asume como servidor nato, pero la arrogancia es uno de los comportamientos con el que más se le identifica. Cosa de repasar los diferentes momentos de su toma de posesión, en los que hasta Porfirio Muñoz Ledo le rinde pleitesía y lo advierte como el gran transformador de la nación, aún sin tener ninguna prueba palpable de su desempeño.

Las muestras de afecto de sus seguidores se desbordan al grado del clímax y sus detractores se empequeñecen ante la fuerza de un discurso provocador y excluyente. Sólo el sabe que se debe hacer, porqué las cosas están como están, y basta y sobra que lo dejen actuar en libertad plena para disfrutar del nuevo escenario de un país maravilloso y en armonía total.

Ciertamente, el fracaso estrepitoso de la gestión de Enrique Peña, que carga con la más baja popularidad de un primer mandatario en la época moderna, sirven de cimiento para que cualquier proyecto sea asumido con el mayor optimismo. La corrupción e impunidad, amén de la incompetencia e irresponsabilidad en el manejo de los asuntos públicos, no tienen parangón. Lo más deplorable es que habiendo tenido la mesa puesta para realizar las grandes reformas que el país demandaba, echó por la borda de la soberbia tan preciada oportunidad, y no sólo eso, si no que provocó el desazón de millones de mexicanos que siguen esperando ser atendidos en sus más elementales requerimientos en materia de salud, alimentación, vivienda, educación y seguridad.

López Obrador encuentra un escenario excepcional para enarbolar la bandera del cambio. La ciudadanía le concederá todas las facilidades y se apretará el cinturón, una vez más, en espera de la reivindicación esperada. Sin embrago, también hay nubes negras de preocupación derivadas de algunos excesos que se ha tomado la libertad de incurrir.

Valga enumerar, a manera de ejemplo, tres principales: primero, el descuidado, si bien justificado proceso de cancelación de las obras del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, que con una torpe implementación pone en riesgo la estabilidad financiera y abre las puertas a que los especuladores encuentren la mesa servida para favorecer corridas contra el peso, de por si muy golpeado por la situación de las endebles finanzas públicas heredadas, y del fantasma de las crisis de fin de sexenio.

Otra acción reprobable, ha sido dejar que colaboradores afines, vía protagonismos insulsos, lancen toda clase de promociones jurídicas descomponiendo el ya de por si endeble Estado de Derecho, y amenacen violar las reglas constitucionales que nos rigen.

Por último, la amenaza de que no pueden ser, por ningún motivo, contrariadas las decisiones del caudillo, como resulta con nombramientos de funcionarios que no tienen el menor merito institucional y curricular, mismos que en el exceso de la vanidad, insultan a la inteligencia que cuestiona sus alardes de prepotencia.

El fantasma del complot pronto irrumpirá en el imaginario social. Y resulta preocupante que, como sucedió a Gaius Iulius Caesar, el emperador sea sacrificado por los que lo ensalzaron y en una acción de linchamiento masivo tenga que expresar en los idus de marzo, “¿tu también, Marcelo?”

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