Editorial

Optimismo

August 16, 2018

Por Francisco Barbosa

En un escenario político de calma “chicha”, en el que no se prevén asuntos preocupantes dentro de la política mexicana, las negociaciones sobre el TLC avanzan gradualmente hacia un posible acuerdo y los empresarios procesan favorablemente el triunfo de López Obrador, los próximos meses ofrecen la oportunidad de poder aterrizar las principales políticas públicas del nuevo gobierno.

El presidente electo, y sus más cercanos colaboradores, están delineando las medidas que se proponen realizar tan pronto asuman formalmente las responsabilidades de gobierno.

En materia política, la persona que será responsable de la gobernabilidad sugiere una primera etapa de fortalecimiento de las instituciones: la derogación de las reformas del “peñanietismo” que no han resultado. Entre estas destacadamente la reforma educativa; el rediseño de las acciones de seguridad pública retomando el modelo de una secretaría responsable para su atención; y una nueva fórmula de gestión federalista vía coordinadores únicos para cada entidad, que a manera de contrapeso de las autoridades locales, promoverán las estrategias de coordinación regional.

En materia de relaciones internacionales, se prevé un redireccionamiento que festina el próximo titular de esa cartera, Marcelo Ebrard, quién al asumir la función se apunta como futuro relevo político. Hombre controvertido y de enorme ego, emprende campañas de posicionamiento y entabla relación directa con actores relevantes como evidencian las frecuentes visitas de cortesía de funcionarios de la Casa Blanca y autoridades extranjeras que hacen escala obligada para retratarse con el futuro presidente y su flamante canciller.

En materia de obra pública, sigue en el centro de la discusión la suerte del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, para López Obrador, como para muchos entre los que me incluyo, esa inversión es un absurdo, es agudizar el centralismo económico, un error ecológico, un cuestionable diseño técnico y, seguramente, una construcción deficiente como es la marca de las obras públicas ejecutadas por la presente administración en las que la corrupción prevalece en detrimento de la operatividad. Otras acciones como el tren suburbano Toluca-CDMEX sólo encuentra razón de ser en los pírricos beneficios que el agandalle de los derechos de vía representan para insaciables desarrolladores coludidos con autoridades.

Para el tema del desarrollo social, la nueva administración se pinta sola. De esa función han construido sus principales causas, y de ahí derivan enormes ganancias para nutrir el clientelismo político y electoral. En ese tarea, se han apuntado operadores de mala memoria como los Batres, los Bejarano, los Delgado y decenas de tribus que buscarán premios de consolación.

Finalmente, para llenar las interminables semanas de este absurdo paréntesis en el que no muere la vieja admiración y no se abre espacio de actuación a la nueva, es de esperar que López Obrador se ocupará de visitar todos los rincones del país en su enésima gira nacional. Llenará de discursos reeditados las plazas públicas, será vitoreado como lo fueron Juárez y Madero pero también Maximiliano, Santa Ana, Porfirio Díaz y Luis Echeverría en los tiempos modernos. Y seguiremos esperanzados de que su gestión, ahora sí, juegue a favor de las mayorías, estimule círculos virtuosos y México pueda alcanzar su esperada “cuarta transformación”.

Más optimismo imposible.

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