Editorial

La Producción

March 1, 2017

Por Francisco Barbosa 

El primer capítulo de la política económica está relacionado con la producción de bienes primarios –mineros, agrícolas y pecuarios-, con ellos se aseguran aspectos como la sobrevivencia de la población, la construcción de vivienda e infraestructura, la seguridad de la soberanía y la capacidad para proveer y desarrollar otros renglones del sistema económico como son producción industrial, la generación de servicios y el desarrollo de tecnología.

Los pensadores de la Escuela de la Fisiocracia del siglo XVIII, consideraban que la tierra era el único factor que generaba riqueza, al tiempo que las demás áreas de producción dependían de él. La riqueza de una nación se medía por su capacidad de producción de alimentos para consumo interno y la posibilidad de generar excedentes para la exportación, resultado de ventajas competitivas derivadas de circunstancias geoestratégicas (límites geográficos, rutas marítimas, sindicatos de productores, y consumidores).

Las regiones que fueron parte del dominio español, destacadamente las iberoamericanas, fueron privilegiadas solo en la producción de bienes que incrementaran la riqueza de la Corona como la extracción de minerales -oro y plata- y producciones agrícolas como el azúcar, el tabaco y el maíz.

Ese patrón subsistió en México por más de 500 años, y es hasta entrado el siglo XX en el que las cosas empiezan a cambiar con el reparto de grandes territorios ociosos acaparados por la iglesia y paralelamente la introducción de acciones orientadas a la diversificación y fortalecimiento de la producción agrícola; al menos en el discurso oficial. Pero también es cierto que poco se puede esperar de un sector en el que incomprensiblemente sólo el 30 por ciento del territorio es apto para las actividades agrícolas eficientes. El territorio se divide en enormes desiertos en el norte y superficies selváticas en el sur, con un reducido corredor productivo que se limita a algunas regiones en las que se ha podido contar una incipiente infraestructura hidráulica.

En contraste, el territorio de los Estados Unidos de Norteamérica es muy productivo, la  tecnificación ha permitido abatir los rendimientos decrecientes que caracterizan al sector agrícola permitiendo la generación de importantes excedentes que cubren su demanda interna y genera excedentes que se exportan a muchas regiones en el planeta fuente de inmensas ganancias.

Por eso el tema agrícola, en el horizonte de las nuevas relaciones México-Norteamericanas en lugar de ser un dolor de cabeza y materia de controversias y conflictos, abre la posibilidad para redefinir estrategias que permitan construir alianzas estratégicas en la lógica de ganar-ganar. La historia nos enseña que es posible una complementariedad virtuosa en la que México puede aportar mano de obra calificada, un amplio mercado para poder potencializar la producción, espacios para desarrollar nuevas obras de riego y el mejoramiento científico de los cultivos actuales, así como la posibilidad para sumarse al gran mercado norteamericano con una canasta amplia de productos que mejoren la dieta alimenticia en ambos países y, de esa manera, asistir en mejores condiciones a la competencia mundial.

Hasta ahora se han realizado pocos esfuerzos para superar los añejos problemas del campo resultado de conductas inerciales y prejuicios que obstaculizan acciones de mejora, forma cómoda para proteger mezquinos monopolios de control. El tiempo obliga a ser optimista y derrotar la indiferencia y el hastío e incompetencia de las autoridades para del discurso la mutua descalificación. Es tiempo de estadistas.

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