Editorial

La Migración

May 19, 2017

Por Francisco Barbosa

La migración es tan antigua como la presencia del hombre en el planeta. Primero lo fue por razones de supervivencia – alimento y protección – más adelante por la constante búsqueda de mejores regiones, variedad de productos y climas benignos. Pasaron miles de años para dar un salto en la historia cuando el hombre logró dominar el medio ambiente domesticando vegetales y animales, lo que redujo drásticamente la necesidad de movilidad pero no la Conforme se fueron poblando los continentes se fueron definiendo áreas de influencia y la necesidad de establecer límites contra posibles intrusos. El sentido de propiedad modificó el esquema de convivencia y la necesidad de proteger con el recurso de la fuerza lo que se asumía propio.

La historia del Imperio Romano ilustra la fuerza de las migraciones en el espacio territorial del Mar Mediterráneo. Por siglos se desplazaron ejércitos imponiendo la cultura y el control extraterritorial del imperio y se sucedían una dinastía tras otra.

Las Cruzadas son testimonio contundente de la lucha por la conquista territorial. Con el feudalismo, el control del espacio se atomizó creándose pequeños reinos en los que los señores imponían sus reglas que incluían la vida del súbdito.

Con el avance en las tecnologías de la comunicaciones marítimas, los territorios en disputa se globalizaron en los mares del occidente y del oriente. El comercio y la explotación de recursos naturales fue el motor del desarrollo del imperio español, el portugués, el holandés y el inglés, entre los más relevantes.

En pleno siglo XX, las formas se repetían. Ahora con nuevos actores como los alemanes que llegando tarde a las reparticiones de los territorios imperiales buscaron con la guerra redimir derechos para extender sus dominios, pero sus esfuerzos fracasaron y tras sendas derrotas se diluyeron los sueños del dictador desequilibrado.

Hoy, en el despertar del siglo XXI, pareciera por momentos que nos estamos remontando al pasado repitiendo esquemas superados; por un lado la lucha por las riquezas del subsuelo son el motivo de querellas internacionales, la desesperación de pueblos explotados por su atraso tecnológico e ideológico, sujetos al control político radical ejercido por personajes de perfil siniestro se reproduce en todas las latitudes y se manifiesta es la desesperada huida de familias que buscan alcanzar sus sueños de vida de calidad en espacios más adelantados.

Ante este panorama afloran conductas reduccionistas que lejos de instrumentar programas de ayuda y cooperación se concentran en levantar muros físicos como si esa solución pudiera eliminar la realidad y borrar la brecha de la desigualdad. El fenómeno se reproduce en el nivel local en el que alrededor de los centros urbanos se crean anillos de pobreza y criminalidad, en la geografía regional en la que los espacios de autoridades locales se ven desequilibrados por una distribución inequitativa de los presupuestos nacionales y, finalmente, en el terreno internacional en donde se incrementa el flujo de migrantes ilegales que a cualquier precio buscan instalarse en zonas en las que esperan que en forma milagrosa su nivel de vida va a mejorar; nada más ilusorio.

Hoy los gobernantes están obligados a enfrentar el problema desde sus raíces y armar soluciones que permitan que los habitantes logren activar proyectos locales de desarrollo que les permitan consolidar sus expectativas sociales y económicas. La expansión geométrica de la pobreza sólo es combustible de la inseguridad y de formas violentas de reivindicación con salidas falsas y de elevado riesgo de estabilidad interna e internacional.

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