Editorial

La Información

March 24, 2017

Por Francisco Barbosa

Estamos desconcertados ante el cúmulo de información que recibimos a través de los medios de comunicación formales y de las autónomas y anónimas redes sociales. Las complejas elecciones presidenciales del pasado noviembre y los cotidianos impactos de los primeros cien días de gobierno son el enorme laboratorio de un fenómeno político y social que no es fácil asimilar y que exige ser estudiado con muchas reservas para procesarlo y actuar en consecuencia en la toma diaria de decisiones, tanto como individuos como sociedad y países.

En el tiempo de las comunicaciones digitales parecemos estar cada vez más solitarios y reducidos a los pequeños mundos de los dispositivos electrónicos. Recibimos cientos de mensajes en forma de mails, tweets, y whatsapps. Al final del día queda la sensación de que todo está revuelto, incierto, peligroso y, en suma; de que no hay claridad en las opciones que se nos ofrecen, y peor aún de que el día siguiente podemos despertar más confundidos.

Así, por ejemplo, en un aparentemente ejercicio democrático y ciudadano realizado en Inglaterra, se convocó a sus pobladores a manifestarse sobre la conveniencia de mantenerse como miembro de la Unión Europea o poner fin a las responsabilidades y compromisos que resultan de un tratado signado lustros antes en la lógica del libre comercio y las ventajas de la asociación y expansión del mercado regional. Sorpresivamente prevaleció la posición radical de la separación a pesar de los efectos presumiblemente negativos que eso tendrá en materia de empleo, actividad económica y nivel de bienestar. Pocos decidieron por muchos que, convencidos de lo contrario, no ejercieron en su momento su derecho de decisión en las urnas y con su voto.

Más recientemente, el relevo presidencial en Estados Unidos ha tenido un efecto similar. Las cifras estimadas de encuestas confiables preveían un resultado favorable a la candidata demócrata y a su partido, pero la victoria favoreció a un candidato sin formación política probada y cuyas propuestas, y hoy órdenes ejecutivas, estremecen a la sociedad norteamericana, regional y mundial como no se había visto en mucho tiempo, detonando la confrontación entre comunicadores, opositores y hasta con aliados; rompiendo conductas y protocolos tradicionales sobre las maneras de conducir los asuntos de Estado.

Ahora la intimidación, la denuncia, la agresividad y un tono de mensaje poco cuidado son parte del formato a través del cual se construye la narrativa política. La descortesía, el espíritu contestatario, las prácticas heterodoxas sobre cómo se vende el futuro son parte de pesadillas de consecuencias imprevisibles en lo político, en lo económico y en lo social.

El mando se concentra en un compacto grupo que se rebela a las formas establecidas e institucionales. Día con día se reciben campanazos que dejan fríos y deslumbrados a los más agudos y connotados observadores. No parece haber límite de asombro, se pone en tela de duda la palabra presidencial, misma que reacciona con virulencia, enojo instantáneo y prácticas nepotistas. No hay tolerancia y se exacerba la confrontación descalificando y acusando al antecesor sin ningún recato, al vecino con desprecio y a las visitas oficiales con portazos, altanería y sospechosas intenciones. La pregunta obligada es si existe una red de protección o es un salto al vacío.

Ante este desolador e intimidante horizonte, en urgente replantearse la forma en como debemos informarnos, tomar conciencia y actuar solidariamente, en caso contrario estaremos cerca de ser víctimas de intereses contrarios a un proyecto de vida mejor. El tiempo apremia.

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