Editorial

La Informacion (Segunda Parte)

July 13, 2017

Por Francisco Barbosa

La palabra es el puente que nos distingue de las demás especies animales. Ningún otro ser viviente puede establecer una comunicación interactiva. El ciclo de la información incluye la etapa de la retroalimentación que permite precisar el contenido del mensaje para evitar errores de interpretación, o mal entendidos.

Cuando la palabra evolucionó de oral a escrita, la humanidad dio un paso gigantesco. No sólo era posible tener un entendimiento puntual, sino también era posible generar memoria histórica; “el camino para aprender a no tropezarse dos veces con la misma piedra”.

Era posible ahorrarse vivencias desagradables experimentadas por otros congéneres en lugares y tiempos distintos. Una especie de comunicación transgeneracional que permitió capitalizar inteligencia acumulada y evitar descalabros por malas interpretaciones.

Pero no todo ha sido un circuito virtuoso, muchas veces y a pesar de la evidencia de las consecuencias de hacer las cosas en forma indebida o errónea, hasta que no se experimenta en cabeza propia no estamos conformes a pesar del costo que decisiones erráticas pueden acarrear.

Comentábamos en la entrega de la semana pasada que es impresionante el grado de avance que han tenido los medios de comunicación. En tiempo real se puede estar intercambiando información con los lugares más distantes y opuestos, aun sin dominar el idioma extranjero y gracias a una codificación que permite el entendimiento natural. Los emojís son un ejemplo palpable, un trazo con sonrisa representa felicidad, así como un rasgo de tristeza trasmite angustia o dolor.

A través de la palabra escrita hemos conocido textos extraordinarios como la Biblia que ha sido editada en más de 2 mil 454 idiomas y millones de ejemplares. Nos hemos involucrado en lecturas apasionantes como la interesante y aleccionadora obra “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, obra emérita de Miguel de Cervantes Saavedra publicada por primera vez en el año 1605 o la valiosa aportación inglesa de William Shakespeare que por esa misma época elaboró sobre diversos géneros que van desde las tragedias, las comedias, obras históricas hasta los juicios críticos cuyos títulos están frescos en nuestra mente: “Romeo y Julieta”, “Macbeth”, “El Sueño de una Noche de Verano”, “Julio Cesar” o el “Rey Lear”.

La literatura latinoamericana no se queda corta, basta repasar los nombre de José Luis Borges, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o el recién recordado Juan Rulfo y su “Pedro Páramo”. En materia de discurso político los mensajes de Julio César en la antigüedad o de Winston Churchill en el pasado reciente movilizaron a millones para defender causas y movimientos.

Ante el escenario descrito, no deja de ser alarmante la especie de movimiento en reversa que se está imponiendo en la época de la tecnología y el mensaje digital. Es un retroceso absurdo, el uso de las palabras está asociado a la pereza y a la ignorancia. Se recurre a frases huecas, a la diatriba, al insulto y a la mentira. No hay defensiva para ser penetrados por mensajes infames que sólo buscan denostar al prójimo. Se convoca a la venganza y a la amenaza, y con frases resueltas en un mínimo de caracteres se justifican programas de gobierno que ponen en riesgo la estabilidad mundial. Son escenarios de sordos en los que cada quien se escucha sólo a sí mismo sin intentar siquiera sostener una argumentación razonable y coherente.

Es tiempo de repensar sobre lo trascendente y dar vuelta a la hoja de las páginas que ensombrecen el futuro, para ello es indispensable promover las buenas lecturas que enriquecen y enaltecen a la raza humana.

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