Editorial

La Información

July 6, 2017

Por Francisco Barbosa

Los seres humanos hemos necesitado, desde nuestra aparición en el planeta, de la comunicación como una herramienta indispensable para la supervivencia.

Desde los tiempos más remotos, fue necesario establecer códigos para actuar en forma organizada y eficiente. De otra forma estaríamos en desventajas que podrían poner en peligro la integridad de las personas y de las comunidades.

En los tiempos actuales, la comunicación se ha convertido en el eje vertebral de la convivencia; estamos bombardeados permanentemente por mensajes que nos condicionan a reaccionar en el sentido de la manipulación.

En el género la ciencia-ficción, Aldous Huxley advertía en su libro “Un Mundo Feliz” las consecuencias nefastas del control de las masas, George Orwell en su obra “1984” adelantaba los efectos de la dominación cultural, y Marshall McLuhan en “La Aldea Global” teorizaba sobre los efectos de la publicidad y la mercadotecnia que imponía los patrones de consumo “…el medio es el mensaje …”.

En el Siglo XXI se han rebasado todos los límites, en sólo 100 años se ha hecho más que en toda la historia de las comunicaciones; de hecho en los últimos 20 el mundo se ha empequeñecido ante la potencialidad de los instrumentos digitales, la información fluye a la velocidad de la luz.

Podemos tener una conversación en tiempo real entre los más remotos lugares del orbe, de polo a polo. En el momento que se requiera, es posible intercambiar flujos comerciales y financieros con solo pulsar una tecla de las computadoras cuyas capacidades posiblemente no estaban contempladas ni en la mente de sus creadores.

Al lado de esa fuerza inconmensurable de acción, han surgido también grandes retos y amenazas. La falta de instrumentos de control en el margen de fronteras controlables está desestabilizando la armonía y tranquilidad de cada vez más sujetos (personas, empresas y gobiernos). La fragilidad en el manejo de la seguridad personal está generando un sentimiento de inseguridad que se cierne sobre nuestros activos. Hay quienes de manera criminal utilizan el internet para beneficio propio sin escrúpulos y posibilidades de sanción. Las pérdidas pueden ser enormes y no hay quién pueda contenerlas.

Los medios de información no son ajenos a ese vacío y se exacerba la lucha de titanes entres los poderes establecidos y los virtuales. Las confrontaciones se viralizan y amenazan con provocar crisis de credibilidad de imprevisibles consecuencias; vamos de las noticias falsas a las noticias fraudulentas, y no se percibe una posible reordenación que permita apaciguar los ánimos. Las consecuencias pueden ser muy delicadas trastocando la institucionalidad y funcionalidad de los mecanismos de orden conocidos.

Ante tan confuso escenario se impone la necesidad de abrir un espacio de reflexión y conciencia para reordenar las reglas de operación en las que se establezcan con claridad responsabilidades, posibilidades y consecuencias. La anarquía no conviene a nadie y los peligros pueden ser muy costosos.

Ante nuevos retos siempre ha existido, para bien, capacidades de la inteligencia para fijar autocontroles y fórmulas de renovación y creatividad utilitaria.

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