Editorial

El Vértigo

June 12, 2019

Por Francisco Barbosa

En las últimas semanas, hemos experimentado la sensación del vértigo en su modalidad política. Los acontecimientos que caracterizan un diferendo en cuanto al tratamiento de la problemática que genera el fenómeno migratorio, tensionan las relaciones entre gobiernos vecinos.

La amenaza de la aplicación de acciones burocráticas al flujo comercial, exhibió la fragilidad de los acuerdos comerciales vigentes, en los que una relativa amenaza a la seguridad nacional, dispara la aplicación de medidas defensivas que están lejos de tener origen en razones económicas.

La intensificación del flujo migratorio por razones humanitarias, ha llegado a niveles preocupantes en los que los gobiernos de las naciones expulsoras poco o nada hacen para contener y responsabilizarse de la oleada de individuos y familias que, utópicamente, pretenden encontrar mejores condiciones de vida lejos de su lugar de origen.

Ciertamente, los flujos migratorios han sido una constante en la historia de la humanidad. Su origen radica en la casualidad en la que los seres humanos poco tienen de responsabilidad. Se nace en un espacio geográfico que no fue decidido; es un accidente pero que condiciona el futuro. Las guerras y las epidemias son ejemplos desgarradores.

Para no ir más lejos, la última guerra mundial ofrece dolorosos episodios que resultaron de la miopía o maldad de líderes perversos que se tradujeron en consecuencia que comprometieron el derecho a la vida y al goce de los bienes terrenales de millones de seres humanos víctimas de la circunstancia espacial.

Para bien, o para mal, estos eventos dejan huella en las páginas de la convivencia humana materia de la preocupación de autoridades políticas y religiosas. En aciagos días del naciente Siglo XXI, periodo de la humanidad de espectacular avance tecnológico, contrastan dantescas escenas que parecen ser producto de tiempos superados.

Caravanas de seres humanos se desplazan en búsqueda de anhelados y quiméricos espacios de mejoría económica y social, azuzados por manos criminales que con la mayor impunidad, y muchas veces solapados por el poder político, se convierten en bolas de nieve que se estrellan en muros de indiferencia perniciosa en las que las autoridades se lavan las manos para resolver, de raíz, las causas de su origen.

Las medidas que tras tortuosas y secretas negociaciones se convienen, son paliativos temporales que se avivan en el siguiente episodio; calendario de tiempos y acciones fatales que lucen por ineficaces y conducen a un callejones sin salida que acumulan presión y amenazan explotar con consecuencias imprevisibles. Moneda de cambio para la siguiente crisis que tarde que temprano sigue degradando su contenido.

Las imágenes de concentraciones con propósitos mediáticos y/o electorales, provocan la sensación de deja vu´s superados y propios de negros y dolorosos conflictos sociales con balances negativos, producto de la necedad y falta de recursos de negociación inteligente. Hoy se impone la mesura y el compromiso de actuar con responsabilidad histórica, no se puede jugar con la vida de seres indefensos.

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