Editorial

El PAN

June 6, 2018

Por Francisco Barbosa

(Foto / Gvega78 – Wikimedia Commons)

El Partido Acción Nacional (PAN) es la organización política más antigua registrada en el Instituto Nacional Electoral, fundado en 1939. El PRI puede tendría más años si se consideran los diferentes nombres con los que estuvo actuando desde 1929 (PNR). Pero en 1946, el General Cárdenas cambia su denominación como se le reconoce hasta ahora. De ahí que en consideración a ser el partido decano es referido en primer término. El registro más reciente es el del Movimiento de Regeneración Nacional MORENA en 2015.

El PAN nació como una expresión anti-sistémica, es decir una opción al monopolio que de hecho se había apoderado del sistema político mexicano al terminar el movimiento revolucionario e institucionalizarse un nuevo modelo que acomodó a la mayoría de las fuerzas sociales que se disputaban el poder. Se asume como un partido “humanista”, laico afín a ideas liberales tomistas y de la democracia cristiana.

Por más de 50 años se conformó con ser acérrimo oponente del PRI; su débil estructura territorial, reducido número de militantes y una dirigencia cupular no le permitieron alcanzar más que esporádicos triunfos electorales para acceder a posiciones en el poder legislativo. El desgaste del PRI, después de 1968 reavivó las expectativas de sus líderes que gradualmente fueron abriendo las puertas a fuerzas más progresistas y pragmáticas.

En 1989, y como producto de una negociación de las cúpulas, después de las controvertidas elecciones marcadas con el tufo del fraude electoral que permitió el acceso al poder de Carlos Salinas de Gortari, quien en el imaginario social había sido vencido por el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y al cual el candidato del PAN Manuel Clouthier advertía como ganador. El candidato panista en Baja California Ernesto Ruffo sorpresivamente gana la gubernatura, pero se asumía como parte de un arreglo convenido en las oficinas presidenciales.

El desgaste de las administraciones priistas abrieron las puertas para que en el año 2000 una singular figura proveniente de la iniciativa privada, y apoyado por la estructura política panista, accediera al poder expulsando al PRI de los Pinos como en forma de gracejada refería Vicente Fox. Sus promesas de cambio fracasaron ante un desempeño frívolo decepcionando a una esperanzada democracia que todavía logró que otro miembro del PAN, más ortodoxo ganará la elección del 2006, pero ante el fantasma, otra vez, del fraude electoral.

En el 2012, un rejuvenecido PRI desplaza al PAN de los Pinos ante una administración criticada por sus enormes errores y deficiencias ejecutivas de Felipe Calderón, ahogado por la ineficiencia, la corrupción y la confrontación con casi todas las fuerzas sociales.

Con esos antecedentes, Ricardo Anaya Cortés es candidato a la elección presidencial de la coalición “México al Frente”, en el cual el PAN es la pieza vertebral al que se suma un decadente PRD y un marginal partido Movimiento Ciudadano, franquicia personal de un ex priista. Anaya registra carrera meteórica de pocas luces en cuanto al desempeño en la gestión pública, al haber sido secretario particular de un gobernador, diputado, subsecretario fugaz de Turismo y presidente del CEN del PAN – al cual accede de manera muy tortuosa acusado de traiciones y arreglos vergonzosos.

Anaya y su carrera se han opacado tras acusaciones de instrumentar un millonario fraude inmobiliario que le ha permitido gozar de una cómoda vida familiar con estancia fuera del país para la educación de sus hijos y elevados ingresos mensuales. A su favor queda la evidencia de que la acusación proviene del propio gobierno que utilizó facciosamente las instituciones (PGR, SAT y el CISEN) para armar el caso. Los medios han desconfiado de esa estratagema.

Pero Anaya no ha logrado armar un proyecto convincente. Con un discurso lleno de lugares comunes, con ofertas populistas que se dice criticar y atrapado en la imposibilidad de construir un programa ideológico propio como resultado de la conflictualidad de las corrientes que lo apoyan diametralmente opuestas. A su favor se suman atributos como su juventud, arrojo, inteligencia estratégica, facilidad de palabra y ser obstinado enemigo de la desgastada imagen presidencial del peñismo.

Atrapado en la lucha por el segundo lugar de la mayoría de las encuestas, realiza acciones que lucen desesperadas, con claroscuros en los que por días desaparece del escenario político, se refugia en una lucha de spots que poco dicen y endosa toda clase de epítetos a su opositor preferido. Su mercado político está concentrado en las clases medias, niveles educativos superiores y parte del empresariado disputándose a los millenias y jóvenes conservadores.

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