Editorial

El Ocaso

August 1, 2018

Por Francisco Barbosa

De acuerdo al calendario electoral de 2018, se encuentra pendiente la calificación de la elección celebrada el 1 de julio pasado, es de esperar que el Tribunal Federal Electoral la emita en los próximos días — toda vez que las impugnaciones son menores y de poco impacto legal. En ese momento se entregará la constancia de triunfo a Andrés Manuel López Obrador.

No obstante que los tiempos son puntuales, en los hechos López Obrador se desempeña como virtual presidente electo y ya da a conocer las nominaciones a puestos del gabinete legal y ampliado (Secretarios de Gabinete y principales Organismos Públicos como Pemex, CFE y el IMSS, por citar los más relevantes). Al mismo tiempo, elabora sobre las principales líneas de su plan de gobierno como atender prioritariamente la pobreza, la cancelación de la Reforma Educativa, el combate a la corrupción y los proyectos de infraestructura más relevantes.

En el otro lado, los partidos perdedores están en una etapa de control de daños. El PRI es el reflejo de la derrota total, el tsunami lo borró de la mayoría de los puestos ejecutivos a nivel federal y estatal en las Cámaras de Diputados y Senadores su presencia será marginal además de que la lucha por los niveles directivos del partido es una cena de caníbales.

En el PAN se disputa una lucha fratricida por sus restos y el PRD enfrenta un proceso de colapso y desaparición como fuerza política. El partido Verde, el MC y los mini partidos bisagra están en espera de poder subsistir como franquicias familiares y seguir gozando de las generosas prerrogativas.

En el gobierno, la administración de Enrique Peña Nieto está en fase de desmantelamiento. Su influencia es sólo representativa, las elites económicas la eluden, las fuerzas políticas la desconocen y los gobiernos extranjeros se saltan la formalidad para establecer canales directos con los próximos gobernantes, como se evidencia con la negociación del TLC, la redefinición de las políticas migratorias resultado de una especie de “luna de miel” con el vecino presidente y los gobiernos de las principales potencias europeas y asiáticas que realizan lobbies de acercamiento con los nominados a puestos ejecutivos.

La ignominia que genera el desprecio social y político es notoria. La agenda de Peña Nieto apenas alcanza para encabezar discretamente algunos actos del calendario político como la entrega de su informe anual, la ceremonia del grito de independencia y confrontar conmemoraciones como la de los sismos del 19 de septiembre y los 50 años del movimiento de estudiantil del 2 de octubre.

Su discurso, de por sí pobre y sin contenido, ahora es insulso. Sus colaboradores cercanos resienten el ataque en columnas políticas en las que se ventilan sus trapacerías, el cobro de facturas pendientes es enorme y ya remojan sus barbas buscando minimizar los riesgos de ser perseguidos y enjuiciados; como es de esperar suceda, son muchos los agravios.

Capítulo preocupante es que se reproduzcan las consecuencias nefastas de las crisis de fin de sexenio. Las finanzas públicas están razonablemente blindadas, pero podrían ser víctimas de ataques especulativos a la primera provocación por una escalación del discurso populista de AMLO, retiro masivo de capitales golondrinos, efectos de las elecciones en EUA con el ataque presidencial en los rubros de políticas migratorias, capítulos del comercio regional y la inversión productiva.

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