Editorial

El Deslinde

September 20, 2018

Por Francisco Barbosa

Con la imagen de una presidencia adelantada, el desempeño gubernamental se muestra errático y en la perspectiva de un choque de trenes. Con ese horizonte, el presidente electo ha optado por mostrarse tolerante y consecuente con la administración saliente, que en los hechos ya no da para más.

Las espaciadas apariciones públicas del presidente Peña Nieto se limitan al calendario cívico, y con los desplantes a los que nos tiene acostumbrados de un aparato de seguridad extremo, contingentes de acarreados que lo vitorean por consigna y un discurso triunfalista que dista mucho de ser consistente con la realidad que padece la gran mayoría de los mexicanos.

Los futuros funcionarios ofrecen realizar acciones que se antojan imposibles dadas las condiciones de las finanzas públicas, las que sin llegar a ser críticas, si evidencian su debilidad endémica. Por su parte, los actuales responsables optan por una conveniente distancia, atemorizados de que los alcance el escándalo en medios o en las implacables redes sociales.

Sobre algunos pesan graves sospechas, pero se muestran confiados de que un pacto de armónica transición los libere del peligro de ser enjuiciados y el riesgo de enfrentar años en la cárcel o ser objeto de juicios sociales sumarios. Hasta el día de hoy, esa es su opción, desaparecer del espacio público para poder disfrutar más delante de sus enormes fortunas mal habidas.

Hasta en casos emblemáticos de corrupción comprobada, sorprende que los delitos se diluyen por deficiencias en la integración de los expedientes, y no lejos de la esperada exoneración. Los potenciales indiciados esquivan responsabilidades con argumentos baladíes.

El tema no sería novedoso si no estuvieran de por medio los compromisos de campaña, que se enfocaron en los temas de la corrupción y la impunidad. Grave carga para el nuevo proyecto tener que lidiar con el reclamo ciudadano, que no será superado si no se aterrizan en acciones efectivas. El “perdón y el olvido” parecen ser el leit motiv, pero la pérdida de capital político es demasiado elevada.

En algunos renglones, son notorias las diferencias de enfoques y prioridades. La construcción del nuevo aeropuerto ilustra las desavenencias que preocupan a los inversionistas; los que ya han comprometido sus capitales, y los que esperan obtener proyectos de gran envergadura, sobre los que ronda el fantasma de la suspensión y/o cancelación.

Las cacareadas reformas estructurales hacen agua. En la educativa, son diametralmente opuestos los enfoques y prioridades, advierte el líder de la fracción en el poder “…que de ella no va a quedar ni siquiera una coma”. Suerte similar corren la reforma fiscal, que es notoriamente disfuncional, y la energética que ante el inestable panorama mundial, los capitales expresan reservas para comprometer su participación.

En los tiempos de dominio priísta, el cambio de estafeta era llevado a cabo con sutileza. Se reservaba una gira de apoteósicas despedidas, que duraban meses en los que se rendía pleitesía al gran gobernante saliente, pero no sin que en la realidad se ajustaran cuentas por cobrar. Era sabido que algún notable iría a para a la cárcel; baste recordar el caso de Díaz Serrano, de todas las confianzas de López Portillo y la espectacular detención y enjuiciamiento del hermano del poderoso Salinas.

Las cosas no cambiaron en las transiciones de Fox y Peña Nieto; no se tocan ni con el pétalo de una flor. El primero nunca logró capturar ningún pez gordo. Y Peña brindó, hasta el exceso, toda clase de consideraciones y protección a Calderón, que goza de impunidad a pesar de escándalos como los de la Estela de Luz y las iniciales rapacerías de la empresa OHL.

El horizonte compromete a la llamada “cuarta transformación” si no se ocupan de establecer distancia de un gobierno corrupto e ineficiente, y se sigue percibiendo en el imaginario social el riesgo de una indeseable continuidad. No sólo es necesario el discurso, se imponen hechos congruentes.

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