Editorial

El Desencanto

April 5, 2017

Por Francisco Barbosa

Ya se sienten muy cercanos los místicos primeros 100 días de la nueva administración norteamericana, y parece que se han desdibujado drásticamente las expectativas de un nuevo estilo de gobernar de “fabulosos y espectaculares” resultados que se prometieron en campaña, en el discurso inaugural de la transferencia del poder, en la andanada de mensajes cortos y en las apresuradas y discutibles órdenes ejecutivas que buscaban cambiar el horizonte de la gestión del antecesor que concluía buenas calificaciones.

En los tiempos modernos, la sociedad pronto se desilusiona de sus dirigentes. Estos no pueden ni deben distraerse un solo momento porque sus resultados pronto se evalúan y reducen los espacios para emprender cambios o establecer políticas públicas de gran calado. Se convierten en tripulantes de naves inmóviles que sólo inercialmente se desplazan.

En los últimos lustros esa ha sido la nota distintiva. Se consumen puntos de popularidad en lapsos inmediatos y se inicia la larga ruta de descalabros y desaciertos que sepultan puestos, aliados e impulsores. No es privativo de los Estados Unidos o Inglaterra; donde el primer ministro tuvo que abandonar su corto mandato o, en su momento, Barack Obama renunciar a sus proyectos bloqueado por un Congreso antagónico.

En México, los presidentes inician su gestión en medio de gran algarabía y terminan como blanco de las peores recriminaciones que los persiguen en sus obligados, reales o virtuales, destierros. El presidente Enrique Peña Nieto tuvo pocos meses para armar un ambicioso proyecto de reformas que hoy es un listado de fracasos y contrarreformas, amén de ser duramente criticado por sus manifiestas incapacidades de comunicación, dudosas formas de acumulación de bienes y un ineficiente e ineficaz gabinete integrado por amiguismos y espacio de proyectos poco transparentes y agravado con ex gobernantes locales perseguidos por la justicia para enfrentar cargos de corrupción e impunidad.

Por su parte, el Presidente Donald Trump es duramente criticado por comunicadores que con lupa observan y evalúan sus acciones y decisiones y a los que les ha declarado la guerra partiendo de argumentos subjetivos, descalificaciones, sospechas sobre las fuentes a las que se acusa de falsas, pero que son conductas que él mismo reproduce en sus fallidos intentos de defensa. Prueba de lo anterior es el ácido artículo de Thomas E. Edsall, que a mi parecer sintetiza todos los demás, publicado el pasado 30 de marzo en el New York Times titulado “Cuando el Presidente es Ignorante de su propia Ignorancia” (“When the President is Ignorant of His Own Ignorance”).

En su colaboración Edsall se pregunta preocupado si el Presidente está equipado para enfrentar una amenaza externa, una crisis económica o actos terroristas. Apunta que en los pocos días de la actual administración, el presidente ha contabilizado 317 denuncias sobre supuestas falsas noticias (5 diarias), ha recibido dolorosas derrotas en el ámbito judicial, su propuesta para rescindir el programa de Salud de Barack Obama fue desechado por un Congreso dominado por los republicanos, las correcciones a la política comercial aislacionista reciben severas críticas, sus encuentros con dirigentes mundiales muestran claroscuros y se lamentan las duras y poco amistosas consideraciones que ha tenido con los presidentes de México, de Australia y la Canciller de Alemania. No queda claro hasta donde penetró el gobierno ruso en asuntos internos que ya han representado costos para cercanos colaboradores y se reprueba la influencia desmedida de familiares en asuntos de Estado en los que sin representación formal se desempeñan comisiones de alta complejidad.

Ni que decir del anecdotario sobre los desplantes que por falta de cortesía o descuido en el protocolo se observan todos los días en la sede del gobierno o la caprichosa decisión de despreciar las instalaciones oficiales para atender asuntos de Estado desahogándolos en el lujoso espacio de sus propiedades practicando el golf, disculpándose de participar en el lanzamiento de la primera bola de la popular temporada de béisbol. Es de esperar que el próximo cinco de mayo no será ni anfitrión ni participe de la festividad mexicana que tenía lugar tradicionalmente en la Casa Blanca, medida que seguramente la comunidad hispana agradecerá.

Al final del conciso recuento de hechos representativos de un frustrante y conflictivo estilo de gobernar se experimenta un doble sentimiento; por un lado el que nace de pensar optimistamente que las cosas se pueden reordenar para encaminar la agenda hacia un proyecto de gobierno que honre las promesas de campaña de hacer un país más grande, pero no ha despecho de otras naciones y comunidades; o esperar que los siguientes mil cuatrocientos días pasen rápido y sin nada grave que lamentar.

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