Editorial

ACME

August 29, 2018

Por Francisco Barbosa

Con un nuevo acróstico –ACME, o Acuerdo Comercial México-Estado Unidos– el gobierno de Enrique Peña Nieto pretende, a través de forzada estrategia, hacernos creer que ha sido coronada con éxito la renegociación del Tratado de libre Comercio de Norteamérica (TLC) en una dimensión ganar-ganar.

Pero como en casi todo lo que emprende el peñanietismo, surgen dudas sobre el alcance de sus acciones como lo fue la construcción del tren rápido a Querétaro, el tren bala del sureste, las discutidas reformas estructurales (fiscal, energética y educativa, entre las más representativas) o las las obras inconclusas del Nuevo Aeropuerto Internacional de México. Muchos de esos temas han sido criticados en la columna, y el tiempo nos ha dado la razón. No veo razones para no pensar que el asunto del ACME vaya en la misma ruta del fiasco y la decepción.

Los comunicólogos de Peña, a través de una “exclusiva” para el consorcio Televisa (con el conductor Carlos Loret de Mola), impactaron a los medios el lunes 27 de agosto para festinar que se había logrado el entendimiento con Estados Unidos para suscribir un nuevo pacto comercial, instrumento que podrá fin a largas y complejas negociaciones para revisar, actualizar y modernizar el “supuestamente” obsoleto TLC.

El presidente de los Estados Unidos Donald Trump, desde su campaña electoral, incorporó como tema destacado de su proyecto la revisión y, en su caso, la cancelación del TLC, mecanismo que en sus apreciaciones no fue positivo para la economía estadounidense, propició la salida de inversiones y afectó negativamente el mercado laboral. Al margen de calificar la consistencia teórica y empírica de esa apreciación, los gobiernos de México y Canadá tuvieron que aceptar el mecanismo de revisión del Tratado, frente a la advertencia de que no hacerlo implicaría el abandono unilateral del tratado comercial.

El Presidente Peña, como ha reconocido, se precipitó al formular una invitación oficial para quién se desempeñaba como candidato. De tal suerte, que en el control de daños, no tuvo más alternativa que allanarse para que se estableciera el foro de revisión del tratado, sopena de que no hacerlo propiciaría represalias indeseadas. Suerte parecida tuvo que admitir el gobierno canadiense.

Los estiras y aflojas de las negociaciones se dilataron al grado de que se asumía, hasta la semana pasada, un escenario en el que no se llegaría a ningún arreglo, agravado por los tiempos político-electorales obstáculo para que los mandatarios pudieran destrabar el enredo.

El horizonte súbitamente cambio. De ser Canadá aliado interesado en una salida bilateral, pasó a enfrentar una guerra comercial caracterizada por la aplicación unilateral de aranceles.

En el otro lado, el grupo negociador de México, pieza débil de la negociación, se vio favorecido por externalidades que jugaron a su favor, particularmente el beneplácito del presidente electo de México, que permitió encontrar una salida para impulsar un nuevo esquema de gestión comercial y financiera regional.

Pero aflora una preocupación generalizada ante el hecho de que la mayoría desconocemos el contenido puntual del documento, a medida que éste se de a conocer se descubrirá si México cedió terreno en detrimento de los intereses nacionales en favor de la imagen del saliente grupo de funcionarios. Pronto lo sabremos y lo juzgaremos.

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