Commentary

Regeneración

July 12, 2018

Por Francisco Barbosa

Los primeros días de actividad, después de celebrado el proceso electoral 2018, se caracterizan por un reacomodo de las fuerzas políticas del país. El inobjetable y espectacular triunfo de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México para el periodo 2018-2024, así como haber obtenido la mayoría de las curules en las Cámaras de Diputados y Senadores le brindan la oportunidad de conformar mayorías que facilitaran la gestión de las propuestas de cambio que ofreció realizar si el voto favorecía al Movimiento de Regeneración Nacional MORENA.

De tal grado ha sido el impacto, que en los medios de comunicación ya se le asume como presidente electo, aun y cuando faltan tiempos del calendario electoral para que el proceso concluya. El 6 de septiembre es el límite que tiene los órganos para calificar la elección y designar formalmente al presidente electo, antes, el 1 de septiembre, se instala el legislativo y la toma de posesión del ejecutivo está fijada para el 1 de diciembre de 2018.

Lo anterior se explica por el impresionante número de votos recibidos, que representan casi el 53 por ciento de la votación, situación que no se observaba en los últimos cinco sexenios. El sólo pensarlo provoca el Deja-Vu de la “dictadura perfecta” con el que se caracterizó al nefasto presidencialismo mexicano.

Para los estudiosos del sistema político mexicano, se ha generado una preocupación sobre cuál podrá ser el comportamiento en la realidad del mando, de un hombre que en su discurso y en los hechos se ha caracterizado por ser impetuoso y lejano a las formas del diálogo y la concertación. Su palabra (o su dedito) como él presumía, era suficiente razón para que los eventos sucedieran como se le ocurría o convenía.

Esa manera de ser le causó la animadversión de las fuerzas políticas, principalmente de las que temen al populismo, al que se califica como responsable de las graves crisis que afectaron al país en las décadas de los años setenta y ochenta que resultaron en costosos desajustes económicos y financieros de no gratos recuerdos y de los cuales hoy todavía se están sufriendo sus consecuencias.

No existen muchas pistas para saber el alcance de los cambios propuestos por López Obrador. Es conocida su inclinación por priorizar las causas sociales, pero también su tendencia al discurso demagógico que no tiene sustento técnico y/o viabilidad económica.

Ese halo de desconfianza se ha venido expresando desde ya, con el atenuante de que las fuerzas empresariales parecen haber pactado una tregua para conocer a detalle el alcance de las medidas propuestas y poder negociar su impacto. Por lo pronto, parece que las variables macroeconómicas no se van a alterar, por el contrario, se observa estabilidad en el tipo de cambio y en los principales indicadores económicos; hasta ahora.

Además se reconoce que el gobierno del presidente Trump ha recibido con beneplácito el resultado de las elecciones en México, y de que ya se están estableciendo los canales de comunicación apropiados. El próximo viernes 13 de julio (ojala no sea cabalístico) se celebrará una reunión de trabajo entre los principales funcionarios y asesores del gobierno norteamericano y los colaboradores que el candidato triunfante ha presentado como responsables de las diferentes puestos de su gobierno, mientras que parece desactivarse la fuerte presión de las políticas anti-migratorias y se toma un respiro en las complejas negociaciones comerciales.

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