Commentary

Recta Final

June 27, 2018

Por Francisco Barbosa

El próximo domingo culmina la jornada electoral 2018 con la emisión del voto de los y las ciudadanos y ciudadanas mexicanos.

De acuerdo con estimaciones optimistas, se prevé una asidua asistencia a las urnas de 60 millones de votantes para la jornada en la que se elegirán alrededor de 4 mil candidatos para ocupar diversos puestos públicos. En la historia política de México no se tiene registro de una contratación social de tal magnitud.

A través de colaboraciones semanales dimos puntual seguimiento a las diferentes opciones políticas que “el mercado electoral” ofreció a los potenciales electores. Las que, sin mucho dudar, quedaron muy lejos de haber cumplido con el compromiso de ofrecer una confrontación inteligente de ideas y proyectos.

Todo lo contrario, por cuatro meses fuimos testigos y víctimas de una encarnada lucha llena de descalificaciones, guerra sucia, artimañas y cuanto acto lejano a la honorabilidad y el respeto que exige un proceso tan delicado y en el que se juega el destino de la nación.

Los partidos sumidos en una crisis de identidad, han perdido su sentido de orientación ideológica y se desempeñan en un cómodo espacio del centro, que ni es centro ni es nada. Simplemente, la fórmula para esquivar compromisos realistas, que en el futuro, su incumplimiento les puedan acarrear el disgusto social; el caso del PRI es patético.

Las últimas administraciones han hecho alarde y abuso de esa estrategia, escudados en la supuesta efectividad del mercado político de corte neoliberal, asumen que la técnica es la única vía para poder disparar las fuerzas del desarrollo.

Los resultados no pueden ser más frustrantes. Se iniciaron sexenios que se pintaban como innovadores y capaces y terminamos con gestiones obsoletas y rapaces. El signo de la casa fue la corrupción y la impunidad, que por más de cuatro décadas a medrado la riqueza nacional en beneficio de un pequeño grupo de mafiosos que descaradamente se aprovechan de la sus puestos para obtener enormes beneficios privados, que descaradamente presumen en sus espacios de privilegios desmedidos.

Los causantes, cautivos y desprotegidos por el apetito recaudador del gobierno, somos exprimidos en aras de un futuro maravilloso que cada vez queda más desdibujado ante una pobreza que cada día a día incorpora más integrantes. La evaluación de las autoridades se acerca a los niveles históricos más bajos, un presidencialismo cortesano protege la imagen rebuscada que cada vez se observa más torpe y desubicada. Sin entender que no entienden nada, sin honrar sus obligaciones y que en absurda reacción reclaman que no se le reconozca supuestos resultados que la terca realidad se encarga de desmentir. Cifras cosméticas son manipuladas sin recato; teórico o pragmático, frente a canonjías que todos los días se autoasignan (guaruras, vehículos, gastos, bonos, viáticos, y los no menos jugosos “moches”).

Los ejercicios demoscópicos reflejan ese desanimo. Las encuestas asignan un elevado margen de ventaja a quien ha sido el histórico encargado de denunciar esas irregularidades. Las cifras también delatan la poca confianza que los electores conceden a las extrañas fórmulas que no disimulan las componendas de los detentadores del poder. El PRIAN, que ha ejercido el poder en los últimos tres sexenios, no puede ocultarse, hasta el más ingenuo los identifica con supina claridad.

Lo delicado del asunto, es que tampoco el enemigo común tiene el plumaje limpio que festina reiteradamente, sus cercanos tienen historias tan siniestras como las del enemigo, a lo mucho la diferencia la hace los montos de los beneficios. Negocios de miles para unos y millones para otros, pero son tan malos los unos como los otros.

Quién obtenga la mayoría de los votos no deberá estar confiado si considera los graves y delicados compromisos que asume. No será nada fácil invertir la tendencia, será necesario el acompañamiento de la ciudadanía para reconstruir el tejido social tan gravemente alterado.

Serán años de mucho trabajo y sacrificios adicionales que no fácilmente se asumirán, nadie querrá cargar con ese peso. Es necesario suscribir un nuevo pacto social que sea suficientemente equitativo y que distribuya en forma pareja el esfuerzo. El riesgo es un violento resquebrajamiento de las instituciones con consecuencias impredecibles. Tarea de todos será exigir resultados y un comportamiento ejemplar y eficiente de los nuevos responsables del timón. Y, de inmediato, recluir a ratas de dos patas para que paguen los abusos infringidos.

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