Commentary

Principios

March 1, 2018

Por Francisco Barbosa

El desarrollo de las democracias es un largo camino de mejora continuada. Es una fórmula que, en el análisis de los teóricos, perfecciona la convivencia al permitir que los ciudadanos puedan convivir en espacios de libertad, respeto, igualdad y participación en las grandes decisiones de la comunidad.

Ha habido episodios en los que se han truncado ese espíritu y esa praxis que conllevan por naturaleza los procesos democráticos, en los que se han impuesto intereses de grupo que sólo buscan obtener beneficios privados e imponen, por la vía de la cooptación o de la fuerza del músculo y de las armas, medidas propias de las dictaduras.

Por eso, en las experiencias electorales a través de las cuales se realizan los relevos ordenados de los gobernantes, es el tiempo en el que los ciudadanos deben realizar, libre de presiones, el análisis cuidadoso de las opciones que se le ofrecen para decidir cuál de ellas es la que más convienen a sus intereses y los de sus familias.

La historia de México incluye 500 años de dominio externo caracterizado por la explotación y extracción de la riqueza nacional y la pérdida de los derechos de los naturales. Un siglo más de luchas internas para perfilar una nación en el cual se perdieron vidas y territorio en confrontaciones entre enemigos internos y la invasión de potencias extranjeras. Y un periodo revolucionario y posrevolucionario que, finalmente, permitió el nacimiento de instituciones políticas y económicas que hoy congregan a millones de seres en los propósitos de crear y disfrutar opciones laborales y educativas de calidad.

Pero no todo es de color de rosa, hoy vuelven a sentirse vientos de discordia que pueden traer graves consecuencias para la razonable pero endeble estabilidad política que hemos experimentado a cien años de haberse emitido la Constitución Política que rige la vida económica y social del país; se observa un desapego a los “principios” que dieron cauce a la búsqueda de la justicia social y retruena el paso de jinetes del apocalipsis que arropan inseguridad, pobreza, impunidad y corrupción al que se suma el afán de conservar el poder a toda costa.

Preocupa, en ese escenario, que los partidos políticos y sus dirigentes diseñen estrategias y tácticas de campaña a partir de la aniquilación de los adversarios y no en un prudente e inteligente espacio de confrontación de ideas y proyectos. No respetan los documentos básicos de sus franquicias: Los Estatutos, La Declaración de Principios y El Programa de Acción son letra muerta; traicionan las raíces de su existencia y para el imaginario social todos son huérfanos de ideología. Se disputan el cómodo centro de la geometría política en el que no hay riesgo que ponga en peligro su santurrona imagen de buenos samaritanos. En los extremos todos son iguales, la granja de los animales es habitada por una sola especie “los cochinos”.

Pero ante ese horizonte, y el peligro de que unos u otros cochinos nos gobiernen, hoy la ciudadanía debe elevarse de esa lodazal y manifestarse contundentemente por la opción que mejor resulte a sus intereses, alejándose de la cortina de humo que medios y redes sociales manipuladas por intereses inconfesables tratan de imponer, el de un futuro de más de lo mismo, o mejor dicho más de lo peor.

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