Commentary

Prevoto

May 3, 2018

Por Francisco Barbosa

Los instrumentos analíticos que ofrecen la teoría política y la sociología política están rebasados para poder entender el proceso electoral por el que atraviesa México con miras a la sucesión presidencial.

Las propuestas de los candidatos, las plataformas electorales de los partidos y de los independientes y los spots de campaña son, en el mejor de los casos, lugares comunes: combatir la corrupción, acabar con la impunidad, elevar los salarios, mejorar la productividad, abatir los explosivos e incontenibles índices delincuenciales. Además de prometer, ad infinitum, toda clase de mejoras materiales en rubros como el educativo, la salud, la vivienda, la ecología, la infraestructura y cuanto requerimiento se les pueda plantear; por cierto en todos ellos el país reporta índices lamentables.

La contienda electoral se dividió, para fines legales en precampañas, intercampañas y campañas propiamente dichas, de las últimas han pasado cuatro semanas y sólo observamos frases repetitivas y previsibles.

La novedad del día es la diatriba, las acusaciones sin respaldo penal (naves industriales, departamentos, moches…) y el manejo, sin escrúpulo alguno, de adjetivos que poco enaltecen al que los pronuncian y los cuales, la más de las veces, se les revierte. Es kafkiano oír al candidato del PRI acusar a sus contendientes de actos de corrupción cuando su parcela está pletórica de casos que de la manera más grotesca son encubiertos recurriendo a la marrullería y al cinismo sin par (se asombra por pesos y elude los millones desviados).

Ante el escenario descrito, la psicología y la antropología políticas se ofrecen como recurso de entendimiento y prospectiva. El sociólogo Roger Bartra, en su texto clásico “La jaula de la melancolía: identidad y metamorfosis del mexicano” construye un repertorio de ideas que pueden ilustrar sobre el cómo reaccionamos ante eventos externos en condiciones de riesgo como es, precisamente, el futuro del país a partir de quién será el titular de la próxima presidencia.

Estimulado con los hallazgos de Bartra, sugiero que se habrá una nueva categoría política a saber: “ el pre voto, el voto y el post voto”. Me explico, el pre voto es una condición de naturaleza inconsciente en la que se da por un hecho que la decisión está definida de antemano: En tiempos pasados declararse “priista” era una condición vital, era como asumirse católico o parte intrínseca del ser nacional; hoy por cierto representación muy devaluada; reconocerse priista en estos tiempos conlleva un elevado costo considerando, por lo menos, el fracaso de sus gobiernos.

Pero decirse “panista” también implica ser parte de un modelo que no ofreció resultados cuando ejerció el poder federal; de hecho fue una etapa de continuidad o del peor de lo mismo. “Perredista” es una connotación que implica estar en contra de todo reivindicando, piel hacia fuera, promesas sociales, pero en el interior incurriendo en actos que tanto reprochan a sus oponentes.

Ser “morenista” conlleva actos de fe, adorar al dirigente encarnado como el gran tlatoani. El ser maravilloso que limpiará con su varita mágica todos los males a partir de su ejemplo, y de una inquebrantable lucha histórica contra la “mafia del poder” (AMLO dixit), los que por medios fraudulentos le han conculcado el triunfo en las elecciones previas, y de los que teme que hoy también repetirán a pesar de la abrumadora simpatía y solidaridad de sus seguidores.

Respecto a los “independientes” poco que decir, su inclusión en la boleta electoral está plagada de irregularidades que su remoto triunfo desde ahora estaría empañado. Además, es imposible asumirles independencia considerando sus pasados asociados a partidos y personalidades controvertidas y descalificadas históricamente. (En nuestra próxima entrega abundaremos en el tema).

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