Commentary

Nepotismo

February 1, 2018

Por Francisco Barbosa

Es posible que para muchos adultos recordar el sexenio de José López Portillo asocie ideas como corrupción, frivolidad y, particularmente, el nepotismo.

Hasta antes de ese periodo, el nepotismo en política era un asunto marginal.

Ciertamente los poderosos siempre tratan de favorecer a sus familiares y allegados, que en un sistema monárquico es lo más normal, pero en las democracias es un tema de mal gusto que atenta contra la integridad de quienes ejercen su voto sin tomar en cuenta, en teoría, sólo los méritos del candidato sin ir más allá en el análisis de sus vínculos genéticos.

Entraríamos a una discusión de muchas aristas elaborar sobre si es bueno o malo el nepotismo. Algunos dirán que es injusto descalificar a los parientes por el simple hecho de sus relaciones biológicas; cada individuo se debe así mismo, a sus esfuerzos y a un destino que se construye día con día. Otros serán acérrimos enemigos de que los funcionarios incluyan en las nóminas del gobierno a sus hijos, hermanos, tíos. La propia constitución regula los alcances que se pueden haber en materia de negocios de gobierno respecto a familiares. Para bien o para mal, hasta el cuarto grado están impedidos para hacer negocios públicos y/o ocupar puestos públicos. Sana fórmula del legislador.

Sin embargo, López portillo se ufanó de la decisión de designar a su hijo como alto funcionario sin ninguna experiencia ni mérito propio.

“El orgullo de su nepotismo” colocó a sus hermanas en puestos en las que medraron de los presupuestos públicos y significaron años en la cárcel al Ing. Jorge Díaz Serrano, Director General de Pemex que siguiendo “ordenes superiores¨ adquirió a sobre precios embarcaciones que ni siquiera podían navegar en litorales mexicanos.

El escarnio aplicado a López Portillo fue inclemente, recibió del público los peores epítetos, su casa se bautizó como la “Colina del Perro”, generoso regalo de uno de sus colaboradores preferidos, y en si momento asociado a las prácticas más descaradas de los negocios públicos para fines privados. Los hijos tuvieron, para colmo, que pagar el costo de ser incluidos en el desprestigio y la ignominia, insultados y señalados. López no se imaginó los demonios que engendró.

Los presidentes que lo sucedieron fueron más recatados y buscaron que sus familiares y amigos estuvieran alejados de los reflectores públicos e inclusive los alejaron de puestos públicos. Los hijos de Salinas de Gortari siguieron carreras propias en campos en los que por sus propios méritos han destacado.

Hacia delante todo iba bien en las instituciones hasta que otro personaje de malos recuerdos llevó la presidencia al absurdo de autocalificar el ejercicio más importante del país se realizaba a través de la “pareja presidencial”. Y por su parte los hijos adoptados cometían toda clase de tropelías. También han pagado muy caro su osadía.

Pero como nunca todo es suficiente, el día de hoy renace con fuerza el apetito de agandallarse puestos públicos en la lógica de los cachorros revolución.

La diferencia es que hoy son cachorros de “papi”, personajes desprestigiados que sin el menor recato chantajean para que sus hijos ocupen las mismas sillas que ellos como singulares virreyes. En varias gubernaturas están instalados juniors que sin mérito o esfuerzo están siguiendo las viciadas prácticas de sus descalificados procreadores.

Es tiempo de que la ciudadanía cobre con su mejor recurso, el voto, esa afrenta a la democracia por el bien de las familias y el futuro de sus hijos, que deben estar en posibilidades de desarrollar sus carreras y oportunidades de sus hijos en igualdad de condiciones.

Es ahora o nunca.

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