Commentary

Los Impuestos

May 12, 2017

Por Francisco Barbosa

A mediados de los 90s irrumpió una nueva teoría organizacional ante el fracaso de las propuestas de las escuelas de administración que comentábamos en nuestra entrega pasada.

Michael Hammer proponía realizar en las empresas un ejercicio de “Reingeniería de Procesos BPR”, de lo que se trataba era tomar distancia de todas las corrientes anteriores (taylorianismo, recursos humanos, modelo burocrático, temas de gerencia, mercadotecnia…) y empezar de cero.

Hammer y su asociado James Champy incorporaron conceptos de la biología, la psicología y la sociología para estudiar a las organizaciones, públicas y privadas, considerándolas como seres vivos y dinámicos; el primero de ellos era aplicar la metanoia, es decir, borrar de la mente todos los conocimientos anteriores, partir de cero una especie de “delete” en materia computacional.

Los ya nombrados proponían iniciar con una hoja en blanco y a partir de ese punto revisar todos los espacios de la estructura identificando sólo aquellas actividades realmente aportadoras de beneficios medibles y observables que deberían subsistir; todas las demás deberían eliminarse en forma drástica, inmediata y completa. Quitarse el sobrepeso en que se incurre con los organigramas tradicionales llenos de puestos improductivos.

El entusiasmo que provocó ese enfoque influyó de tal forma que prácticamente todas las compañías contrataron consultores para ese fin. Lo sorprendente fue que la gran mayoría fracaso en el intento de cambio, los resultados fueron contraproducentes ya que se habían hecho modificaciones y ya no era posible regresar en el tiempo con el consecuente costo que este esfuerzo representó.

En la actualidad, los gobiernos parecen haber entrado en una ruta similar proponiendo en su oferta electoral realizar cambios profundos en la manera en la que se hacen las cosas, lo cual es correcto porque las estructuras burocráticas no se han modernizado. Pero los resultados de las reformas no están resultando operativas porque al igual que años atrás con Hammer, no reconocieron las limitantes que frenan esos objetivos.

Algunos académicos consideran que hay una especie de rechazo natural al cambio, le llaman autopoiesis lo que significa que antes de las reformas debería realizarse una transformación cultural para que estas puedan prosperar. Sin ese componente las cosas siempre tenderán a regresar a su cauce natural. El riesgo está en que si no se prepara el ambiente para introducir el cambio, el organismo social lo rechazara, inclusive con violencia. En algunos países se observa ese panorama cosa de ver lo que acontece en Venezuela donde el empecinamiento del dictador provoca la revuelta y el colapso institucional; un país con enormes riquezas que se debate en la guerra civil y la desobediencia ciudadana.

Entonces, es más que una obligación que los gobernantes realicen ese diagnóstico antes de iniciar proyectos que tarde que temprano van ha ser rechazados por quienes inclusive hoy son sus seguidores y quienes no estarán dispuestos a sacrificar sus espacios de confort ante la incertidumbre de que las nuevas políticas no estén debidamente analizadas por más que sean necesarias o no exista las posibilidad de mantenerlas por sus obvias deficiencias. Es ahí donde la política adquiere el grado de arte en el alcanzar lo imposible; los clásicos lo llamaban sabiduría, hoy lamentablemente muy escasa.

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