Commentary

La Migración II

May 25, 2017

Por Francisco Barbosa

Las migraciones humanas permiten entender la evolución de los sistemas socioeconómicos y son fuente de información para construir políticas públicas y privadas que permitan enfrentar los retos del crecimiento y encaminar nuevas promociones que permitan, si son aplicadas con conocimiento e inteligencia, oportunidades de escalar nuevos niveles en la ruta de un desarrollo armónico y dinámico.

Es conocido que las migraciones en América provinieron en la antigüedad de Asia, cruzaron por el estrecho de Bering y se instalaron en todo el continente americano, preferentemente en las zonas costeras del océano Pacífico, desde Alaska hasta Tierra del Fuego.

En la zona de California hay evidencias de establecimientos prehistóricos que dispusieron con herramientas elementales de recursos naturales en forma organizada y exitosa . En su momento, Fray Junípero Serra, fundador de la Alta California, logró coordinar esfuerzos para trazar el corredor San Diego-San Francisco, el más importante en cuanto a productividad y generación de riqueza.

La región de Mesoamérica, donde hoy está establecida la República Mexicana, también fue una zona de gran atracción demográfica gracias a su clima templado y abundante vegetación.

Fueron notables las culturas, Azteca, Maya e Inca, que desarrollaron verdaderos emporios de riqueza y construyeron fabulosas ciudades como Teotihuacán, Chichén Itzá y Tulum, o Machu Picchu, donde hoy se pueden observar sus fantásticos vestigios. La llegada de los españoles modificó hábitos y costumbres privilegiando la explotación y apropiación de recursos minerales y reduciendo la población nativa sometida a una virtual esclavitud.

Quinientos años de prevalencia ibérica dejaron una huella que aún perdura y que cada día se hace más insostenible. En efecto, las regiones centrales están sobrepobladas y ahora son fuente de expulsión de sus habitantes los que en búsqueda de mejores oportunidades se han desplazado hacia el norte en donde hay una economía más desarrollada y relativamente mejor calidad de vida.

Esos flujos no han sido tradicionalmente bien recibidos y los mecanismos de protección se han exacerbado al grado de que hoy se manifiestan medidas de rechazo cada vez más agresivas e intolerantes a pesar de los beneficios que representan para su mercado interno y laboral.

Ante ese escenario, se impone revisar los desvíos y replantear estrategias de acción que privilegien la permanencia en los lugares de origen o el poblamiento en zonas de difícil acceso. En los primeros es ineludible establecer medidas que contengan el crecimiento desordenado; la región metropolitana de la ciudad de México es un desastre ecológico que pone en riesgo la salud de la población ahí asentada, su planta industrial es obsoleta y está saturada y no son funcionales las cadenas comerciales en donde el producto original recorre miles de kilómetros para comercializarse y otros similares para su consumo final como en el caso del atún; esas formas de comercialización son antieconómicas e implican un gran desperdicio de tiempo y dinero.

La solución comienza en el rediseño de las prácticas de comercialización descentralizándolas para fomentar el consumo local, promover la relocalización de las industrias en zonas que estén más cerca de los centros de consumo como el de las ciudades fronterizas del norte del país a las que es necesario modernizarles su infraestructura física y estimular el desarrollo de centros educativos de alto nivel tecnológico.

El gobierno ha priorizado el apoyo a las zonas marginadas –o deprimidas- del sureste, que si bien necesitan ser apoyadas, lo cierto es que deben serlo en un modelo integrado favoreciendo la interconexión de los sistemas de producción y aprovechamiento de recursos naturales, pero no en un esquema de mutuas excepciones bajo el absurdo criterio de “a uno sí y pero al otro no”, sino a través de prácticas de cooperación y alianzas estratégicas que hoy están siendo promovidas a favor de quienes sólo buscan utilidades pírricas en la construcción de infraestructura que sólo benefician al desarrollador y/o al especulador, y en la aplicación de medidas fiscales desiguales que benefician a unos en detrimento de los demás. Eso sólo se traduce en marginación y desarrollo inequitativo.

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