Commentary

La Ciudadanía

September 29, 2017

Por Francisco Barbosa

Frente al teclado experimentó un cúmulo de emociones, en los últimos días el tema que concentra la atención de los lectores de noticias son los violentos fenómenos naturales que han marcado este singular año. Terribles huracanes y movimientos telúricos que no tienen referencias en los últimos tiempos.

No hay prácticamente ningún articulista que no haya reflexionado sobre el particular, es imposible cerrar los ojos ante la tragedia que empieza en uno mismo ante el reconocimiento de la vulnerabilidad personal.

Empiezo esta colaboración mencionando que yo mismo viví momentos angustiantes ante el fenómeno del inesperado movimiento telúrico que se vivo en México la semana pasada -09-19-. Me encontraba dictando una conferencia en una cercana ciudad a la capital de Toluca en el Estado de México.

Elaboraba sobre la “Participación Ciudadana y la Transparencia”, cuando en el auditorio que albergaba a 300 jóvenes estudiantes nos sorprendió el inesperado movimiento del piso, lugar que unas horas antes había sido espacio para realizar un simulacro precisamente sobre las acciones a tomar en caso de un temblor como el experimentado 32 años antes.

Pero por más que seamos previsores, no es posible tener el control ante un evento del que se desconoce su origen, alcance y consecuencias previsibles. Lo más sorprendente era que en esa zona no se tenía memoria de una situación similar. Todo era nuevo.

Los rostros asombrados evidenciaban confusión, en lo inmediato, la familia surgía como el centro de las preocupaciones. Se accionaban los dispositivos digitales para tratar de indagar cómo se encontraban los seres queridos: hijos, padres, hermanos, abuelos, amigos todos. El punto era decidir en qué momento y hacia donde nos deberíamos movilizar. La pregunta latente era especular cómo podrían estar los demás, que habría más allá de las montañas que nos separaban del enorme Valle de México, región sísmica y en la que se mantiene en el imaginario social la experiencia traumática del gran terremoto de 1985 que recién se recordaba.

Ha pasado un poco más de una semana y no terminan las escenas de destrucción que los medios difunden en horarios extendidos. Edificios colapsados, víctimas atrapadas, tiempos futuros de costosa reconstrucción. Y a todo esto, autoridades pasmadas que vuelve a ser rebasadas por la sociedad frente a sus torpezas e ineficiencias.

Es inaceptable la incompetencia y frivolidad de los gobernantes que a lo que más atinan es a entorpecer el trabajo de miles de voluntarios. Un presidente y su corte de maquillados colaboradores que buscan un retrato que los muestre supuestamente solidarios ante la evidencias de su fracaso e irresponsabilidad. Sabemos que la corrupción está detrás de cada desgracia: licencias de construcción apócrifas, desviación de recursos, falta de mantenimiento, indiferencia, carencia de planes y protocolos de contingencia.

Pero, para fortuna, ha nacido una nueva generación de ciudadanos comprometidos; la generación del 17 y del #FuerzaMexico, miles de jóvenes que despertaron del anonimato y han logrado experimentar los beneficios de la sinergia y la resiliencia. La esperanza del cambio para México.

Es tiempo de rehacer, es tiempo de reconstruir, es tiempo de repensar un México justo, honrado, de sumas y nuevos y mejores valores. Es tiempo de desplazar a los mediocres, demagogos y cínicos gobernantes. Es el tiempo de un México nuevo y floreciente, esa es la consigna, esa es la tarea. Vamos juntos.

Generar información pública es una de las grandes conquistas de la democracia. El gobernante no puede, ni debe, actuar sin ofrecer reportes a través de los cuales puede ser evaluada su gestión. Por mucho tiempo la discrecionalidad fue divisa de gobernantes autoritarios que tomaban decisiones sin tomar en cuenta a los gobernados y, menos aun, se preocupaban por dejar evidencia de su labor excepto para realizar eventos majestuosos de autoelogio ante auditorios controlados y complacientes.

En México, es obligación constitucional presentar cada año, el primero de septiembre, un informe puntual a la nación en el que se deja evidencia objetiva de lo realizado. En los siguientes días se realiza una “glosa” de su contenido por parte de los legisladores quienes pueden recibir información complementaria y, en su caso, emitir recomendaciones o sancionar desvíos e irregularidades.

Por lo menos esa fue la intención del legislador, pero los hechos han dejado mucho que desear. En efecto, desde fines del siglo pasado las comparecencias del Ejecutivo en lo que se llego a llamar el “día de Presidente” empezaron ha ser escenario de disputas y desencuentros con las oposiciones.

El reclamo de un legislador combativo como lo fue Porfirio Muñoz Ledo en el ultimo informe del Presidente Miguel de Lamadrid cambio el paradigma y dio motivo a que gradualmente ese momento fuera perdiendo sentido. Se paso de la lambisconería a la falta de respeto y confrontación física y verbal. El presidente Carlos Salinas, en una descortesía verbal dejo en el imaginario social aquel “…ni nos veo ni los oigo…”. El Informe Presidencial dejo de tener razón de ser en toda la extensión de la palabra; ni era terso ni acto de rendición de cuentas.

Las cosas se descompusieron tanto que el recinto parlamentario era campo de batallas entre los partidos quienes se disputaban la tribuna en las tomas de posesión y en las ceremonias de entrega del Informe presidencial y la lectura del mensaje del primer mandatario. Vicente Fox fue impedido inclusive a ingresar al recinto del Congreso; no era persona grata.

En el afán de evitar una imagen de conflicto institucional se optó por una medida alternativa. El Informe presidencial lo entrega el Secretario de Gobernación en la oficialía de partes del Congreso en un acto de perfil estrictamente burocrático. Por su parte, el Presidente se reúne en sedes alternas con un grupo reducido y controlado de invitados a quienes lee algunas cuartillas que lejos de ser informe autocrítico, es una compendio de autoalabanzas. El auditorio se manifiesta complacido y los medios de comunicación oficial difunden una imagen maquillada de armonía.

El próximo primero de septiembre de 2017, el Ejecutivo presenta su Quinto Informe de Gobierno y al día siguiente el mensaje oficial. Paralelamente se ha instrumentado una costosa campaña mediática de realizaciones y logros que inundan el tiempo de las emisiones. Lo cierto es que es el momento de arranque de la lucha por la sucesión, amén de que el poder del presidente entrará en una fase de deterioro gradual.

A lo anterior se suma un escenario de crisis considerando las difíciles relaciones y temas de controversia con el actual gobierno norteamericano, las cuentas negativas de las finanzas públicas y el ambiente enrarecido por muchos frentes abiertos de critica por actos de corrupción, ineficiencias, inseguridad y desviaciones que dejan mucho que desear de la actual administración. Estaremos muy atentos al contenido del informe para evaluar lo realizado, su consistencia así como los escenarios futuros que de su contenido puedan desprenderse.

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