Commentary

INFORME I

September 7, 2017

Por Francisco Barbosa

En un ambiente enrarecido por una gradual descomposición a la que ha estado sometida una figura presidencial con los menores índices históricos de popularidad, un Congreso dividido en facciones que protegen intereses de grupo en lugar de principios y programas, un equipo de trabajo confrontado por la inminente sucesión y correspondiente selección de candidato del partido en el poder, y una ciudadanía enfadada y crítica sobre el desempeño de sus autoridades, el fin de semana fue entregado el penúltimo Informe de Gobierno presidencial y la consabida ceremonia de lectura del mensaje a la nación.

El acto de entrega del informe, formato de por si muy desgastado, se vio ensombrecido por una crisis sin precedentes en el poder legislativo, en el que la oposición combate la decisión de que el actual Procurador General se convierta, en forma automática, en el nuevo Fiscal de la nación por un periodo de nueve años, y por esa razón bloquean la toma de posesión de la nueva mesa directiva del Congreso y consecuentemente la imposibilita para recibir el texto de manos del Secretario de Gobernación quién encomendó la tarea en un funcionario de menor jerarquía.

Como los primeros años, la lectura del mensaje del presidente se remitió a un formato en el que sólo un grupo afín y controlado de simpatizantes como son los principales empresarios del país beneficiarios de sustanciosos contratos de inversión pública, la alta burocracia y representantes seleccionados de la sociedad civil, se reúnen para que en un espacio sin crítica el presidente lea un listado de supuestas realizaciones sin el menor asomo de autocrítica y en la búsqueda del fácil y zalamero aplauso; los medios de comunicación difunden el evento ante un desinterés generalizado de la población.

De cualquier manera, es importante analizar las expresiones y reflexiones del Presidente y, en su momento, profundizar sistemáticamente en el contenido del Informe para tener una más clara idea del estado que guardan los asuntos de la nación; esa será la tarea que nos aprestamos a realizar en las próximas entregas, en espera de que se despejen también las incógnitas relativas a la contienda electoral que en breve dará inicio.

Como tema inicial el Presidente elaboró sobre el tema de la pobreza, una de las grandes deudas de los gobiernos de la república y un capítulo que requiere de la mayor atención dadas las enormes desigualdades que se registran en el país. Desde el movimiento de la Revolución hace mas de cien años, la deuda con el México de los desamparados es el gran pasivo de los gobiernos, no hay ninguno que no haya enarbolado en sus discursos la bandera de su defensa y su superación, pero pasan las administraciones y lejos de disminuir las cifras de pobreza estás cada vez se elevan más y se alejan de la posibilidad de cerrar la brecha social.

En estos días hay tantos pobres como la población total de México al terminar la Segunda Guerra Mundial. En el discurso los gobernantes anteponen la política social a cualquier otro objetivo, pero en los hechos es sólo un recurso demagógico sin ninguna efectividad. Las acciones contra la pobreza no hay ido más allá de intentos fallidos de reivindicación e interés coyuntural de tiempos electorales que se prestan para canalizar, en el mejor de los casos, recursos marginales para los votantes potenciales y en el peor de ellos son fuente de riqueza mal habida para los promotores electorales.

Es momento de exigir definiciones y compromisos claros en la materia, así como la construcción de una verdadera política de desarrollo social que sea paso sólido para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos de manera integral y sustentable.

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