Commentary

El Balance

December 21, 2017

Por Francisco Barbosa

En la recta final del año 2017, los sentimientos que se experimentan, como ejercicio saludable de reflexión se inclinan, naturalmente, hacia los aspectos que pusieron en riesgo diferentes aspectos de la vida individual, familiar y comunitaria.

Recordando los sucesos de corte estrictamente personal, fue para las grandes mayorías un tiempo de dolorosas pruebas. Los fenómenos naturales que se registraron lo largo del año superaron índices de gravedad históricamente registrados.

Graves inundaciones afectaron enormes extensiones territoriales en los cinco continentes, pero en especial en la cercana costa del Pacífico de Norteamérica y del Caribe. Igual en Texas como en Florida, Cuba, Puerto Rico e islas menores del Caribe, casi de la mano tres huracanes, Irma Harvey María se concatenaron para sumar, amen de la pérdida irreparable de vidas humanas y enormes destrozos materiales que tardaran muchos años en poder mitigarse.

Tierra adentro, la naturaleza también se ensañó a través de movimientos telúricos de intensidad no recordada en tiempos recientes.

La Ciudad de México y un enorme corredor geográfico se colapsó con sendos terremotos en el mes de septiembre, coincidiendo en fecha con aquellos de fausta memoria de la década de los años ochenta.

Ante estas catástrofes, la solidaridad humana dio muestra de su entereza y permitió restaurar, a partir de la desgracia, los afectos y muy olvidados sentimientos de hermandad.

Como una mano poderosa, la población se aprestó al rescate del prójimo, y ahora, a una lastimosa y burocrática reconstrucción que evidencian la grave responsabilidad de gobernantes que han incumplido con sus funciones, y acaso son responsables directos de los saldos de gravedad y abandonó en los que por años han incurrido, ya por el descuido en el mantenimiento de las grandes urbes, ya por propiciar la anarquía de su crecimiento.

Más en el terreno de la esquizofrenia social de los tiempos modernos, irrumpieron en el escenario mentes desquiciadas que sin razón aparente, y aprovechándose de la laxitud de las leyes que regulan la venta de armas que fueron utilizadas a diestra y siniestra contra seres indefensos, dejan en luto a millares de familias.También el siempre inexplicable e injustificado terrorismo se apersonó en todas las geografías, en donde fanáticos desquiciados, usando medios de uso generalizado, atropellaron y causaron la muerte a inocentes cuyo único pecado fue estar en el lugar y el momento equivocado.

A todo esto, los gobernantes se empeñan en crear ambientes de intranquilidad incorporando medidas extremas en contra de comunidades desvalidas, principalmente migrantes que deambulan por el mundo en búsqueda de mejores oportunidades de vida, o en el extremo, protegerse de la persecución inclemente de grupos extremistas alimentados por el sentimiento de violencia endémica y dogmática.

El balance, desafortunadamente no es favorable. Es probable que tarden mucho en sanar las heridas. Pero en el marco de la tragedia, el ser humano siempre ha logrado sobreponerse a los malos tiempos, y con valentía y confianza emprende nuevos derroteros que le permitan construir y lograr armonizarse con la naturaleza y sus congéneres.

Seguro que todos estaremos animados por hacer efectiva esa posibilidad, que también implica responsabilidad, y que con el calor de las fiestas de fin de año, se trace una esperanza que permita mejorar, integralmente, la convivencia al tiempo de que los creadores del caos se vean finalmente rebasados y relevados de sus encargos que en mucho han dejado de honrar.

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