Commentary

Deja Vu

December 7, 2017

Por Francisco Barbosa

Pareciera que estamos embarcados en un regreso forzado al pasado.

Las nuevas-viejas formas de la política reveladas con la imagen desafortunada y cargada de cinismo “de la liturgia”, practicada por un partido controlado verticalmente que lejos de servir a todos por igual no toma prudente distancia del poder institucional y, por el contrario, se encuentra penetrado hasta la médula por una dirigencia que no ofrece programas y proyectos y que evidencia falta total de capacidades para fortalecer principios e ideología. La reverencia y genuflexión es marca de lealtad exacerbada para practicar el nefasto culto a la personalidad.

Ofreciendo una imagen aparentemente nueva, desintoxicada y distanciada del mal que acarrea la corrupción y la impunidad de la cual no se pueden desprender, busca la camarilla mantenerse en el poder del que se ha servido para amasar fortunas insospechadas; basta repasar la lista de ex gobernadores que enfrentan procedimientos judiciales con la seguridad mafiosa de que no serán incautados sus bienes mal habidos; y que tras breve y protegido enjuiciamiento podrán disfrutarlos por varias generaciones. Cosa de revisar el caso de los que con mejor suerte y habilidad han construido emporios y gozan de falsa fama pública.

Pero cabe la esperanza de que la historia pueda ser reeditada (historia contrafactual) como sucedió en el auge de la generación de los cachorros de la revolución, cuando emergió una ilustre figura que restituyó la fe en las instituciones. En efecto, cuando se instauró la fórmula de los tapados, que no es otra cosa que buscar a través del engaño político alcanzar el soñado poder transexenal. El personaje en cuestión no se sometió al superior designio e instauró una presidencia austera, serena, objetiva, nacionalista y constructiva. Mucho se le debe a Don Adolfo Ruiz Cortines haber rescatado a la nación de las manos de los devoradoras de presupuestos y prebendas ilimitadas.

Es prematuro saber de qué calibre serán las campañas políticas que se avecinan. Pero por lo pronto se advierte que la animadversión de los unos con los otros tocará fronteras riesgosas, con posibilidad de que se desborden los ánimos. No parece haber recato ni prudencia, a una semana de abrirse las cartas y quedando pendiente sólo acomodos marginales, parece que estamos en un escenario de escaramuzas en las que lo único cierto es la voluntad de desprestigiar al adversario con todo clase de artimañas, ejecutadas a la perfección a través de medios y plumas que se venden al mejor postor.

Queda la esperanza de que el pueblo se decida a responder, y con mesura, pero también con energía, obligue a que los políticos ventilen sus verdaderas intenciones y delineen el país que buscan construir, así como los compromisos específicos que asumen para su efectiva realización. El voto no sólo es la mejor arma para lograrlo, sino también la fuerza de cambio que es necesario impulsar; hay mucho que perder.

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