September 30, 2005

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Ricardo J. Galarza

Katrina y Rita: La Historia Continúa

Ya lo advertíamos el año pasado desde esta columna, en el recuento de los daños causados por los huracanes Charley, Frances e Iván, que dejaron pérdidas de 24 mil millones de dólares y un saldo de 88 muertos en tan sólo cuatro semanas.

Hoy, después de los 1.000 muertos, de las miles de tragedias, las casas destruidas, los cientos de miles de millones de dólares en pérdidas, los 200 mil desempleados, las vidas y los sueños destrozados por Ka-trina y Rita, lo volvemos a repetir: urgen políticas de contención en el sur de Estados Unidos —así como ambientales— para reducir el impacto de los huracanes.

Todavía no hemos visto todo en ese sentido: tal como adelantáramos el año pasado, estos defasajes en las temporadas de huracanes obedecen a los cambios en el clima global, y según los científicos, se intensificarán aún más en los próximos años.

Si no se instrumentan las políticas de prevención y contención necesarias desde ahora, el año que viene serán 2 mil los muertos.

Y todavía ni siquiera ha finalizado la temporada este año, quedan casi dos meses; hasta los meteorólogos se están quedando sin nombres para los huracanes. Les quedan cuatro, y si hay más, habrán de recurrir al alfabeto griego. Pero crucemos los dedos para que ya no haya; si no, el dilema de los meteorólogos va a ser lo de menos.

La respuesta del gobierno, más allá de lo tardía, de lo ineficiente e inadecuada, sigue sin prever a largo plazo. Y en lugar de poner todo el empeño en solucionar el problema, pareciera que lo que más preocupara fuera la crisis de relaciones públicas por la que atraviesa.

El colmo en ese sentido lo representó el ex director de FEMA, Michael Brown, aquel al que, después de los destrozos de Katrina y de su increíble desidia para hacer frente a la emergencia, el presidente Bush le dijo: “¡Brownie, estás haciendo un trabajo estupendo!”.

El martes, Brown, quien continúa como asesor de FEMA y cobrando la totalidad de su sueldo, compareció ante una comisión de la Cámara de Representantes y se dedicó a culpar a los demócratas y a la prensa de su propia negligencia. Algo que en cualquier parte resultaría inadmisible; pero en la Cámara Baja —lugar poco dado a la fuerza de la razón, sino más bien viceversa—, se lo dejó expo-ner a discreción.

El supuesto experto en respuestas de emergencia, que se quedó sin respuestas ante la emergencia, le echó el fardo a la gobernadora de Louisiana, Kathleen Babineaux, y al alcalde de Nueva Orleáns, Ray Nagin, ambos demócratas, mientras que elogió las medidas tomadas en los estados de Mississippi y Alabama, donde los gobernadores son republi-canos.

Y en cuanto a su nula experiencia en situaciones de emergencia, eso simplemente, dijo, fueron “acusaciones falsas y difamatorias” por parte de la prensa. Así nomás.

Y para rematar, se congratuló, haciéndose eco de la poco feliz frase de su jefe: “Yo creo que estoy haciendo un muy buen trabajo”, soltó, sin que se le notara siquiera un rubor.

Este tipo de actitudes no contribuyen a solucionar, mucho menos a prever, desastres naturales, y es una actitud que ha caracterizado a esta administración desde el primer día, para no mencionar las faltas de tino y torpezas, como la de la madre del presidente, Bárbara Bush, para quien el Astrodome de Houston es el paraíso de los pobres.

Si este gobierno no estaba preparado para hacer frente a la emergencia, fue simplemente porque no quiso, los avisos y las señales fueron harto anunciadas.

¿Cuánto hacía que se venía hablando de la urgencia de reparar los diques en Nueva Orleáns? Los mismos diques que el huracán arrasó. Pero Bush decidió cortarle los fondos a la reparación. Se trataba de unos pocos millones de dólares, sin embargo el presidente prefirió continuar gastando cientos de miles de millones en su aventura iraquí, que pronto alcanzará la friolera de 300 mil millones de dólares, la más cara de la historia.

La última semana un artículo en primera plana de The Washington Post titulaba: “Katrina despierta dudas en los votantes sobre Bush” y seguía, diciendo que los norteamericanos ahora se cuestionan sus gastos en Iraq.

¿Recién se lo cuestionan? Si en realidad es así —tan sutil como lo describe el Post, y no hay verdadera indignación, como de hecho se constata—, sin duda es un poco tarde.

Para lo que no es del todo tarde, sin embargo, es para tomar las medidas que se requieren en todo el sur para hacer frente a los desastres naturales, y para abandonar las políticas tributarias, belicistas y de otra índole que tienen a la superpotencia sumida en los niveles sociales más bajos, los que comparte con los países menos desarrollados del mundo, algo que también fue puesto en evidencia por la furia de Katrina.

La pobreza ya araña el 13 por ciento en todo el país; y en estados como Louisiana, llega al 20 por ciento. No hay excusas para eso, y si le sumamos los 45 millones de personas sin cobertura médica, el panorama ya es desolador.

Entonces, es cierto, no es tarde, pero las probabilidades de que la administración Bush actúe en ese sentido, no deberían despertarnos muchas expectativas.

Hegel decía que la única lección de la historia es que nunca nadie aprende las lecciones de la historia. Y este gobierno parece decidido a convertirse en el más palmario ejemplo de ello.

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