September 24, 2004

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Ricardo J. Galarza

Charley, Frances e Iván: los tres nombres de la destrucción

Esta ha sido la peor temporada de huracanes en los estados del sudeste norteamericano en más de cuatro décadas. Primero fue Charley, en agosto, seguido de Frances, a principios de septiembre, y por último Iván, a mediados del mismo mes, el más devastador de los tres y de hecho el más potente de la historia después de Floyd, que en 1999 golpeó la Florida con fuerza arrolladora.

Pero Iván y sus dos predecesores en esta temporada han sido los que han causado mayores daños económicos en la región y han arrojado mayor número de víctimas. Las pérdidas por estos tres huracanes se calculan en un total de 24 mil millones de dólares, con un saldo de 88 muertos sólo en Estados Unidos.

Para miles de damnificados (muchos de ellos latinos) en los Estados de la Florida, Alabama, Georgia y Carolina del Norte, esos 37 días resultaron una verdadera tragedia, habiendo perdido sus casas y debiendo enterrar a seres queridos, sin encontrar una explicación a sus desgracias, debiendo conformarse con la mera resignación a los raptos de la madre naturaleza.

Quizás el gobernador de la Florida, Jeb Bush, haya resumido el sentir de la población en una sola frase: “Es triste, no entiendo muy bien por qué hemos sufrido esta racha interminable de tormentas. Sólo nos queda aceptarlas”.

Según los científicos, este desfasaje en la temporada de huracanes se debió a los cambios en el clima global, y estiman que se intensificarán aún más en los próximos años.

En realidad, en este caso, el problema no fue tanto la intensidad (a pesar de que estos tres huracanes han estado entre los más fuertes de la historia), sino la frecuencia con que se produjeron, todos golpeando en un período de cinco semanas.

Después de todo, Floyd —históricamente el más intenso— no causó tanto daño a la propiedad como Iván, ya que cuando éste arribó a las costas de la Florida, con sus vientos de 130 millas por hora, enormes extensiones de tierra ya estaban empapadas tras las recientes incursiones de Charley y Frances, lo que allanó el camino para que Iván arrasara con todo a su paso.

Iván golpeó con particular furia en las costas de la Florida y Alabama, destruyendo casas, edificios, negocios, hoteles y dando vuelta embarcaciones en las conocidas colonias de vacaciones de Gulf Shores y Orange Beach, asolando Pensacola y la reconocida meca del spring break, Panama City, en la Florida.

He ahí la segunda razón de tanta destrucción: el hecho de que en los últimos años se ha construido a un ritmo vertiginoso y las costas de ambos estados han crecido en forma sin precedentes. En otras palabras, los huracanes ahora producen mayor destrucción porque tienen más para destruir.

En la actualidad, se estima que 13 millones de personas viven en las costas de la Florida, un tercio de las cuales se ha mudado allí en la útlima década. El boom de la construcción ha significado para los huracanes el boom de la destrucción. Sólo con los daños causados por Charley y Frances, las agencias federales llenaron más de medio millón de camiones con escombros.

No menos perjudiciales han resultado las inundaciones causadas por estos huracanes, que se extendieron a otros estados. Algunos condados en el norte de Georgia todavía están inundados, incluso algunas zonas de Atlanta. Pero las peores inundaciones se registraron en Carolina del Norte, donde los huracanes dejaron un saldo de por lo menos ocho muertes.

El viernes 17 de septiembre, nueve tornados despedidos por Iván llegaron a Virginia, obligando al gobernador del estado, Mark Warner, a declarar el estado de emergencia, pero afortunadamente los daños no pasaron a mayores.

El domingo 19, el presidente Bush visitó a los sobrevivientes del huracán en la Florida y Alabama. Una de las observaciones que hizo el presidente a su paso por Pensacola es lo que más ha llamado la atención en estos días de todos aquellos que han seguido con detenimiento la tragedia de los huracanes: “Lo más increíble de estas ca-tástrofes —dijo Bush— es ver cómo luchan los norteamericanos para imponerse ante la adversidad”.

Y tiene razón, es algo que llama poderosamente la atención en EE.UU. siempre que sucede una tragedia de este tipo; y que se hizo ostensible durante y después de los atentados del 11 de septiembre. Pero a juzgar por lo que dicen los científicos —sobre el calentamiento global y su incidencia en los huracanes— en el futuro podría no alcanzar con eso.

Resulta indispensable, ahora más que nunca, diseñar políticas ambientales seguras y de conciencia para procurar evitar estas catástrofes naturales en la mayor medida de lo posible. Algo que hasta ahora no parece haber sido prioridad en esta administración.           

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