September 19, 2003

Crónica de un 16 de Septiembre

Por Mariana Martinez

15 de Septiembre. Es lunes y las calles vacías; dicen que hoy no hubo clases.

Los niños en sus casas disfrutan de las caricaturas y los video-juegos, mientras a la distancia se escucha a una banda de guerra ensayando. Las mamás arreglan con cuidado los últimos detalles de los disfraces de este año y dejan el fusil de cartón y los bigotes junto a los trajes típicos, la falda ancha y las trenzas de estambre.


Desfile del 16 de Septiembre en Tijuana.

Al llegar la noche, estrellada y clara, millones de mexicanos salen a las calles a “dar el grito” caminando entre puestos de comida, juegos de feria, música de banda y fuegos artificiales, se olvidan por un momento de la falta de empleo y seguridad que aqueja a este país.

El Día de la Independencia mucha gente se viste de trajes típicos y familias enteras disfrutan de jugar lotería o subir a los juegos mecánicos. Es la fecha en que las muchachas se arreglan para salir y caminan por entre los puestos, buscando la atención de aquel muchacho, que con suerte las invitará a bailar.

Esta fecha también es usada por los vendedores ambulantes para tener mayores ingresos vendiendo banderas de todos los tamaños, cornetas con los colores patrios y sombreros. Desde Agosto hacen su pedido al centro del país, y en cuanto empieza septiembre se adueñan de las esquinas y los parques ofreciendo un pedazo de patriotismo: desde pequeñas banderitas para las ventanas del carro hasta pesadas banderas para los techos de las casas, los precios van de 3 pesos hasta 120 pesos las más grandes y resistentes.

En Tijuana se dice que las mejores banderas siempre son las del parque Teniente Guerrero, en la calle tercera, pero la ciudad ha crecido tanto que las personas se van acostumbrando a comprar las banderas cerca de sus casas o lugares de trabajo. También se venden banderas con la imagen de la Virgen de Guadalupe, parte de la identidad patriótica de este país.

A medianoche el festejo empieza a decaer y las luces del último carrusel se apagan, hasta mañana.

16 de Septiembre. Las familias desde temprano se levantan a arreglar a los niños. Tienen que estar a las nueve de la mañana disfrazados para el desfile y lentamente las calles se visten de pequeños revolucionarios con su traje de manta y sombreros, con “adelitas” vestidas de colores vivos y “chinas poblanas” con sus pesados trajes de lentejuelas.

El murmullo infantil llena las calles y las maestras apenas pueden contenerlo.

También están las escuelas que portando uniforme, marchando firmes —han ensayado por semanas— siguiendo a su banda de guerra y más allá, las preparatorias con sus porristas y gimnastas haciendo marometas bajo el sol ardiente.

Los padres toman fotos fascinados con sus pequeños, montados en carros alegóricos:

¡Sonríe Marcelita! Arréglate las trenzas

¯Niños, manden un beso a sus abuelitos...

Enrique siéntate derecho y saluda a la gente.

El desfile termina al mediodía. En el parque México los esperan los tacos, raspados, “tontilocos” y los cascarones de huevo con harina, que por 5 pesos te dan el gusto de rompérselo a alguien en la cabeza por pura travesura.

Los niños cansados disfrutan de la sombra: perdieron el sombrero y su bigote desapareció hace mucho; a las niñas se les rompió el vestido y tienen mucho calor, pero no hay nada más sabroso que un boli de limón; no hay nada que un 16 de septiembre no pueda arreglar.

Al caer la tarde en el océano, solo quedan cientos de papeles de colores sobre el asfalto y un barrendero amargado porque, otra vez, fue Día de la Independencia.

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