September 16, 2005

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Ricardo J. Galarza

Cuatro años, sin comerla ni beberla

Schopenhauer decía que “el destino mezcla las cartas y nosotros jugamos”. No debe haber ejemplo más claro de ésta sentencia que lo que les ha tocado en suerte a los inmigrantes indocumentados en los últimos cuatro años.

Antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, todo parecía indicar que marchaban con paso seguro hacia su tan ansiada legalización en éste país.

El presidente de México, Vicente Fox, entonces en excelentes relaciones con la Casa Blanca, presionaba al presidente Bush por un acuerdo migratorio, del que el mandatario norteamericano, lejos de renegar, parecía dispuesto a firmar.

El 5 de septiembre de 2001, tan solo seis días antes de los atentados, Fox —recibido con bombos y platillos en la Rosaleda de la Casa Blanca— decía parado frente a Bush y ante millones de ojos expectantes a ambos lados del Río Bravo: “Presidente, podemos y debemos firmar un acuerdo migratorio este mismo año”. El tejano asentía en silencio, mientras la iba a buscar al fondo de la red.

El acto de arrojo de Fox (de esas muestras de valor en las que, a veces, sorpresivamente suele incurrir el mandatario mexicano, y no estoy hablando de sus torpezas) tomó por sorpresa a la comunidad inmigrante.

El hecho era inédito; el mensaje, claro. Por primera vez, un presidente de México se paraba en la Casa Blanca, agasajado en una visita de Estado, y pedía a los cuatro vientos por los suyos. Y pedía, poniendo plazos. Más sorprendente aún, su anfitrión no decía nada; y como dice el viejo adagio, el que calla, otorga.

El campo parecía fértil entonces para una pronta legalización.

El resto es historia conocida: los dos Jumbos de American Airlines estrellándose contra las Torres Gemelas, la masacre, el desconcierto, los miedos, la desconfianza y, por último, las medidas prontas de seguridad.

“El día en que cambió el mundo”, tituló por entonces el prestigioso semanario inglés The Economist. Y para nadie debe haber sido tan cierto eso como para los inmigrantes indocumentados.

De un día para el otro, todo se transformó: el proyecto de un acuerdo migratorio se archivó indefinidamente, Bush cambió el “conservadurismo compasivo” por una fuerte agenda de seguridad, la doctrina Powell por la guerra preventiva de los halcones en su administración, y la República por el Imperio, al mejor estilo de Octavio Augusto, pero con una tecnología armamentística jamás soñada por el romano.

Luego, la invasión a Iraq —a la que México se opuso en el Consejo de Seguridad de la ONU— tensó aún más las relaciones bilaterales; y las esperanzas de un acuerdo migratorio comenzaron a derrumbarse como un castillo de naipes.

Recientemente, la narcoviolencia en la frontera ha echado más leña al fuego y propició los decretos del estado de emergencia en los estados fronterizos de Arizona y Nuevo México, además del cierre del consulado de Estados Unidos en Nuevo Laredo.

Luego, los consabidos dimes y diretes y los señalamientos: las declaraciones del embajador Tony Garza en el sentido de que el cierre del consulado obedecía a un castigo al gobierno de México por el caos en la frontera, el reclamo del presidente Fox a Washington por su tolerancia, fronteras adentro, del mayor mercado del mundo de consumo de drogas y lavado de dinero y la nota de protesta de la Cancillería mexicana condenando las palabras y la actitud de Garza.

Estas recientes escaramuzas no han hecho sino alejar para siempre la exigua posibilidad que restaba de lograr un acuerdo migratorio durante el gobierno de Fox; y muy probablemente, durante los pró-ximos dos años del segundo mandato de Bush.

En cuanto al terrorismo, no resiste el menor análisis: no es un tema que deba atarse al migratorio, mucho menos para criminalizar la inmigración indocumentada, como han tratado de hacer algunos legisladores antiinmigrantes.

Y en lo que toca al narcotráfico, le asiste al mandatario mexicano, al menos, parte de la razón: sin duda, es un tema de oferta y demanda. Mientras haya demanda, habrá oferta, ley básica e inquebrantable de cualquier mercado, sea éste lícito o no.

Pero por sobre todas las cosas, es un tema que tienen que atacar ambos gobiernos. Más allá de las rencillas, a uno y otro lado de la frontera, los gobiernos deben asumir su cuota de responsabilidad y ponerse a trabajar en detener la violencia y frenar el tráfico de drogas hacia EE.UU.

Mientras no lo hagan y se sigan señalando con el dedo, no va a haber paz en la frontera; y los indocumentados seguirán pagando los platos rotos en otro entuerto en el que no tienen nada que ver, sin comerla ni beberla.

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