September 9, 2005

Tragedia en los Estados Unidos

Por Jorge Gómez Barata
Altercom

De tanto hablar de los peregrinos del Mayflower, del Té en Boston, de Filadelfia, lugar donde se firmó la Declaración de Independencia en 1776 y la Constitución en 1778, y de Nueva York, sitio en que George Washington fue investido como primer presidente de los Estados Unidos y hogar de la estatua de la Libertad, los norteamericanos parecían haber olvidado que parte de su historia comenzó por el Sur.

Precisamente la costa que mira al Golfo de México y a las Antillas, la más próxima a la zona por donde tuvo lugar el descubrimiento de América y comenzó la colonización del Nuevo Mundo, el sur norteamericano, de La Florida a Nueva Orleáns, es hoy escenario de una inenarrable tragedia, por ello ocasión propicia para recordar que es más sólido lo que nos une que aquello que nos separa.   

Tanto en Estados Unidos como en Cuba, raras veces se menciona el hecho de que hubo una época en que La Florida y Cuba, virtualmente constituían una misma entidad política, formaban parte de la misma diócesis, la de Santiago de Cuba y estaban bajo la custodia del mismo obispo.

San Agustín de la Florida, fundada en 1565 por españoles al mando de Pedro Menéndez de Avilés, Capitán General de Cuba y Adelantado en La Florida, fue la primera ciudad establecida en Norteamérica y su fundador, el autor del primer mapa de las costas de Cuba y Florida, que entonces figuraban bajo un mismo color.

La más querida de las leyendas habaneras, recrea la sufrida espera de Doña Isabel de Bobadilla, una especie de Penélope nuestra que envejeció mirando al mar en espera del regreso de su amado esposo, Hernando de Soto, que había partido a explorar La Florida, empresa que se prolongó durante tres años, durante los cuales recorrió las Carolinas, Alabama y en 1541 descubrió el Mississippi, que en definitiva fue su tumba.

En memoria del amor de Isabel, los habaneros levantaron sobre la cúpula del Casillo de la Real Fuerza, en un tiempo el más alto edificio de la capital cubana, una bellísima estatua llamada «La Giraldilla».

Por ser la tierra norteamericana más próxima a Cuba, en ese sur de los Estados Unidos, hoy devastado por un inclemente huracán, encontraron refugio cientos de patriotas cubanos que marcharon al exilio, luego de que en 1778 se firmara el pacto del Zanjón que selló una episódica derrota de las armas independentistas. Allí quedaron sus familias cuando en 1895, convocados por Martí, que recorrió aquellas tierras, volvieron a la lucha.

Todavía se recuerdan los vívidos relatos de las fecundas, aunque duras y a veces amargas jornadas de Martí en Cayo Hueso, Tampa, Nueva Orleáns y Atlanta, ciudades sureñas en las que predicó su ideario independentista, realizó reuniones organizativas, publicó artículos y crónicas, conspiró, sufrió duros desengaños  y vivió la emoción de recibir el apoyo para su causa.

Del sur norteamericano aprendimos con las lecturas juveniles de Mark Twain quien nos llevó con Tom Sawyer por el Mississippi, más tarde cuando quisimos saber de Monroe, que antes de habitar la Casa Blanca y  fundar su nefasta doctrina, fue embajador en  Francia y uno de los negociadores de la compra de Louisiana.

De Louisiana aprendimos cuando nos aproximamos al benemérito de América, Benito Juárez que vivió como exiliado en Nueva Orleáns y cuando fuimos subyugados por los compases del Jazz, típicamente sureño y genuinamente universal.

De ese sur le criticamos la ignominia de la esclavitud y del racismo que todavía es uno de los baldones de Norteamerica.

Hoy no se trata de nada de eso, sino de acompañarlos en su dolor y solidarizarnos con su tragedia, con la seguridad de que los mejores rasgos del pueblo de los Estados Unidos y la sensibilidad de sus autoridades, harán del empeño por socorrer a las víctimas una de aquellas hombradas que hicieron grandes a los Estados Unidos.

Ignoro si Nueva Orleáns recuperará algún día su exquisito aire afrancesado, pero no tengo dudas de que ella y su pueblo, el único lugar de los Estados Unidos donde hay todavía criollos.

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