October 31, 2003

Propaganda politiquera

Cineastas cruzan la delgada línea entre adulación y comentario

Por Jose Daniel Bort

Cuando se aprecia el documental Irlandes “La revolu-ción no será televisada” (Vitagraph Films), sobre los sucesos que obligaron al presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, a abandonar el poder por tres días durante abril del 2002, se puede comparar fácilmente a sus autores, Kim Bartley y Donnacha O’Brien, con Leni Riefensthal.

La cineasta alemana es acusada con los primeros films de “propaganda política” sobre la Alemania de Hitler. En “The triumph of the will” (1935) y “Olympia” (1936), Riefensthal documentó las bondades del régimen Nazi y presenta a Hitler como el salvador del pueblo Alemán. El innegable talento de la cineasta y el valor artístico de sus películas tan solo aumentaron la ironía en los temas que trataban: la supremacía Aria en el deporte, la sociedad y la política.

Chavez no es Hitler, pero si ha dividido a Venezuela en dos. Sus políticas no están destinadas a limpiar étnicamente a Venezuela (lo que sería un completo oxymoron) pero su programa de cambio social lo ha convertido en el enemigo de la clase media, la cual ha visto decaer drásticamente su calidad de vida. Su llamada “revolución” polariza a la población, hasta el punto de protagonizar una masacre que terminó con las vidas de miembros de ambos bandos, dejando al país al borde de una guerra civil.

Estos son los sucesos narrados en el documental de Bartley y O’Brien, que abre en selectos teatros esta semana. En él se centra la figura de Chávez como el “salvador” de las clases populares, genuinamente interesado en brindar una sociedad más justa para los venezolanos.

Sin embargo, en entrevista exclusiva hecha por este diario a los cineastas via email, los cineastas tienen otra visión del mandatario. “Es difícil valorar las cosas desde la distancia, pero parece cierto que Venezuela se ha polarizado. El margen para el entendimiento y el compromiso entre las clases media, quienes en su mayoría están en contra de Chávez, y la trabajadora, que apoya el programa de cambio del presidente, es cada vez mayor. Creemos que uno de los grandes logros de la administración de Chávez es el proceso de reforma democrática, que culminó con la nueva versión votada por el pueblo en 1999”, dijeron O’Brien y Bartley.

Pareciera que hubiese una sola Venezuela en el documental irlandés. Hordas de simpatizantes al gobierno lanzándose en armas para defender al presidente. Lo que no muestran los cineastas (o es ridiculizado en entrevistas a unos petulantes preservadores del status quo, altamente preocupados por la infiltración de información a través de domésticas en las casas pudientes), es la otra parte de Venezuela, disgustada y oprimida ante las medidas totalitarias de Chavez, quien disolvió el Congreso, apuntó su propia Corte Suprema de Justicia y ha fomentado viciosamente el nepotismo de su pequeño círculo de allegados. Todo esto está convenientemente eliminado de la discusión.

El otro punto focal de “La revolución...” es la denuncia de un “golpe de estado” que los medios de comunicación dieron al transmitir imágenes de la masacre del 11 de abril de 2002. Incesantemente la television expuso las imagenes de personas allegadas al gobierno que dispararon en contra de la multitud desarmada, con varios muertos como resultado. Los documentalistas acusan a los medios de manipular la información y para ello muestran el otro lado de la calle, que supuestamente estaba vacío.

Históricamente, los medios de comunicación venezolanos han servido como la verdadera oposición a los gobiernos existentes. No solamente a Chavez, pero con todos los presidentes venezolanos del tiempo de la democracia, la prensa televisiva ha sido el barómetro del descontento de los venezolanos, más eficientes que las mismas fuerzas opositoras de los partidos de oposición.

En este documental, esta prensa pertenece a los intereses generales del minúsculo grupo pudiente que intenta desesperadamente aplacar las intenciones de Chavez por una sociedad más justa. Lo que no menciona el documental es el abuso de poder del mandatario, quien llamaba a cadena nacional y daba discursos adoctrinantes y seudopropagandistas, en los que alardeaba de sus aspiraciones de continuar en el poder por todo el tiempo que él quisiese y que estaban inspirados en el otro mandatario del Caribe que no ha abandonado el poder por más de cuarenta años: Fidel Castro.

“La revolución...” está brillantemente editado, con imágenes sumamente fuertes de la violencia en las calles. Si bien es cierto que Chavez es el presidente electo de Venezuela y su legitimidad nunca ha estado en duda, el completo y absoluto fallo del mandatario en lograr el consenso general en la sociedad venezolana es la causa de todos sus problemas actuales. Desde la perspectiva de Bartley y O’Brien, se ve a Chavez luchando contra un enemigo incierto, fantasma, confabulado junto a unos generales descarriados que decidieron tomar la justicia por su cuenta. La historia ha demostrado que esta no fue la realidad.

El documental también destaca algunos de los aciertos de Chávez, como la toma de conciencia política de la clase popular venezolana y su poder en el voto. Cualquiera que hayan sido las posiciones personales en referencia al reciente “recall” en California, la posibilidad de ejercitar este derecho en latinoamérica es una realidad que suena muy bien en el papel, pero su ejercicio crea una mayor confusión y desarraigo.

Lo más maravilloso que se puede apreciar en “La revolución...”, más allá de las posiciones políticas que se elijan, es la completa y absoluta vitalidad del bravo pueblo venezolano. Cualquier latinoamericano se puede identificar con la necesidad de justicia, con las ganas de mejorar la calidad de vida, con las lecciones cívicas maravillosas que este proceso ha dejado en todos los venezolanos.

Al final, Chavez no es el factor determinante de la division de Venezuela. Las verdaderas diferencias entre los venezolanos están entre aquellos que han perdido la esperanza, y los que se aferran a ella. Ambos existen en las diferentes posiciones del espectro político, y O’Brien y Bartley perdieron la maravillosa oportunidad de contar una de las historias más significativas de Latinoamérica, sus lecciones de democracia. La historia decidirá si su trabajo los acerca a aquella cineasta propagandista politiquera alemana, Leni Riefenstahl.

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