October 25, 2002

Celebración del “Día de Muertos”

Por: Paco Zavala

Por lo que se sabe a la fecha el mexicano siempre se ha burlado de la muerte, de mil maneras lo hace, se “pitorrea” de su existencia y de lo que haga o signifique, para el mexicano es un símbolo de burla.

Desde tiempos inmemoriales el enigma del nacimiento y de la muerte ha ocupado un lugar muy especial en el pensamiento del hombre. La historia universal registra en su devenir el misterio del orígen y del fín, estos han sido interpretados de tan diversas maneras como culturas han existido y existen en la actualidad.

En la República mexicana el Día de Muertos es, sobre todo una celebración a la memoria, los rituales en los diversos sitios del país reafirman lo sagrado, lo religioso y lo popular.

La memoria significa el tiempo de regreso, las almas de los desaparecidos regresan del más allá a convivir con sus familiares. Este importante ritual de las ánimas que visitan al ente viviente es un acto vivencial que privilegia los recuerdos sobre el polvo y el olvido.

En México existe por lo menos desde hace más de de tres mil quinientos años un culto muy especial y elaborado para los muertos. Los descubrimientos nos indican que los entierros de esa época eran acompañados con gran cantidad de objetos cerámicos, máscaras, vajillas y otros objetos que nos traen una idea de las representaciones más antiguas de la muerte. Ejemplo de este hecho es que de Tlatilco proviene una máscara de barro que nos habla de la importancia vital que era para el hombre prehispánico la vida y la muerte.

La representación dual de la vida y la muerte la encontramos al final del periodo clásico y es en Oaxaca en donde se muestra con mayor profusión la representación de la muerte.

Los Mexicas, durante la hegemonía eran considerados como el “Pueblo de la muerte” porque su filosofía acerca del tema de la muerte lo encontramos plasmado en muchos de sus poemas. Para el poeta Mexica la vida no es más que un momento pasajero, la muerte es una especie de despertar del sueño presente, para más tarde internarse en el mundo de los muertos y del que se puede retornar al mundo de los vivos o permanecer para siempre en el más allá.

Suponían los antiguos Mexicas que existían “Nueve Planos” o “Dimensiones” extendidos bajo la tierra y ahí permanecían los muertos, es importante hacer notar que el destino final de cada individuo estaba determinado por el género de muerte con el que se abandonaba la vida. Ejemplo de esto es: los que morían sacrificados o perecían en combate, se convertirían en acompañantes del sol, al igual que las mujeres muertas en el parto. Los que morían ahogados o de enfermedades hídricas iban al Tlalocan o Paraíso de Tlaloc. Los niños al morir eran considerados como joyas, por ello después de muertos permanecían como residentes en la Casa de Tonacatecuhtli, alimentados por el chichihua-cuauhco o árbol nodriza. Los Mexicas tenían dos formas de tratar a sus muertos según el tipo de fallecimiento: Uno era la cremación y otro el entierro o sepulcro.

En el calendario Mexica existían dos meses los cuales eran dedicados a las festividades que se organizaban para los muertos. El primero de ellos era el noveno, o mes de las fiestas de los muertitos; el segundo o décimo mes se dedicaba a los muertos grandes o adultos o gran fiesta de los difuntos, fiestas en las que se sacrificaban a un gran número de hombres, lo que daba a esta celebración gran solemnidad o relevancia.

En la época colonial con los movimientos de la conquista española, en el siglo XVI, se introdujo a México el terror a la muerte y al infierno, que estos eran los rescoldos y vestigios medievales, elementos principales que manejó el cristianismo que se divulgaron a partir de ese tiempo.

Durante esta época la muerte se representa por medio de un esqueleto en diferentes posturas portando en la mano derecha una guadaña; de esto da reseña una obra destacada de este tiempo “El triunfo de la muerte”, pintura que actualmente se encuentra en el Museo del Virreinato.

En el Siglo XVIII la muerte deja de ser y representa algo terrorífico, para pasar a la representación como una figura de ballet o como un personaje amable. Ahora bien, en el tiempo de las piras funerarias (Era de la Inquisición), en el arte popular existe un recuerdo en el Museo de la Ciudad de Toluca.

Ya para finales del siglo XIX y principios del siglo XX José Guadalupe Posada maestro de grabado, reanimó el culto a la muerte dándole un toque humorístico.

Por esta época también surgen diversas revistas en las que se publican los famosos versos conocidos actualmente como “Calaveras” que ridiculizan a los personajes del gobierno, artistas o alguna notabilidad.

Como se percibe la muerte en la actualidad y muy a pesar de los avances tecnológicos, invadidos como estamos de viajes espaciales, de satélites artificiales, de otros importantes descubrimientos, nosotros los mexicanos continuamnos ofrendando a la muerte y a los muertos, si bien es cierto que nos encontramos angustiados y a veces temerosos ante la perspectiva de morir como todo ser humano, porque sabemos que este es un momento que a todos nos llegará, nosotros los mexicanos nos diferenciamos de otras culturas porque transformamos a la muerte en algo muy familiar y cotidiano. Se relaja y se juega con la muerte, se le componen obras musicales, ponemos su nombre en diferentes áreas, pero a pesar de ese juego y de esa burla, se le respeta con una devoción que se manifiesta de diversas formas y maneras. Tal vez una de ellas y quizá la más importante es la celebración de “Día de Muertos”.

La festividad de Día de Muertos, consiste básicamente en dos rituales: Una de ellas son las ofrendas que cada habitante pone en su lugar con los elementos tradicionales y los propios de cada región y la otra es la ceremonia que se realiza en cada tumba el día 2 de noviembre.

En México se tiene la creencia que en estos días los difuntos regresan del más allá para visitar a sus parientes que se han quedado en la tierra, por lo que los individuos que viven los esperan alegres, acompañados de música y de todo aquello que al difunto le gustaba en la vida. Del panteón a la casa se marcan senderos con pétalos de flores que indican a las ánimas el camino hasta el altar que se ha erigido en el hogar en donde ellos se alimentarán con los olores de las ofrendas ahí depositadas por los residentes del hogar. Después del 2 de noviembre se invita a los parientes y amigos a “levantar a los muertos” y a tomar la comida como invitados.

En algunos pueblos de la Huasteca Potosina, se levantan en los hogares altares construídos de palmas, ramas y flores naturales (Cenpazuchitl) y de papel; este altar es colocado en la sala de la residencia de que se trate.

Las familias hornean panecillos del tamaño de las galletas a los que les nombran “Chihiliques”. El día 1ro de noviembre es el día de los niños o “Angelitos” y estos salen a las calles gritando: ¡Chichiliques! ¡Chichiliques! y los residentes los atienden y les obsequian los panecillos, tamales, atole, chocolate, refresco, aguas de frutas naturales, en fín este es un día de fiesta. El día 2 de Noviembre, es el “Día de los Santos Difuntos” y en este día se han preparado unos tamales tan grandes como una hoja de plátano que se hornean a vapor en hornos de dimensiones colosales y los hornos están hechos de ladrillo y de barro y están colocados en el patio de la casa. En estos hornos los tamales de referencia que se llaman “Zacahuiles” y que están hechos de pollo, gallina o de carne de res o de puerco, permanecen toda la noche con el horno debidamente sellado de sus puertas y ya como a las 5 de la madrugada se empieza a percibir el olor agradable del zacahuil y los pobladores de la casa se levantan a esa hora a sacar el zacahuil y si ya les apetece lo desayunan. Esta es una tradición muy popular en estas tierras.

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