October 18, 2002

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Yamel Catacora

Ante el terror interno

Las palabras del Presidente George W. Bush repercutían en las cadenas acostumbradas cuando debe dirigirse a la nación. “Nos rehusamos a vivir con miedo”, recalcaba el primer mandatario, justificando la posibilidad de un futuro ataque a Irak. Pero mientras Bush intentaba transportar a la opinión pública fuera de los márgenes del país, cruzando el atlántico y un par de mares, al lugar donde según él y su administración, se origina el miedo del pueblo de los Estados Unidos,  este  ya se había apoderado del área metropolitana de Washington.

“El francotirador del camión blanco”.  Eso era lo único claro sobre el drama que se vivía en el área y el que en cierta forma opacaba la importancia del mensaje del Presidente. Eran escasos los datos que la policía del condado de Montgomery en el estado de Maryland podía hacer públicos acerca del “sniper” que había cobrado la vida de cinco personas y herido a dos; ya que no contaba con pistas concretas. El terror estremeció a las zonas aledañas, y al país cuando un adolescente que se dirigía a la escuela, recibió uno de los viles disparos convirtiéndose en una de las desafortunadas víctimas.

Claro está. El país entero a partir del 11 de Septiembre, se ha concientizado sobre el significado del terror; y aunque esa palabra repele, los certeros balazos al azar del pistolero anónimo, han hecho más que ilustrar el terror. El terror de una guerra doméstica que deberíamos librar antes de trasladar los tanques y las tropas fuera de sus confines.

Generalmente se da la situación que cuando nos preocupamos demasiado en lo que pasa afuera, tendemos a ignorar lo que está ocurriendo dentro. Como lo hemos vivido hace un año y poco, es cierto que el terror puede venir de afuera, y es importante, justificable e inevitable cerrar bien las puertas  y evitar que por alguna zanja se filtre algún terrorista y haga de las suyas. Pero tampoco podemos poner toda nuestra energía en el exterior; especialmente cuando sabemos que los problemas en casa son drásticos. Una decena de balaceras escolares, otros tiroteos a cargo de, por lo general sicópatas, los varios casos de “asesinos en serie”, la fascinación por la violencia de la sociedad. El derecho de portar armas que, a pesar del refuerzo de las regulaciones, todavía hace posible que literalmente, cualquier persona, porte un arma. Así las armas llegan a las manos de niños, de adolescentes, de adultos, de enfermos mentales, de sicópatas entre otros.

Aunque instituciones como el NRA o la Asociación Nacional del Rifle, se obstinan en proteger la segunda enmienda de nuestra constitución, “El derecho del pueblo de mantener y portar armas...”, a través de información que separa, según ellos a los “mitos”, de la realidad de las armas. Esos “mitos” o  “fábulas”, como indican la información en español en su página en la red del internet, son la opinión general que las armas de fuego causan más daño que beneficio a la sociedad.

Aunque pueda parecer un razonamiento bastante simplista, las armas tienen una función, una finalidad, que puede resumirse en una palabra, eliminar. Matar, en otras palabras. No quiere decir que quien porte un arma sea un criminal —de eso la Constitución ya nos ha absuelto— pero sí nos acerca más a la fatalidad de un accidente.

“Las armas nos protegen”, “el tiro es un deporte”, “la caza es un deporte”, son comentarios que decoran y ponen en un pedestal a las armas. Las armas son también las que fascinan a los niños a través de los juguetes y de los video juegos. Las armas son las que crean los estallidos más aplaudidos de Hollywood.

Pero cuando las armas de fuego matan a un ser querido, a un vecino, a un coterráneo, a alguien de nuestra comunidad; cuando la bala de un rifle hiere a una niño que podía ser uno de los nuestros, es cuando sentimos el escalofrío que se convierte en el pavor de la fragilidad. El acceso a esas armas mortales, a las armas de fuego es lo que está engendrando el terror de nuestros días. Ojalá pudiéramos resolver estos problemas internos, antes de embarcarnos en solucionar los males de otras tierras.

Envíe sus comentarios a columna@hrn.org.

Return to the Frontpage