October 17, 2003

Comentario

El coraje popular en Bolivia

Por: Humberto Caspa, Ph.D.

“Ya murieron tres niños el día de ayer, y no sé cuantos más dejarán de existir hoy y durante el enfrentamiento del ejército contra el pueblo”. Estas fueron las palabras enfáticas de mi hermana Julia, enfermera del Hospital del Niño en la ciudad de La Paz, consternada por no recibir tanques de oxígeno y otros medicamentos necesarios, los cuales precisamente se encontraban en el Alto, localizada a diez kilómetros de la ciudad de La Paz.

El enfrentamiento de los grupos manifestantes de El Alto con el cuerpo de las Fuerzas Armadas ha sido virulento, estrepitoso, dejando un centenar de víctimas, entre niños y personas adultas de todas las edades. La mayoría son civiles, de los estratos sociales pobres y de etnia indígena. Coincidentemente es la misma la población que, a través de los años y especialmente durante los dos ciclos de Sánchez de Lozada, fueron rezagándose paulatinamente debido a una política económica neoliberal, voraz, dirigida desde los foros financieros internacionales y de la mano del gobierno norteamericano.

La cuestión del gas, que impulsó a la población boliviana a conjuntarse y manifestarse, fue simplemente el detonante político de un proceso entero de liquidación de las fuentes económicas de Bolivia. El gas que tenía que ser vendido a los Estados Unidos y México a través de un gasoducto que supuestamente iba a pasar por Chile, ménesis histórica de los bolivianos, fue el último descalabro insolente que Sánchez de Lozada pensaba propiciar al pueblo boliviano. La población resistió el embate, a pesar de que el gobierno le puso en el paredón del fusilamiento. La reacción de la gente en las ciudades más importantes del país fue simplemente una maniobra de sobrevivencia natural. Es que Sánchez de Lozada, quién todavía entiende mejor Inglés que Español, no se da cuenta que al pueblo, su gobierno ya le arrebató todos sus bienes materiales. Le dejó con su coraje, su orgullo y nada más.

Durante la primera gestión las políticas económicas de Sánchez de Lozada, que sus economistas inocentemente le llamaron “Capitalización”, Bolivia liquidó más del 90% de los bienes materiales, entre industrias y capital de servicio, a los sectores privados del país. La idea, en sí, de cambio estructural y de modelo económico, no fue de su gobierno, aunque él paradójicamente se jacte de ese cometido, sino, más bien, de las exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI) y, por ende, de los Estados Unidos.

Las políticas de apertura de mercados, privatización de las empresas para-estatales, adelgazamiento del aparato burocrático, devaluación, fueron consignas del FMI. A todas ellas, Sánchez de Lozada las acató fielmente, incluyendo el hecho de traspasar el monopolio público a monopolio privado, en vez de ceder los recursos nacionales, como racionalmente debería ser, a diversas entidades del sector privado. Lo anterior para crear competencia, trabajos y sobretodo lealtad ciudadana. Ni eso pudo hacer. ¡Qué falta de lógica económica!

Las consecuencias de su política las vemos ahora. Primero, la apertura de mercados prácticamente liquidó la industria incipiente de Bolivia. La privatización y el adelgazamiento del aparato estatal dejó un millar de trabajadores sin empleo, quienes junto a los de la pequeña industria, pertenecían a los rangos medios del país, normalmente el motor de cualquier economía nacional. De los desempleados, muy pocos fueron absorbidos por del esquema neoliberal del presente gobierno, la mayoría buscó fuentes de sobrevivencia en el sector informal, manejando taxis, vendiendo cigarrillos en las calles o artefactos de uso doméstico importados; algunos emigraron a los Estados Unidos, a la Argentina y últimamente a España; otros se dedicaron a negocios ilícitos del contrabando así como al prebendalismo privado; y los más afectados se insertaron en la delincuencia organizada, el narcotráfico, la prostitución y otras fuentes patológicas sociales dañinas.

No es sorprendente, entonces, que los recientes indicadores económicos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) reflejan un panorama desalentador en Bolivia. El desempleo creció de 3.1% en 1994 a 8.7% en 2002; la pobreza continúa de picada, entre el año 2001 y 2002 aumento 1.1%, es decir 62% de los bolivianos vive en la pobreza actualmente, de los cuales muchos están ya adscritos en los parámetros de condiciones indigentes. Asimismo, el crimen que es producto directo de la pobreza, no hay que medirlo, sino hay que verlo en las calles de La Paz para creerlo.

Por consiguiente, el movimiento social que acosa al gobierno de Sánchez de Lozada es resultado de su propio trabajo. No se vale, como él señala cotidianamente, culparle al pueblo por el despojo que han creado sus políticas de mercado. Los bolivianos nos merecemos algo mejor; a un presidente que contenga el embate neoliberal y le ponga un alto, a través de políticas económicas mixtas de mercado y estatales. Es tiempo que los dirigentes políticos escuchen al pueblo y le hagan caso a sus peticiones. Es menester ponerle un tapón a los alaridos de las instituciones financieras mundiales, y empezar un periodo flexible de políticas económicas alternativas que beneficien a las mayorías bolivianas.

Humberto Caspa, Ph.D., de nacionalidad Boliviana-Aymara, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Estatal de Fullerton.

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