October 12, 2001

Colón El Libertador

Germán Arciniegas

de la Academia Colombiana

de la Lengua

Lo de América y el 12 de octubre constituye un cambio tan radical en la vida académica que el nombre que mejor cuadra a Cristóbal Colón es el de Libertador. Hasta 1492, Europa vivió enclaustrada por siglos en un encierro de principios. Su vida intelectual se reducía a extremos de tal estrechez que es difícil comprenderla en nuestro tiempo. En la primera edición de la enciclopedia se recuerda el caso del obispo que consulta al Papa Zacarías sobre un fraile, Virgilio, que predicaba hablando de la existencia de las Antípodas, contrariando las enseñanzas de San Agustín. El Papa le contestó: "Cerciórese; primero, si es cierta la información llamando al fraile; si se confirma la noticia, pídale que se retracte. Si se retracta no hay problema. Pero si no lo hace e insiste en el error, excomúlguelo".

La Europa anterior a Colón no tenía por debajo y se acababa para cualquier universitario de Bolonia, París, Londres ó Varsovia, a poco navegar mar adentro del Estrecho de Gibraltar hacia Occidente. Académicamente, el mundo era hasta donde lo vió Platón. El padre de la filosofía inventó la Atlántida en la otra orilla del Atlántico, la adornó con todas las bellezas de la república justa e ideal. Cuando la tuvo acabada, la hundió en el terremoto y maremoto mejor descrito de todas las novelas. En esta forma le puso límite tenebroso al viejo Mundo y cerró el camino que por veinte o treinta siglos no hubo marino que se atreviera a transitar.

Colón, al unir los dos hemisferios, le devuelva la vida al que estaba envuelto en una noche de siglos. Lo que descubre el genovés es la otra mitad de la Tierra. Hasta 1492 la Tierra podía, si esférica, tener la otra mitad perdida. La que se conocía, sin conocerse del todo, amontonaba tres continentes que no estaban completamente separados. Europa, Asia y Africa formaban una inmensa aglomeración de tierras. Entre Europa y Asia la separación no era de agua. Quinientos años llevaba Europa de saber la existencia de China y Japón sin haber dado un paso en el sentido de apropiárselos para instalar la civilización cristiana y desalojar al Gran Khan. Lo que va a ocurrir con América no tiene antecedentes. Colón, en el primer viaje, llega a un archipiélago del Japón y lo encuentra abandonado a su suerte sin que en esas islas aparezca la mano del Emperador. Ni la seda, ni el mármol, ni el té, ni los camellos llegan a sus puertos; ni hay puertos, ni mandarines, ni kimonos, ni el tráfico fabuloso descrito por Marco Polo. Las tres carabelas de Castilla llegan a tierras que fácilmente pueden dominar los cristianos. Y lo que se ofrece a la imaginación de la gente más pobre del Viejo Mundo es una tierra donde podrían instalar casa propia y salir de la miseria a que los tiene sometidos un régimen medieval en los campos y en Sevilla el poder de la burguesía forastera. Es el primer caso en la Historia del Viejo Mundo en que a un viaje de exploración de noventa españoles dirigidos por un extranjero se sigue el de mil doscientos que en diecisiete naves van a iniciar lo que a la vuelta de diez años ya se llama la creación de un Nuevo Mundo.

Tomando en su conjunto el fenómeno de los quinientos años de América desde el punto de vista europeo, es como un desprendimiento de Europa, en que se rompe una familia que nunca se había desunido, para trasladarse al continente que anunció Vespucci a los diez años del viaje de Colón como el hallazo del siglo que comienza y que señala como el Nuevo Mundo.

En esta ilusión del Nuevo Mundo lo que va a provocar la más grande aventura de todos los tiempos. Una aventura que nace de la parte desheredada de las naciones europeas movidas por la ilusión de mejorar su suerte y liberarse de los fanatismos que en europa hacían imposible la vida a quienes no participaban de los dogmas oficiales. El éxodo es, ante todo, de la gente sin tierra, sin fortuna. El que está bien instalado porque es noble, goza de los privilegios de la nobleza, no va a arriesgarse en una aventura con indios salvajes. Salen los infelices, que son la mayoría. Los primeros, los españoles.

La aventura era para ellos, aventura condenada por las Academias que retenían la Ciencia de los tiempos anteriores, empezando por el dogma nacido de la novela de Platón. Hay que insitir en que el primer tropiezo que se opuso a la primera audacia, la de Colón, fue originado en los dos diálogos finales de los libros del griego: El Critias y el Timeo. Platón, en su afán por hacer la crítica de la sociedad política ateniense, elaboró en América la república que hundió en el lodo. Y ¿quién vino a mostrar que el mar tenebroso del idealista ateniense era una fábula? Pues el marino genovés cuyos conocimientos filosóficos no le asegurarían una calificación mediana en una Universidad de segunda clase.

El viaje colombino, triunfo de una Reina que no era bachiller y del marino extranjero, fue una derrota sonada de los sabios de Salamanca. Lo que siguió implicaba el triunfo de la Ciencia que tendría que abrirse camino, en medio de las mayores dificultades, para superar todos los baculazos de la escolástica. Claro que con Colón, Vespucci, Magallanes y Elcano quedaba demostrada a plenitud la esferosidad de la Tierra y que Copérnico iba a apoyarse en la carta de Vespucci para atreverse a publicar el sistema que durante treinta años maduró en silencio. Pero con todas las demostraciones que aportó, pasaron doscientos años antes que las Universidades le dieran luz verde a los profesores para enseñar el sistema. Cuando Galileo, ya en Roma, se atrevió a presentar el mismo sistema, lo hizo a riesgo de su vida y el juicio que tuvo que padecer, incluyendo la retractación, ha quedado como testimonio de lo duras que fueron las Academias para resistir las consecuencias científicas que se desprendían del descubrimiento de América.

En todo caso, lo que sintetiza la proeza académica del viaje de Colón en último término viene a ser la apertura filosófica con Descartes. Todo lo que había pasado condujo al derrumbamiento de la Ciencia en que se apoyaba el mundo de Ptolomeo. Descartes pudo poner la duda sistemática como base del conocimiento al derrumbarse el dogma absoluto que dejaba la suficiencia escolástica. Cuando él dice: "Pienso, luego existo" es porque tiene la sensación física de que empieza a pensar el hombre europeo, con la presencia del Nuevo Mundo a la vista. Y es ahí donde el viaje de Colón nos da la clave de lo que representa la América que nace.

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