October 11, 2002

Una Historia de Dos Hermanas

Por Mary Jo McConahay
PACIFIC NEWS SERVICES

Traducción:  Eduardo Stanley

El 11 de septiembre de 1990, Myrna Mack Chang, antropóloga y madre, fué asesinada de 27 puñaladas descargadas contra su delicado cuerpo, cuando salía de un instituto de investigaciones en el centro de Guatemala. Desde entonces he visto a Helen, la hermana de Myrna con anteojos, buscar a los asesinos.


Helen Chang (izq) y Lucerecia Hernandez Mack (hija de Myrna).

Simpatizantes alrededor del mundo se unieron a la causa, pero en Guatemala, las cosas eran distintas. La veía alejarse de sus amistades durante el almuerzo para sentarse sola con su computadora portátil, intentando  aprender las leyes. Superando su timidez, habló ante las cámaras. Una vez Helen me dijo que mantenía sus fuerzas gracias a su fé—ella es una devota  católica—pero muchas veces se le veía precaria y pálida, frecuentando una sala vacía de audiencias tras otra, donde asustados jueces atrasaban o regresaban el caso, o renunciaban a él como si tuvieran una bola de fuego en las manos.

“Le pregunté a Helen en qué país creía que estaba viviendo”, me dijo un asombrado colega de Myrna, cuando me contó por primera vez que la humilde hermana mayor buscaba una investigación policiaca.  Era una gerente administrativa de clase media, sin participación política. Los gatilleros del régimen militar todavía operaban a su antojo. Cuando un inspector de policía presentó el caso, considerando como asesinato político y cometido por un miembro del departamento de seguridad presidencial, fué asesinado a plena luz del día. El mensaje era claro: el caso no pasaría de ahí. Pero pasó, gracias a Helen.

Un testigo fué asesinado, otro se exilió. Los acuerdos de paz de 1996, que terminaron con 36 años de guerra, poco hicieron en este sentido. En junio de este año, Helen y otras 10 personas recibieron amena-zas de muerte por fax, se les llamaba “enemigos del estado” — y también que probarían el gusto del “metal de las balas”.

Sin embargo, desde el 3 de septiembre, cuando empezó el juicio contra el general Edgar Augusto Godoy Gaitán y los coroneles Juan Valencia Osorio y Guillermo Oliva Carrera por conspirar y ordenar la muerte de Myrna, tuve la oportunidad  de ver, por medio de mi computadora en San Francisco, la foto de Helen en una amplia y sombría corte de Guatemala, sentada frente a los oficiales. La descripción de la foto decía:  “Finalmente cara a cara”.

El crimen que cometió Myrna fué el de usar métodos profesionales de investigación social, entrevistando personas en sus lugares, para documentar la desgarradora vida de miles de familias desplazadas, arrastradas a campos de refugiados/as en las montañas, reducidas a comer hierbas para huir de la politica destructiva de tierra arrasada. No eran guerrilleros. Myrna les dió un rostro humano. Doscientas mil personas murieron en la guerra, la mayoría de ellas indígenas Mayas desarmados. El ejército no quería que la verdad se conociera.


En la montanas de Guatemala.

El asesinato selectivo es efectivo  a corto plazo. Como una piedra arrojada al agua, las ondas se expanden en un amplio círculo. Meses después del asesinato de Myrna, en la jungla al norte del país, un antropólogo guatemalteco se puso nervioso cuando le hice preguntas inocentes sobre el rol del gobierno en la preservación de las ruinas de los antiguos Mayas. Sin palabras, sacó de su bolsa trasera un arrugado recorte sobre la muerte de Myrna. El gesto quería decir “no hablemos de nada que me haga visible”.

Aparte de la política, el asesinato de Myrna fué un crímen contra una familia—su padre era un inmigrante chino. Una noche, a comienzos de los 90s, el juez, los abogados, policías, el cuchillero sospechoso y otros, se reunieron en la escena del crímen para la “reconstrucción de los hechos”, requerida por ley. Un nuevo testigo apareció, un vecino que dijo no poder callar lo que había visto.  Los abogados lo cercaron con preguntas sobre el punto de vista y precisiones, pero finalmente la hija menor de Myrna, Lucrecia, le preguntó sobre el fin de su madre con una intensidad que desarmó a todos, “¿Qué alcanzó a decir mi madre?”

Los norteamericanos deberían saber que éste no es un drama distante y desconectado de nosotros. El asesinato de Myrna fué planeado y ejecutado por una unidad militar llamada “El Archivo”, un centro de comando e inteligencia dedicado a la represión política.  El Archivo es descendiente directo del sistema de inteligencia establecido por Estados Unidos en Guatemala cuando la CIA derrocó al presidente democráticamente electo, Jacobo Arbenz en 1954 e instaló un régimen militar.

La CIA nunca salió de Guatemala.  Durante la Guerra Fría, cuando los disidentes y comunistas eran considerados amenazas terroristas, la CIA contribuyó a elaborar una lista de aproximadamente 70,000 “sospechosos”. Algunos fueron asesinados. En 1964, la Oficina de Seguridad Pública de Estados Unidos proveyó fondos y apoyo técnico para una unidad cívicomilitar de inteligencia ejecutiva que se transformaría en un centro de coordinación de los escuadrones de la muerte.

Dos de los tres oficiales del caso Mack—Godoy Gaitán y Oliva Carrera—se graduaron de la Escuela de las Américas en Ft. Benning, Georgia, Estados Unidos. Otro oficial entrenado allí, el coronel Julio Roberto Alpírez, llegó a ser director de El Archivo y participó en las muertes de Michael Devine, un hotelero norteamericano, y de Efrain Bamaca, un combatiente capturado y esposo de la activista y abogada norteamericana Jennifer Harbury.  En 1995, el diputado Robert Torricelli, Demócrata de Nueva Jersey, reveló que Alpírez era un miembro activo y asalariado  de la CIA. El trabajo de Helen obligó a que las acitividades secretas de El Archivo salieran a la luz pública.

El 3 de octubre de este año, las fotos del internet cambiaron. Valencia Osorio: culpable, la primera vez que en Guatemala un líder militar es encontrado culpable por asesinatos cometidos por subalternos. Los otros dos: sobreseídos “por falta de evidencias”.  Esta es una victoria parcial.

Cuando conocí a Helen, la gente decía que ella y Myrna se parecían. La cara sonriente de Myrna adorna los posters, eternamente jóven. El rostro de Helen envejeció.

McConahay (mcconahay@pacificnews.org) es escritora y realizadora de cine que vivió en Guatemala durante una década.

 

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