October 4, 2002

Encienda Una Vela
Mons. Jim Lisante
Director, The Christophers

Ministerio de Alto Vuelo

Esta no es la mejor época del clero. Los titulares periodísticos no son exactamente favorables. Los pecados y crímenes cometidos por algunos sacerdotes —y los erróneos intentos de encubrirlo— han arrojado un manto antagónico sobre el clero en su totalidad.

Sin embargo no nos olvidemos de los demás. Creo que debemos reconocer el servicio de los sacerdotes en general, y el tremendo sacrificio al que muchos son llamados. El sólo leer sobre ellos me impresiona profundamente, y me gustaría contarles sobre uno en particular.

El Padre Jim Kelley tenía 73 años cuando falleció en un accidente de aviación. No lo conocí personalmente pero supe de él por el artículo en Catholic News Service, que escribió John Roscoe, editor del Catholic Anchor, de Anchorage, Alaska. Y la obra de su vida totalmente dedicada al sacerdorcio realmente me conmovió. Una vida que terminó trágicamente cuando su avión de un solo motor se estrelló en medio de una tormenta de nieve. Capellán jubilado de la Marina, había sido piloto por más de 40 años, y ahora estaba en la parroquia del Santo Rosario, en Dillingham, Alaska, y ese día se dirigía a varias localidades distantes de la Misión San Pablo, para celebrar las misas de Domingo de Ramos.

“Iba a los lugares más distantes y pequeños —fábricas, pueblitos, lugares aislados”, dice Jo Ann Amstrong, de la parroquia del Santo Rosario. “Nunca supimos a cuántos seres humanos había alcanzado, pero lo estamos descubriendo ahora”.

Una de esas personas fue Dan Salmon, del pueblo de Igiugig con una población de 33 personas. El Padre Kelley lo encontró diez años atrás, y a partir de allí incluyó al pueblo de Igiugig en la jurisdicción de su parroquia, y voló en su avión por lo menos dos veces al mes para oficiar Misa en la oficina o en la cocina de Dan Salmon.

“Casi siempre yo tenía una excusa para no ir a Misa en lugares extremadamente distantes”, dijo Salmón. “Pero cuando apareció el Padre Kelly todas mis excusas desaparecieron”.

La misión del Padre Kelley incluía 23 pueblos, muchos de ellos tan diminutos como Igiugig, y se extendían a lo largo de 600 millas de una región de Alaska muy difícil de alcanzar. Los caminos eran pocos y casi imposibles de recorrer, el transporte más eficaz era el avión. Había neblina y soplaba la nieve cuando el Padre Kelley despegó el 23 de marzo, y los restos del avión fueron encontrados dos días despúes en un pasaje montañoso. El Padre Kelley estaba atado a su asiento.

El arzobispo Roger Schweitz, de Anchorage, Alaska, asistió al funeral. “La buena nueva es que murió haciendo lo que le gustaba hacer: volar en su avión y servir a la gente de Dios”, dijo el arzobispo.

El Padre Kelley había nacido en Massachusetts, fue ordenado sacerdote en 1961 y pasó muchos años como capellán de la Marina. ¿Sería demasiado considerarlo un héroe? Creo que no. Pasó su vida de sacerdote entregándose a su gente hasta el final.

Hay muchos, más de los que podemos contar, que son como él. No perdamos de vista lo que esos buenos hombres de Dios hacen por la humanidad.

Para obtener una copia gratis de ECOS S-218 “Viviendo la fe”, escriba a The Christophers, 12 EAst 48th Street, New York, NY 10017. spanish-dept.@christophers.org.

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