October 1, 2004

Los trabajadores de Casa by the Sea

Por Luis Alonso Pérez

La mañana del viernes 10 de septiembre parecía ser el inicio de un día como cualquier otro en Ensenada, Baja California.

Iván Cortez manejaba solo por la carretera camino a su trabajo. El era técnico en informática en la empresa Casa by the Sea, un centro de rehablilitación para jóvenes extranjeros con problemas de conducta o adicciones.

Por lo regular lo acompañaba Brenda —su esposa y compañera de trabajo— pero se encuentra incapacitada porque lleva ocho meses de embarazo de su primer hijo.

Pero al acercarse advirtió que algo andaba mal.

Decenas de autos robeaban la entrada de Casa by the sea. La puerta se encontraba atestada por inspectores, provenientes de diversas dependencias del gobierno mexicano, por periodistas de todos los medios de comunicación y además, por policías municipales, estatales y federales, con perros y armas de alto calibre.

Iván bajó desconcertado de su auto y trató de entrar porque tenía que dar su clase de computación, pero se le negó el acceso para que no interfiriera con la inspección que se llevaba a cabo.

La intervención duró todo el día. Los empleados temían por sus trabajos. Algunos fueron regresados a sus casas. Otros como Iván, tuvieron que auxiliar a las autoridades y a comparecer ante los inspectores, los cuales ya habían examinado las instalaciones y operación del centro en otras ocasiones, sin la necesidad de desplegar un operativo de ésta magnitud.

Al final del día, la mayor parte de los jóvenes se habían ido a Estados Unidos. En algunos casos, sus padres habían pasado por ellos, pero la mayoría fueron transportados a San Ysidro en camiones.

Para los políticos y los medios de comunicación el operativo había sido un éxito. Los inspectores y diplomáticos realizaban declaraciones ante los micrófonos y cámaras de las decenas de reporteros, sobre los resultados de su intervención.

La mañana siguiente los titulares de los periódicos anunciaban el rescate y deportación de los jóvenes estadounidenses. “Cuartos de castigo y golpes en centros de rehabilitación de Ensenada”; “Atendían clínicas a 590 ilegales de Estados Unidos”; “Denuncian internos que los torturaban”.

Los periódicos se vendieron como pan caliente. Las masas sintonizaban los noticieros para saber qué era lo que había pasado, y conocer el resultado del trabajo honesto de las autoridades policiacas y diplomáticas mexicanas.

Al final del sábado quedaban menos de 100 jóvenes de los 536 albergados en Casa by the Sea. Algunos empleados continuaban auxiliando a las autoridades para entregar a los jóvenes a sus padres. Otros tenían la embarazosa tarea de explicar a padres furiosos por qué sus hijos tenían que regresar a casa, después de que desembolsaban alrededor de 2000 dólares al mes por el tratamiento y hospedaje de sus hijos.

El lunes por la mañana el centro se encontraba vacío. Iván, Brenda y el resto del staff de Casa by the Sea se habían quedado sin empleo. 230 empleados que laboraban en las áreas directivas, administrativas, académicas, médicas, de contabilidad, cocina, mantenimiento y lavandería, entre otros, fueron despedidos.

Pero no solo los trabajadores del centro y sus familias se verán afectados por esta clausura. Según los empleados administrativos, se calcula que afectará a más de 1500 personas: Empleados de medio tiempo, eventuales e indirectos; Trabajadores de paquetería, construcción y limpieza; Proveedores de comida, medicamentos, pa-pelería, uniformes y seguridad, por mencionar algunos.

Iván sigue sin poder entender por qué el centro tuvo que ser clausurado de esa forma. Las secretarías que intervinieron en el operativo inspeccionaban frecuentemente y sin previo aviso sus operaciones.

En algunas ocasiones habían encontrado situaciones irregulares o jóvenes internados con estado migratorio fuera de regla, pero habían puesto orden y deportado de forma ordenada a quien no tuviera permisos vigentes.

En ocasiones anteriores, personal de la Secretaría de Educación Pública (SEP) inspeccionaron el área académica del centro, incluyendo las clases de computación de Iván, y no recuerda que se hayan presentado irregularidades.

“A mi me entristece mucho –comenta Iván– que haya pasado esto, especialmente porque con el tiempo mi trabajo comenzó a sobresalir y me habían prometido que pronto me iban a subir de puesto, hasta me iban a dar una oficina”

Ahora Iván y Brenda tienen que encontrar un nuevo empleo, al igual que los cientos de trabajadores del Casa by the Sea que se quedaron sin empleo de la noche a la mañana, y debido a la difícil situación que está pasando México, no será nada fácil.

“Yo llevaba seis años trabajando en el centro. Yo creía en el programa y en el desarrollo de los muchachos. Para mí no era solo un trabajo, yo me sentía parte de Casa by the Sea”.

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