November 21, 2003

Opinión:

¿Peones o soberanos?

Por Andrés Lozano

Los hispanos de ascendencia mexicana representamos 8.5 por ciento de la población de EUA y aumentamos. Empero, somos una comunidad sustantiva incapaz, hasta ahora, de nominar candidatos y elegir contendientes a escala estatal y nacional tales como gobernadores y senadores o alcaldes de grandes ciudades. Un secretario general de gobierno aquí, un procurador de justicia estatal allá, una salpicadura de diputados federales, un tropel de otros funcionarios electos a escala local, tal es el alcance de nuestra visibilidad política.

Con menos de medio siglo de presencia política en Florida, los cubano-americanos ya eligieron un gobernador, multitud de alcaldes y tres diputados federales muy influyentes. Cubanos de nacimiento, Lincoln Díaz-Balart o Ileana Ros-Lehtinen, tienen buenas posibilidades de ser nominados primero y electos después para ocupar la curul que dejará vacante Bob Graham en el Senado. No hay un solo mexicano-americano con oportunidades similares de ser designado para contender por puestos de alcance nacional o estatal en Arizona, California, Illinois o Texas, estados donde tenemos las mejores oportunidades. ¿Es esta razón para inquietarse entre hispanos de origen mexicano? ¡Desde luego que sí! La buena política es una mezcla de temas no específicos de interés general y esquemas a la medida. Como comunidad, nos benefician algunas políticas genéricas, mas escaseamos de respuestas específicas medulares para nuestra prosperidad, inalcanzables sin representación política correspondiente.

La simetría es un medio incorrecto para medir desenlaces políticos. Por cierto, no debemos apoyar sin más las propuestas de cuota, a menudo fuente de antagonismos gratuitos. La densidad de población es la herramienta niveladora que precisamos aprender a usar y poner en uso político. Por ejemplo, considérese cómo las comunidades judía e italiana están sobre-representadas en relación con sus números, en tanto nosotros estamos subrepresentados. ¿Qué han hecho bien estas comunidades para lograr e incluso rebasar su representatividad y faltado a nosotros? Dos sesgos son los causantes. Un prejuicio antipolítico herencia de nuestra experiencia mexicana y un síndrome pro candidatos del partido demócrata. Analicemos cada una por separado.

La experiencia política mexicana es un desarrollo reciente. La mayoría de nosotros que emigramos hacia el norte previo al 2000, no teníamos vislumbre de qué se trataba la política, pues era inexistente. El unipartidismo fue la regla del juego durante la mayor parte de la historia mexicana y abismal por cierto. Es atinado afirmar que los inmigrantes mexicanos y sus descendencias eran adversos, apáticos, inmunes y reticentes a la participación política, presagio de subrepresentación por venir.

Históricamente, los demócratas han superado a los republicanos en materia de promoción entre recién llegados y brillantes entre mexicano-americanos. Por ello, votar por candidatos demócratas y sus plataformas se volvió cuestión de reflejo condicionado entre una mayoría de miembros de la comunidad debido a: reclutamiento eficaz por parte de activistas del partido demócrata y; oratoria en sintonía con oídos, mayormente desconocedores de la retórica política al estilo americano y proclives a creerse promesas, moneda de cuño corriente de la política mexicana. Por mucho, los políticos demócratas fueron exitosos para repetirnos un sonsonete familiar y generaron la respuesta esperada de nosotros: la comprobada treta de ofrecerle al cliente lo que conoce, no necesariamente lo que necesita. Finalmente, los cuatro grandes destinos estatales de la inmigración mexicana en EUA, fueron o son baluartes del partido demócrata, formidable ventaja de enganche por sí sola.

Estas circunstancias están en la esencia del dilema de la sobrepresentación política mexicano-americana, paradoja a ser franqueada. Votantes predecibles, los mexicano-americanos somos tomados por concedidos por la maquinaria del partido demócrata con poco que negociar en términos de temas y representación política equiparable. Mientras tanto, los minúsculos números dentro del partido republicano no son suficientes para llamar la atención dentro del GOP. Por ello hemos caído dentro de un círculo vicioso y convertido en peones en vez de soberanos, incapaces de perturbar los desenlaces de las elecciones si no se considera nuestro poderío electoral. ¿Cuáles son las alternativas?

Como pragmático político no abogo afiliación ni recomiendo formas individuales cómo los electores deben decidir en las urnas. No obstante, sí abogo a favor de un enfoque orientado a temas y la negociación pugnaz por parte de los líderes comunitarios para inclinar las plataformas políticas a favor de necesidades y aspiraciones mexicano-americanas; con mayor eficacia si se logran a través de ambos partidos políticos. Creyente, también, en el peso de los números, estoy cierto que nuestros intereses serán mejor atendidos en Washington, cuando irrespectivamente de afiliación partidaria, las delegaciones estatales en el Congreso representen nuestra realidad proporcional.

¿Son realistas las cifras potenciales? ¡Por supuesto que sí! Más aún, tienen que volverse nuestro punto de referencia puesto que nuestra densidad demográfica y distribución en estos estados garantiza su viabilidad. No existe ni se precisa mejor medidor. También, las maquinarias políticas de ambos partidos principales tienen claros estos hechos y, no sin pugna, cederán y favorecerán la realineación de candidatos dentro de sus filas, sino fuera más que para asegurar reconocimiento y elección de los votantes. Esto, a su vez, ocurrirá cuando nos arranquemos etiquetas y nuestro apoyo sea impredecible y crucial, donde podemos inclinar el desenlace, rumbo al éxito electoral de cada partido, el que nos haga la mejor oferta, una casilla electoral a la vez.

Andrés Lozano (alozanoh@msn.com).

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