November 21, 2003

Comentario:

La Remesa Como Medio de Subsistencia y Estabilidad Económica

Por Humberto Caspa, Ph.D.

El fenómeno de dispersión del dólar (envíos de dinero) a los mercados latinoamericanos ha generado críticas en algunos sectores de la nación norteamericana. Se piensa que, una vez saliendo el dólar de tierra estadounidense, el mercado pierde circulante, se descapitaliza y, como resultado, afecta futuros proyectos de inversiones en su propio suelo. Al final, reduce la creación de fuentes laborales a corto y mediano plazo.

Sin embargo, la dispersión de capitales a otras naciones, contrario a esos argumentos, tiene consecuencias positivas tanto en el país emisor de divisas como en los receptores. En este sentido, en la Unión Americana, por ejemplo, sirve como un mecanismo extra para atenuar elevadas tasas de inflación; y en los países latinoamericanos, el dinero que reciben los familiares de los inmigrantes es utilizado para cubrir la “canasta familiar” y para hacer otras pequeñas inversiones.

Es evidente que la dispersión de capital al extranjero, concretamente a América Latina, se ha incrementado notablemente en los últimos años. En México, el envío de dólares de los co-nacionales mexicanos a sus familiares ya ha sobrepasado el total de los ingresos anuales de sector turismo, y está segundo después del petróleo, con una suma de más de 6 mil millones de dólares anuales, es decir cerca de 2% del Producto Interno Bruto (PIB). Empero, recientes datos demuestran que las “remesas”, como popularmente se las conoce, han alcanzado a un promedio de mil millones de dólares mensuales. En otros países de Centro América, como en El Salvador se ha convertido virtualmente en la mayor fuente de ingreso del PIB.

Debido a la acumulación de capital y por las mismas exigencias de la globalización económica, el dólar prácticamente desplazó a algunas monedas nacionales en algunos países latinoamericanos, convirtiéndola incluso en el patrón monetario. Panamá fue uno de los primeros en tomar el camino de la dolarización, luego siguió Ecuador, y lo propio ocurrió con El Salvador. En otros países como Bolivia, Perú y Argentina, el dólar ha funcionado como una moneda alternativa, reemplazando muchas veces a sus propios circulantes. Sus habitantes han preferido guardar dólares en sus casas en vez de ahorrar dinero nacional en los bancos locales. Esto sucede, en parte, por la fragilidad financiera que presentan estos países, falta de garantías institucionales con el ahorro, y debido a los constantes brotes políticos que, como norma, desestabilizan el sistema económico.

El envío de dólares ha tenido repercusiones encontradas tanto en los países receptores como en los emisores. Para la gente que envía —a menudo el jefe del hogar—, las divisas se han convertido en materia prima para el sustento familiar en sus países. Según una investigación conjunta del Centro Hispano Religioso y el Banco Interamericano de Desarrollo, el dinero enviado sirve para cubrir los gastos básicos, como la comida, renta, educación de los hijos. Sólo el excedente es utilizado en el ahorro y en algunos planes de inversiones. En suma, casi todos los capitales que se mandan ingresan directamente al mercado como circulante, lo cual, en parte, crea síntomas de inflación. “Yo no he podido ampliar mi changarro porque el lugar que me gusta para mudarme cuesta más que la mercancía que tengo para vender”, dice José Navarrete, propietario de un taller de refacciones en Valparaíso, Zacatecas.

En términos macro-económicos, el país que dispersa divisas también se beneficia de este proceso, especialmente en una economía globalizada como la nuestra. Para explicar este fenómeno es menester remitirse al pasado, cuando la economía recién empezaba a surgir como ciencia. Adam Smith, para muchos padre de la economía moderna, comentaba con relación a los problemas que presentaba la economía española del Siglos XVII, cuando ésta aún recibía grandes capitales de dinero en plata, de Potosí (hoy Bolivia) y México. La realeza, decía Smith, nunca entendió que las políticas restrictivas del Sistema Mercantil, que mantenía la plata encerrada dentro del mercado español, reducían el valor de su moneda. Al no existir mecanismos de consumo masivo —España no tenía todavía industrias—, la plata empezaba a devaluarse con relación a los bienes de consumo (pan, frutas, carne, ropa, servicios, etc.), y como resultado creaba una crisis inflacionaria (alza de precios) raras veces experimentado en esos tiempos. De ello viene el dicho, “con menos plata, Inglaterra produjo más riqueza que España”.

No obstante que los tiempos cambian, la lógica del mercado continúa siendo la misma en nuestros días. Si todo el circulante (los dólares) se mantuvieran en el mercado estadounidense, existiría, como en España del Siglo XVII, una fuerte presión sobre los precios de los artículos de uso y los servicios. Y de la misma manera, el exceso del circulante crearía una inflación incontrolable.

Esto, por supuesto, ya es conocido por el Departamento del Tesoro, el jefe de la Reserva Federal Alan Greenspan y otros individuos allegados a la política económica de EE.UU. Por lo mismo, el gobierno estadounidense creó procesos legales y el mercado se encargó de generar agencias formales de transferencia de capitales (Giromex, México Express, Sigue, Vigo, etc.) para dispersar dólares a otras partes del mundo, especialmente hacia América Latina.

La dispersión de dinero es, probablemente, una de las pocas bondades que ofrece la globalización económica. Los países emisores de divisas se benefician a nivel macro-económico, mientras que los receptores a nivel micro-económico. Por consiguiente, en vez de atenuarla, como demandan algunos sectores de la nación, tanto el gobierno Federal como el estatal deberían más bien modernizar sus operaciones. Es una forma inequívoca de inicio para una integración de mercado de capitales entre América Latina y los Estados Unidos.

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