November 17, 2000


Encienda Una Vela
Mons. Thomas J. McSweeney,
Director de The Christophers

La Vida de Soltero

Poder dar un sermón sobre el matrimonio que complazca a todo el mundo parece haberse tornado más difícil que nunca. Hace poco, después de haber dado un sermón que pensé era uno de los mejores que había dado sobre lo sagrado del matrimonio, un hombre se acercó y me dijo: "Muy buen esfuerzo, Padre, ¿pero qué pasa con los que somos solteros?"

Y cuanto más lo pensé, más pude apreciar lo bien que estuvo en alentarme a reparar en quienes son solteros. Por cierto, todos los casados han sido solteros en algún momento. Algunos volvieron a ser solteros cuando el matrimonio se disolvió por fallecimiento del esposo o la esposa. Otros como resultado de una separación legal o divorcio. Y también muchos hombres y mujeres permanecen solteros por propia decisión o por circunstancias.

El censo que se hizo hace poco meses en Estados Unidos mostró que la proporción de solteros a casados se va igualando cada vez más, especialmente en las grandes ciudades. Sin embargo en nuestra cultura, existe una marcada impresión de que la vida del soltero es, por alguna razón, inferior y que el soltero carece de algo.

"¿Cuándo vas a sentar cabeza" "¿No es una lástima que ella no se haya casado?" "De cualquier manera, ven a la cena. Buscaremos a alguien con quien sentarte". "En todos estos años no se ha casado. ¿Tu crees que él sea... diferente?" En estos comentarios, y en otras formas faltas de tacto, se ve la presión de la sociedad, que hace de la persona soltera casi un ciudadano de segunda categoría.

La verdad es que, por supuesto, Dios en su bondad nos ha dado la libertad de elegir —la vida de soltero ó la vida de casado. Precisamente, cuando tenemos la libertad de ser solteros es cuando tenemos la libertad de llegar a ser casados. Y temo que, con demasiada frecuencia, la presión que la sociedad impone sobre la persona soltera conduce a matrimonios forzados y a la larga equivocados.

En un mundo construído alrededor de la idea de pareja, es importante que recordemos que Dios, nuestro Creador, no es el ser soltero como un obstáculo para la vida en toda su plenitud. El Evangelio es claro —seamos casados o solteros, Dios nos ama infinitamente y es a través de nuestra relación con él que alcanzamos la plenitud de la vida.

La poetisa Emily Dickinson, quien fue soltera toda su vida, era muy sensible a la naturaleza, a Dios y al mundo que la rodeaba. "El alma en sí mismo es una rica y noble amiga", escribió. Qué hermoso pensamiento. Cuando nos sentimos bien con nuestra propia alma y con nuestra integridad, podemos llegar a apreciar aún más la belleza del alma de los demás. Podemos sentir más respeto por la integridad del prójimo.

Hay una historia muy significativa de un sacerdote y un anciano que iban caminando por un sendero en el campo. De pronto se desató una terrible tempestad y buscaron refugio en un viejo granero. Y después de sentarse en una pila de heno, esperando que pasara la tormenta, el anciano abrió un libro viejo de oraciones y se puso a leer.

Al rato, después de obsevar la satisfacción tan obvia del anciano, el sacerdote dijo, "usted parece estar excepcionalmente cerca de Dios". Y el anciano respondió, "si, él me tiene mucho cariño".

Qué lindo sentimiento. Y eso va para todos nosotros. Casados o solteros, Dios nos tiene mucho cariño. En lo más profundo, nuestra alma se alimenta de ese amor para que seamos las personas que Dios quiere que seamos, y para lo que nos creó.

Para obtener una copia gratis de ECOS Cristóforos S-200 "Celebrando la vida de soltero", escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017.

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