November 4, 2005

Más Cornadas Da el Hambre

Por Javier Sierra

Eso responden los toreros cuando se les pregunta por qué arriesgan la vida en la plaza.

Y eso mismo podrían responder los cientos, quizá miles, de jornaleros latinos que están toreando una fiera temible —la contaminación que dejaron tras de sí los huracanes Katrina y Rita en el Golfo de México en general, y en Nueva Orleáns en particular.

Estos trabajadores, en su mayoría indocumentados, están en la primera línea de la batalla por recuperar Nueva Orleáns de las desastrosas consecuencias de las tormentas, realizando las labores de limpieza —“el trabajo sucio que muchos estadounidenses se niegan a hacer”, como dijo Associated Press.

“Los están explotando”, declara Matt McClendon, organizador del sindicato Laborers’ Union. “Los latinos vienen a trabajar duro para ganarse su dinero. Pero las condiciones en las que viven son inaceptables, son víctimas de la intimidación de los patronos y es una vergüenza que nadie mueva un dedo por ayudarlos”.

Nueva Orleáns y otras zonas devastadas del Golfo son un irresistible imán para miles de jornaleros hispanos de Florida, Texas, Georgia, Carolina del Norte, California y el norte de México. Ahora, la demanda de mano de obra barata y abundante es enorme porque cuanto más tarden las labores de limpieza, más tiempo se le da a la contaminación para asentarse en las zonas afectadas.

Los latinos ya forman la inmensa mayoría de las cuadrillas de limpieza en Nueva Orleáns, atraídos por promesas de $15 a la hora, alojamiento limpio y gratuito, y tres comidas al día. Pero en muchos casos las promesas se las lleva el viento.

“He visto muchos ejemplos de trabajadores latinos, sobre todo indocumentados, que son despedidos sin ninguna razón”, dice Frank “Pancho” Curiel, otro organizador del Laborers’ Union y veterano de la lucha por los derechos de los trabajadores iniciada por César Chávez en California. “Esto es peor que la lucha al lado de Chávez. Los engañan y explotan impunemente, porque están indefensos, no tienen papeles”.

El abuso, sin embargo, no sólo procede de los empleadores, sino también de los políticos. Ante el flujo de trabajadores latinos a la ciudad, el alcalde, Ray Nagin, dijo lo siguiente: “¿Cómo me voy a asegurar de que Nueva Orleáns no va a ser arrollada por trabajadores mexicanos?” Nagin, un afro-americano, debería mirarse al espejo mientras repite esas palabras.

Pero lo cierto es que miles de jornaleros capacitados residentes de Nueva Orleáns se niegan a participar en estas labores, las cuales incluyen limpiar restaurantes cuyos refrigeradores están repletos de toneladas de pescado podrido y lleno de gusanos o las galerías del Superdome cubiertas de excremento humano.

Los trabajadores también están expuestos a un cóctel de venenos procedentes de miles de carros abandonados, gasolineras, millones de yardas cúbicas de escombros y, sobre todo, de las numerosas industrias petroquímicas, cuyas prácticas contaminantes, hace años, le ganaron al Delta del Mississippi el sobrenombre de “Callejón del Cáncer”.

Estos venenos quedaron concentrados en el barro, y el consiguiente polvo, que dejó la evaporación de la inundación. Prueba de su toxicidad es que el Departamento de Salud y Hospitales de Louisiana anunció que “las heridas accidentales son el peor peligro” al que se enfrentan los residentes y trabajadores en Nueva Orleáns.

En algunos casos, las compañías de limpieza se aseguran de que sus empleados usen el equipo protector necesario. Pero con frecuencia, éste no es el caso.

“Hay muchos trabajadores que no tienen ni la capacitación ni el equipo adecuado para hacer esta limpieza”, dice Curiel. “Estas gentes están expuestas a asbestos, que causa cáncer, y moho tóxico, que causa enfermedades respiratorias, y en el futuro van a sufrir las consecuencias”.

La falta de información también impide que los jor-naleros tomen decisiones cruciales. En una reciente visita a Nueva Orleáns para inspeccionar las condiciones laborales de los latinos, la Presidenta del Sierra Club, Lisa Renstrom, vio a varios jornaleros trabajando sin equipo especial. Al preguntarles por qué estaban desprotegidos, uno de ellos le respondió, “No pasa nada. Dios me protege”.

El silencio del gobierno federal en este sentido es ensordecedor. Pese a reconocer los peligros existentes para los trabajadores y residentes, la Agencia de Protección Medioambiental no ha emitido una advertencia clara sobre si es seguro vivir o trabajar en Nueva Orleáns. El papel fundamental del gobierno es protegernos a todos, latinos y no latinos. Es por ello que esta urgente información tiene que darse en inglés y en español.

En otras palabras, nuestro gobierno tiene que agarrar este toro por los cuernos para evitar que siga dando cornadas.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club.

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