May 31, 2002

Encienda Una Vela
Mons. Jim Lisante
Director, The Christophers

Uno Nunca Sabe

Iba manejando por la Sexta Avenida, en medio del pintoresco barrio Greenwich Village, en Manhattan, cuando de pronto vi un joven con el cabello pintado de rojo furioso, luciendo joyas extrañas y ropa de cuero desaliñada y contoneándose al ritmo de la música que, supongo, escuchaba en sus audífonos. Me lo imaginé de un estilo de vida que no conocía ni quería conocer. Pero cuando la luz del semáforo cambió a rojo, y mientras yo pensaba “a lo que ha llegado la juventud”, detuve mi auto justo frente a una iglesia. Y vi que el joven de pelo rojo se persignó. Quizá pensó que nadie lo veía, pero había un sacerdote curioso que observaba desde un auto detenido —y que lo había juzgado por la apariencia, y pronto se dio cuenta de su error.

Es tan fácil formarnos una opinión en base a las apariencias. Pero en realidad no somos tan obvios. Todos tenemos una profundidad de sentimientos, de nuestra personalidad y de una búsqueda espiritual que muchas veces no podemos percibir en los demás. Y creer que conocemos a alguien por su apariencia es un verdadero error. Hace algunos años trabajé en una parroquia pobre. Me acuerdo que una noche mi auto se detuvo en una zona peligrosa del barrio, y me dió miedo. De pronto vi que tres jóvenes afro-norteamericanos se acercaban. Mi primera reacción fue pensar que estaba en peligro. Pero qué sorpresa cuando uno de ellos se acercó y ofreció ayudarme. Uno miró el motor, otro fue a la vuelta de la esquina a buscar combustible. Y cuando me fuí, me sentí agradecido por la ayuda, avergonzado de mis sospechas, y esperando que mi cara no me haya delatado.

Al mes siguiente fui a Londres con mis padres y mi hermana. Habíamos acabado un almuerzo delicioso e ibamos al museo cerca de la Plaza Trafalgar. Pero no nos dimos cuenta, hasta que fue demasiado tarde, de que un hombre que pasó corriendo, sacó la billetera de la cartera abierta de mi hermana. Cuando nos dimos cuenta, ya había escapado. No le hubiéramos temido ni hubiéramos sospechados, pues su aspecto era igual al nuestro.

Ese año aprendí mucho sobre las apariencias. Me di cuenta de que muchos de nuestros infundados temores sobre los demás están basados en generalizaciones inútiles —juzgando sobre el color de la piel, el estilo de ropa, el corte de pelo, o diferencia étnica. Creía ser mejor en todo esto, hasta que manejé por la Sexta Avenida y vi a ese joven de pelo rojo —que al persignarse me dio el sacudón que necesitaba, enseñandome que no tenía derecho a juzgarlo, como nadie tiene derecho a juzgarme a mí, en base a mi cuello de sacerdote.

No es fácil dar a cada persona la oportunidad de mostrar quien es realmente. Se necesita una dosis diaria de tolerancia, comprensión, y dejar que cada persona hable por sí misma. No es fácil pero debemos hacerlo si queremos vivir la regla de oro. “Tratar a los demás como queremos que los demás nos traten”.

Para obtener copia gratis de ECOS S-213 “Viviendo la regla de oro”, escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017 spanish-dept.@christophers.org

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