May 19, 2000


INFORMACION ESPECIAL CUMPLEAÑOS DE JUAN PABLO II

CONTINUA PRESENCIA DE DIOS EN LA TIERRA

MÉXICO, D. F. (NOTIAMERICA) - No es posible hacer un balance definitivo de un proceso todavía vivo, más no resulta aventurado emitir algunos juicios de los casi veintidós años del pontificado de Juan Pablo II. Entre otras razones, pasará a la historia por haber puesto en práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que él conocía muy bien desde dentro, y en el que tuvo una participación muy destacada. Tal aplicación la ha llevado a cabo fundamentalmente por medio de la publicación del Catecismo de la Iglesia católica; de la reforma del Código de Derecho Canónico, y del cuerpo doctrinal de sus encíclicas.

Es también unánime el criterio de considerar la figura del actual Romano Pontífice como la personalidad más relevante del mundo contemporáneo. No hay líder que, puesto a su lado, resista la comparación. La figura de Juan Pablo II, sin duda, está llamada a erigirse no sólo en el gran personaje de la edad moderna, sino también, en uno de los principales protagonistas de la historia de todos los tiempos. No son afirmaciones gratuitas, se apoyan en hechos muy concretos.

Es en verdad espectacular el número de personas a las que Juan Pablo II ha elevado a los altares, en su claro empeño por poner de manifiesto que en todas las situaciones es posible alcanzar la santidad: Religiosos, sacerdotes y laicos; ricos y pobres; cultos e incultos; intelectuales y trabajadores manuales; solteros y casados; personas ancianas, adultas y, por supuesto, también los niños. Con motivo del cuarto centenario de la Congregación para las Causas de los Santos (1588-1988), se llegó a la conclusión de que el llamado universal a la santidad no podía excluir a los niños; si bien es cierto que la Iglesia reconoció siempre la santidad de los niños mártires, es relativamente reciente la elevación a los altares de los niños confesores; es decir, de aquellos que a pesar de su corta vida supieron responder a su condición de bautizados viviendo las virtudes cristianas en grado heroico. Recientemente, Juan Pablo II beatificó a la niña chilena Laura Vicuña (1891-1904), que murió a los doce años y medio.


PAPA VIAJERO

Pero donde no es posible establecer referencias con ninguno de sus predecesores es en los viajes apostólicos. Si bien es cierto que la existencia del avión ha hecho posibles todos estos desplazamientos, no deja de ser sorprendente el esfuerzo de Juan Pablo II por predicar personalmente la doctrina de Jesucristo en todos los rincones de la tierra. Hasta el momento, ha realizado 92 viajes apostólicos fuera de Italia. Durante ese peregrinaje ha visitado a más de 120 países diferentes, y en algunos incluso ha estado en más de una ocasión. Si nos referimos al número de personas que han podido escucharlo en persona, la cifra resultaría incalculable (téngase en cuenta que la asistencia a alguno de sus actos se cuenta por millones, como fue el caso de la misa oficiada en Manila, donde se calcula que acudieron más de cinco millones de personas). No hay duda de que en la actualidad, y por tanto en todos los tiempos, no ha habido líder alguno con tal poder de convocatoria como Juan Pablo II.

Si a lo anterior añadimos el tiempo que necesariamente debe dedicar al gobierno de la Iglesia, a despachar, a recibir visitas, a presidir las audiencias, a escribir, habremos de concluir que su ritmo de actividad es sencillamente impresionante; continuación del que mantuvo desde su juventud, durante sus años de sacerdote, cuando era obispo o cardenal. Lógicamente, los años y las enfermedades le han tenido que frenar, pero aún así su actividad sigue siendo sorprendente. A pesar de ello, no es el dinamismo el rasgo de su personalidad que más sorprende a quienes le conocen y han tenido la oportunidad de tratarlo de cerca. Lo que -según todos los testimonios- más les impresiona, es que toda esa ingente actividad la genera la misma persona que reza, y que reza mucho.

Afirma uno de sus biógrafos, Tad Szulc, que Juan Pablo II medita unas siete horas diarias, y se refiere en muchas ocasiones a su capacidad para concentrarse en oración en medio de las situaciones más diversas: Cuando viaja, cuando preside una audiencia, cuando recibe a sus visitantes, mientras pasea... Es decir, a todas horas. Szulc no acierta a definir con las palabras precisas esa actitud de concentración, que no es otra más que su capacidad para mantener una continua pre-sencia de Dios, como resultado, sin duda, de sus muchos años de lucha ascética.

Y es que la deuda de Juan Pablo II con un desconocido sastre de Cracovia, Tyranwski, es doble; pues además de guiarlo hacia el sacerdocio, le descubrió, a través de los escritos de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, los horizontes de la vida contemplativa, que precisamente consiste en mantener la presencia de Dios a lo largo del día y en las más variadas situaciones, hasta entre los pucheros... Incluso pasó por su mente la posibilidad de ingresar en el Carmelo, pero las orientaciones de su obispo lo hicieron abandonar ese proyecto.

No obstante se reafirmó en esa vida que convierte toda situación y al rezar, en una misma cosa. En el caso de Juan Pablo II su situación -todo lo sublime que se quiera, pero al fin y al cabo una situación concreta- es la de ser el 263avo sucesor del apóstol Pedro. El historiador debe detenerse en este límite, más allá del cual, traspasando indebidamente su intimidad, que, bien seguro, algún día será escrutado por los tribunales eclesiásticos competentes para poder reconocerle ese título que -con propiedad plena y definitiva- no se puede conseguir mientras se viva en esta tierra.

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