March 31, 2006

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Ricardo J. Galarza

La hora final del autoritarismo en México

Dispuestos, como parecen, a sacudirse varios siglos de cultura autoritaria, los mexicanos acudirán a las urnas el próximo 2 de julio, en una elección decisiva para el país de habla hispana más poblado de la tierra, la nación bisagra, el puente entre América latina y la superpotencia del norte; por lejos, el país de mayor diversidad en el subcontinente y paradójicamente el de más marcada identidad nacional, magistralmente ilustrada por Octavio Paz en su obra El laberinto de la soledad.

País de realidad convulsa y grandes contradicciones, de espíritu indomable y a la vez obediente, donde conviven males como el narcotráfico, la delincuencia rampante y la corrupción más rapaz, con la solidaridad y la generosidad más desprendidas, la honestidad rayana en la inocencia, la amabilidad y la calidez extremas; y la farándula más ramplona con las representaciones culturales más sublimes.

Así es México, un manojo de contradicciones donde lo mejor y lo peor se dan la mano, un gran crisol de razas y culturas con 100 millones de habitantes, de los cuales 10 son indígenas que hablan 62 lenguas vernáculas, cuatro millones viven como indocumentados en Estados Unidos y una cantidad incalculable nace y muere en las selvas y desiertos sin dejar huella en el registro civil.

Hay momentos en la historia de los pueblos en que buscan su identidad nacional en las urnas, o mejor dicho, buscan definirla allí. Este parece ser uno de esos momentos para México. Antes la buscó en una violenta revolución que generó el consiguiente trauma, sólo para desembocar en 71 años de gobiernos autoritarios del PRI.

“Las ruinas tuvieron que ser interpretadas en un proceso de reconstrucción de la identidad. La revolución de 1910 fue un catalizador que convocó a un personaje nacional. Así se construyó una máscara que duró el resto del siglo y que es ya innecesaria”, explica el antropólogo mexicano Roger Bartra.

Así, el mexicano del siglo XX se caracterizó por dos rasgos fundamentales: el nacionalismo y una enorme tolerancia, amén del aislamiento laberíntico del que habla Paz. El régimen del PRI creó un ser profundamente descreído de las instituciones y que para protegerse, no siempre decía lo que realmente pensaba. “Los mexicanos hablaban de un modo y votaban de otro”, resume el escritor Juan Villoro, uno de los cronistas más agudos de la realidad mexicana contemporánea. Y remata, “en la patria de Cantinflas, la claridad era pecado mortal”.

Pero en el 2000, los mexicanos decidieron que la revolución era ya un discurso gastado y que la entelequia del PRI (que encierra rasgos paradojales hasta en su propio nombre, sugiriendo una inaudita institucionalización de la revolución) no podía seguir en el poder.

Fue así que eligieron al actual presidente, Vicente Fox, del Partido de Acción Nacional (PAN), como agente del cambio. Y en cierto modo, no se equivocaron. No se pueden negar los logros de Fox en materia de democratización, apertura política y libertad de expresión, así como en el plano económico, donde ha mantenido una estabilidad monetaria considerable y un equilibrio fiscal importante. Pero en el debe quedaron colgadas muchas más de las expectativas de aquellos que lo votaron.

De todos modos, la democracia se afianzó, aun cuando la nueva libertad de expresión fue mal interpretada; no era para menos. Los mexicanos actúan exactamente como a quien le han sacado una gran mordaza de 70 años. Todo el mundo dice lo que le da la gana sin reparar en daños, y se amparan en la recientemente conquistada libertad de expresión. “Hoy en día, el país de los solitarios, al que Paz diagnosticó laberintitis, es un desmadre en el que no se calla nadie”, dice Villoro.

Las carencias del gobierno de Fox superan sus logros, lo que ha llevado a que muchos mexicanos digan hoy que “éste no ha sido un cambio real”. Su torpeza política, sus continuos dislates en política exterior —con los que ha avergonzado a la mayoría de los mexicanos—, su débil postura ante Washington, sus estrechos vínculos con el empresariado plutocrático mexicano, la inseguridad interna fuera de control, la corrupción inalterada y su mayor debilidad: el combate a la pobreza, materia en la que califica con un cero más grande que el propio Zócalo.

Hoy en día, 40 millones de mexicanos viven en la pobreza, y 14 de ellos en la pobreza extrema. El desafío parece caer de su propio peso a esta altura: la justicia social. Así parecen entenderlo los mexicanos, quienes, según las encuestas, favorecen por amplio margen al candidato del centro-izquierda, Andrés Manuel López Obrador, de la coalición Por el Bien de Todos, que conforman el PRD, Convergencia y el Partido del Trabajo.

De acuerdo con los últimos sondeos, López Obrador supera a sus más inmediatos seguidores (Felipe Calderón, del PAN, y Roberto Madrazo, del PRI) por unos 10 puntos porcentuales.

En su plataforma de campaña, López Obrador promete que ayudará a los pobres. No dice cómo lo va hacer, ni sus propuestas al respecto son del todo coherentes, como bien apuntan sus enemigos políticos. Pero el sólo hecho de identificar el problema parece ser suficiente para los electores. Los demás candidatos no lo han hecho; y es un problema nada menudo como para no advertirlo.

En realidad, López Obrador aparece, como lo han definido varios analistas, como un formidable candidato y un estadista limitado. Esa es realmente la impresión que da. Sus arengas resultan bastante vacías de contenido y llenas de frases hechas y golpes de efecto. A juicio de López Obrador, pareciera que todos los problemas de México se fueran a solucionar a partir de la honestidad y la justicia social.

No se puede negar que la corrupción estructural genera en gran medida los problemas de inseguridad y otros que aquejan al país. Los mexicanos ya no quieren un sistema de corrupción, donde la “mordida” y el atajo sean la única manera de lograr un cometido, ni el viejo dicho de “el que no tranza no avanza”, tan idiosicráticamente expresado por el actor Pedro Armendáriz en la película La Ley de Herodes.

Están muy orgullosos de Pedro Infante, de la canción ranchera, de la Virgen de Guadalupe y otros factores característicos de su cultura; pero de eso, no; ya no les hace gracia.

En un país donde la gran mayoría de sus habitantes son honestos y trabajadores, ya no ven la razón de seguir sosteniendo un sistema de corrupción estructural. Y parecen dispuestos a cortarlo de tajo.

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