March 29, 2002

América y la Responsabilidad Histórica de los EEUU

Por Manuel R. Villacorta O.

A nadie sorprende que a Estados Unidos se le denomine ahora, el “Nuevo Imperio Mundial”. Aseveración ésta que tiene dos manifestaciones: para los políticos, empresarios e incluso, la mayoría de los estadounidenses, este calificativo genera satisfacción y sentimiento de triunfo. Para muchos otros, extranjeros en particular, la hegemonía de Estados Unidos motiva recelo, preocupación e incluso, rechazo. Pero basándonos en la realidad y superando los criterios emocionalmente particulares, sin duda alguna Estados Unidos posee la hegemonía mundial en áreas tan importantes como estratégicas: la economía, lo militar, la política, la informática, las comunicaciones e incluso, en lo cultural. Porque en efecto, el modelo cultural que genera la sociedad estadounidense, se está reproduciendo irreversiblemente en muchas urbes del mundo. Nunca antes por tanto, un imperio había llegado a dominar con tal magnitud el globo terráqueo.

Pero como lo expresara José Martí en su momento, cuando fraguaba la independencia cubana frente al poder español: “El poder no otorga privilegios, el poder impone responsabilidades”. Y en efecto, los gobiernos estadounidenses particularmente en ésta época tan compleja, dentro de un desequilibrado orden mundial, tienen una responsabilidad histórica: la política exterior diseñada e implementada desde el Departamento de Estado, debe de ser precisa, exitosa y fomentada con una visión de largo plazo. Si bien los intereses estadounidenses se orientan fundamentalmente hacia el mundo desarrollado, no debe de olvidarse que el Sur también existe.

Ha habido muchos imperios, pero nunca antes un solo país concentraba tanto poder e influencia mundial. Quizá la única vez en que Estados Unidos tuvo un competidor real fue durante la vigencia del poder soviético, que llegó a dominar todo el Este de Europa, inmensa parte de Asia y que poseía muchos espacios políticos y militares en el mundo a través de promover grupos insurgentes. Pero con todo y ello, la Unión Soviética se derrumbó repentinamente, dejando como huella y como imperio, más tragedias que glorias. Estados Unidos tiene en cambio, que promover una influencia distinta a partir de su impresionante poder. He allí su gran responsabilidad.

La ex Unión Soviética basó su poder en las armas y conculcando todo tipo de libertades. Era un poder de mala calidad, que se basa en la obediencia que genera el miedo. Era por tanto un poder que a pesar de su aparente consistencia, habría de fragmentarse tarde o temprano, como en efecto, lo pronosticaron algunos intelectuales desde la década de los años 70. Estados Unidos no puede repetir ese patrón. El poder debe proceder del carisma que genera un modelo funcional, justo y más que todo, humanizado. Mucho se ha escrito sobre el famoso y ya lejano programa de la “Alianza para el Progreso” promovido por el presidente John F. Kennedy. Ciertamente cuando éste se implementó la realidad particular de América Latina no era la de ahora, pero no dejan de existir grandes similitudes: en nuestra región sigue prevaleciendo la pobreza, la marginación e incluso, la exclusión social. Mientras las oligarquías locales poseen el usufructo de la riqueza, evadiendo sus responsabilidades fiscales e imponiendo sus intereses políticos en los órganos del Estado, las mayorías latinoamericanas están viviendo una época plagada de carencias, incertidumbre y frustración. Y eso habrá de generar descontentos. La inestabilidad en la región, afectará cada vez las relaciones entre Estados Unidos como nación hegemónica y el resto de países latinoamericanos. El tema migratorio es sin duda el más diáfano exponente de lo referido.

Ocurre que el atraso que corroe toda la región, desde México hasta Argentina, es producto de la incapacidad y la corrupción, en donde empresarios locales, políticos, militares, abogados, religiosos, sindicalistas e incluso, intelectuales, comparten la trágica responsabilidad. No obstante éstos han encontrado una nueva forma de evadir su responsabilidad: culpar a la globalización económica y a la recesión económica mundial por todo lo que ocurre. Y en ello, se han encontrado en el mismo camino con grupos anarquistas que buscan afanosamente un enemigo imaginario, con el cual establecer batallas para lograr su preservación. He allí el surgimiento de una mezcla explosiva entre sectores aparentemente contrapuestos pero que, por condiciones coyunturales, se unen frente a la internacionalización de la economía, y en contra de lo que de ésta deviene. Y han logrado posicionar hábilmente un criterio: globalización es sinónimo de hegemonía estadounidense. Distorsión que está creando una potencial e innecesaria confrontación en el continente.

Por lo anterior, es necesario que se establezcan cuidadosas estrategias en la política exterior de los Estados Unidos para con América Latina y el mundo en general; el riesgo de tener tanto poder, puede provocar una distorsión en la percepción de la realidad, como en efecto le ocurrió al ya desaparecido imperio soviético. Experiencia que debe ser evitada. El poder, reiterémoslo, no otorga privilegios, el poder impone grandes responsabilidades.

Manuel R. Villacorta, Doctor en Sociología Política, residente en Texas. E-mail: (manuelvillacorta@yahoo.com)

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